El hombre que descansaba en una mecedora tejida con zuncho, un señor de gafas y camisa guayabera, se pone unos aretes de lentejuelas con formas de ostras de mar y se cerciora de que los pendientes estén al mismo nivel como para no perder el equilibrio. Se amarra una pollera. Se coloca algo así como un delantal de laminillas brillantes azules. Se acomoda un sombrero. Manuel Juaquín Matute, un labriego que cultiva yuca y plátano en Talaigua Nuevo, Bolívar, desde hace más de cinco décadas, en épocas de carnavales, se viste con telas de satíncon flores de colores. Se transforma en una mujer con rasgos masculinos muy marcados.
Se mira aespejo como quien se alista para una presentación. No es el mismo que dijo tener siete hijos y al que por estos días se le dañó la nevera. Quienes lo conocen podrían jurar que a sus 70 años baila como cuando tenía 15 y apenas ingresaba al grupo.
Mientras salen las farotas de Talaigua, nombre de la danza en la que Manuel es el mama —como se llama al director—, un grupo de millo toca la tambora. El calor que se siente al mediodía es tan sofocante como andar cerca de una caldera. Sin embargo, en la casa de Mañe, como también se le conoce, un gentío está a la espera de que salgan los danzantes.
La pollera y el sombrero de flores contrastan con la expresión tosca de los danzantes, que llevan labial hasta en los pómulos. Cuando salen a la calle, un gentío va tras ellos. Parece que arrancara una procesión en honor a San Roque, patrono del pueblo.
Mañe recuerda que en 1982, año en que comenzaron a participar en el Carnaval de Barranquilla, a los integrantes del grupo los trataban de homosexuales y luego les echaban agua. “Los dos primeros años fueron difíciles”. Pero pronto se supo la historia de las farotas de Talaigua. La hazaña de 13 indígenas farotos que se vistieron de mujer y esperaron a que aparecieran los españoles para atacarlos y vengar los abusos sexuales de los que habían sido víctimas sus parejas.
“Cuando escucho el tambor, las maracas y la tambora, la sangre me hierve. No tengo vellos —dice mientras enseña sus brazos lampiños y llenos de pliegues como las uvas pasas—, pero siento que se me eriza la piel y me dan ganas de bailar”. A Manuel le diagnosticaron hace varios años hipertensión arterial, pero gracias a los controles médicos que se realiza en Barranquilla recorre la Vía 40, quizá la proeza más importante de quienes forman parte de una cumbiamba o una comparsa.
Para llegar a la meca del Carnaval más importante del país, las farotas de Talaigua hacen lo que sea. Fundación Carnaval de Barranquilla les da un incentivo, la Alcaldía municipal también aporta, pero ese dinero no les alcanza. Representa sólo el 20% de todos los gastos. Los bailadores, que en su mayoría se dedican a oficios varios, reúnen parte de su sueldo —que, como habría de suponerse, no representa mucho dinero— para seguir esta pasión, cuya única forma de agradecimiento son los aplausos de quienes se agolpan a verlos.
Durante ocho días arriendan dos casas en el barrio Las Moras, de Soledad. Más de 30 talaigueros, en un viaje de más de cuatro horas en el que hay que montar chalupa y luego subirse en un bus interdepartamental, llevan bultos de yuca, queso, suero y pescado a Barranquilla. Las farotas de Talaigua son 13 danzantes (número de indígenas que participó en el ataque contra los españoles) y cinco músicos; pero en los principales desfiles esta cifra aumenta casi tres veces.
John Carlos Mancera, integrante de las farotas, es el director de una de las dos escuelas de esta danza de tradición que en carnavales se pasea con gracia. En este pueblo de Bolívar, en donde las únicas muertes violentas que se conocen son las ocasionadas por las corneadas de toros, decenas de niños ensayan para desfilar en la Vía 40 y robarse los aplausos de miles de personas que están a lo cerca del escenario más importante de las carnestolendas.
Las farotas de Talaigua representan una de las danzas de tradición que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) tuvo en cuenta para declarar el Carnaval de Barranquilla como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. El 7 de noviembre se cumplieron 10 años de esta designación. Manuel Matute dice que todo fue gracias a Etelvina Dávila, quizá la única mujer que ha estado en el grupo, quien se encargó de darlos a conocer en Barranquilla. Los hombres vestidos de mujer ondean sus polleras como diciendo que son libres de hacer lo que les venga en gana y van por la Vía 40 contando que en Bolívar, cerca al río Magdalena, hay un pueblo llamado Talaigua Nuevo, en donde los mosquitos son los únicos perturbadores de la tranquilidad de su gente.