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La nueva joya de Barranquilla

Hoy, esa zona es el punto estratégico comercial más importante de la región Caribe.

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Ronald Rangel Ramírez
05 de agosto de 2012 - 09:00 p. m.
Iglesia de San Nicolás, ubicada en la plaza del mismo nombre. /Fotos: Jaier Cassiani
Iglesia de San Nicolás, ubicada en la plaza del mismo nombre. /Fotos: Jaier Cassiani
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Desde hace cerca de tres años, la rutina semanal de compras de Antonia incluye invariablemente una visita a sus “amigos” del Centro, como ella misma los llama. Donde Osvaldo compra los elementos de aseo y limpieza para su apartamento, donde la señora Ercilia adquiere bolsas para la basura, para empacar los alimentos y para llevarles chucherías a sus nietos mientras los pasea. Además, por la calle San Blas (35) entre Progreso (41) y 20 de Julio (43) se pasea radiante entre bolsos y artículos de cuero genuino que compra a precios bajos para luego venderlos y obtener ganancias, algo que también hace con relojes, versiones de fragancias francesas, ropa para dama, accesorios de celulares y algunas veces hasta zapatos, dependiendo de la moda de la temporada.

Antonia ha sido fiel visitante del Centro desde sus años infantiles y es testigo de la evolución que ha tenido para bien y para mal durante al menos las últimas tres décadas. “Yo dejé de ir porque se convirtió en un problema para todo. En un tiempo había demasiado vendedor ambulante y estacionario, no se podía caminar y además a la gente la atracaban a plena luz del día”, afirma esta refinada dama que a pesar de vivir en un lujoso apartamento estrato seis, hoy no cambia su ida al Centro por ninguna experiencia de compra en los pomposos centros comerciales expandidos por el norte de Barranquilla.

Ella es una de las cerca de 250.000 personas que, según calcula la Asociación de Comerciantes del Centro de Barranquilla, visitan diariamente el recuperado corazón de La Arenosa, gracias a la gestión de administraciones emprendedoras y al empuje de un nutrido grupo de comerciantes que le han devuelto un esplendor mágico que había perdido entre la informalidad, el desgano, la inseguridad, la falta de una planeación estratégica, los graves problemas ambientales y, sobre todo, por la indiferencia con que la sociedad sepultó este espacio, considerado durante muchos años como nido de hampones de día y de prostitutas por las noches.

Los barranquilleros más antiguos les hablaron a las nuevas generaciones de la forma como la ciudad nació en el Centro Histórico. Todos escuchaban las historias de las intendencias fluviales, la estación ferroviaria, los caserones republicanos donde se había asentado un comercio floreciente de inmigrantes europeos, árabes y norteamericanos, las pujantes factorías de los más diversos productos, la cervecería, el puerto por donde había entrado el progreso de este país, la primera estación radial, las calles donde Gabo vivió sus años juveniles escribiendo columnas para El Heraldo y simultáneamente su primera novela, mientras dormía en pensiones lúgubres y bebía en bares de mala muerte con sus contertulios bohemios de la época.

Pero esa maraña de anécdotas e historias se les perdió a esas nuevas generaciones entre la nube de vendedores ambulantes que de manera desordenada se agolpó sobre el pasado, escondiendo con sus tenderetes las fachadas de ese exquisito patrimonio inmaterial raído por el abandono. El comercio informal fue sembrando sobre la noble raíz de la memoria de los abuelos una nueva realidad triste, en la que la ley del más fuerte era la que se imponía en un territorio sin dueño, fétido, gris, inseguro, anárquico, por el que nadie en aquellos años hubiera apostado un peso.

II

Ramón Vides Galván, gerente de la Empresa de Desarrollo Urbano de Barranquilla (Edubar) y de quien se dice que es el mayor conocedor del proceso de recuperación de esta zona de la ciudad, se atreve a asegurar que hacia el año 2000 el Paseo Bolívar (corazón del Centro Histórico) era un lugar literalmente abandonado. “Habían desaparecido las entidades bancarias, el comercio formal se había ido, las oficinas oficiales no existían y se respiraba un ambiente de deterioro urbano y vital tremendo”.

Todo ello muy a pesar de esfuerzos anteriores que se habían hecho. Como por ejemplo durante la primera administración del sacerdote Bernardo Hoyos Montoya, cuando se logró la recuperación de la calle 30, que para la época tenía tal grado de invasión que no había forma de que circulara por ella vehículo alguno, y la reubicación de un nutrido grupo de vendedores informales del propio Paseo Bolívar, puestos dignamente en el primer piso de la antigua edificación de la Federación Colombiana de Cafeteros.

Para ese momento la mentalidad de los barranquilleros ya estaba cambiando. Apuntando en la correcta dirección de convertir a la ciudad en el principal emporio comercial del Caribe, en el año 2000 se implementó el Plan Parcial del Centro Histórico, que posteriormente se llamó Plan Especial de Protección (PEP), el cual se convirtió en la principal herramienta jurídica con que habrían de contar las administraciones distritales para invertirle cuantiosos recursos.

El PEP permitió destinar dineros de valorización por beneficio general en la intervención del Paseo Bolívar, que se ejecutó durante los primeros años de 2000 y costó $8.200 millones. Mientras eso sucedía, un grupo de comerciantes antioqueños olfateó lo que habría de convertirse en el boom histórico que ahora se está viendo. Empezaron a comprar baratas muchas edificaciones que se habían convertido en un problema para sus propietarios y las convirtieron en cómodos centros comerciales divididos en pequeños cubículos, donde se apostaron y comenzaron a ofrecer sus mercancías al estilo de los sanandresitos antiguos, pero sin contravenir ley alguna.

Se renovó la Plaza de la Concordia (prolongación del Paseo Bolívar), se intervinieron las carreras 41, 43 y 45 y se finalizó la magna obra de la Plaza de San Nicolás, donde se le devolvió al país el hermoso patrimonio arquitectónico de la iglesia del mismo nombre, primera catedral que tuvo Barranquilla, y se recuperó un invaluable espacio antes atiborrado de tenderetes y hoy de vuelta para disfrute de todos los barranquilleros.

“Las vías en mejor estado han llevado al apropiado mantenimiento y refacción de las viejas edificaciones y por ende el patrimonio renace”, dice Vides con seguridad. Más o menos en el año 2005 se hizo el primer centro comercial antioqueño en la esquina de la carrera 45, lo que condujo rápidamente a la compra del edificio de al lado. De igual manera a la del antiguo caserón del Banco de Colombia, donde se hizo otro, y luego se tomaron la acera de enfrente, el antiguo Hotel Carolina. “Eso lleva a la protección del patrimonio. En la medida en que la gente regresó al Centro, los negocios se hicieron rentables y las edificaciones están siendo conservadas por los mismos comerciantes”.

III

Antonia va al Centro porque se siente cómoda. Deja su carro en un parqueadero seguro, camina por los tradicionales corredores comerciales de las carreras 41, 42, 43, 44 y 45, entre calles 34 (Paseo Bolívar) y 38, donde encuentra de todo.

Néstor Jaramillo Vásquez, propietario de un puesto en uno de los centros comerciales de mayor afluencia de clientes, dice que actualmente esta zona de Barranquilla es el centro comercial más importante del Caribe. “Aquí llega gente de toda la Costa. Vienen del Magdalena, de Bolívar, de La Guajira y de muchas otras partes. Muchos para hacer negocios, otros para comprar para la familia, pero especialmente los días sábado y domingo esto es una locura de gente de cualquier parte comprando de todo”.

Allí en esa nueva realidad comercial y humana se entrevera gente de todos los estratos sociales, sin distinguirse unos de los otros. Todos van a comprar y a pasarla bien. Hoy han surgido en los segundos y terceros pisos plazoletas de comidas con propuestas culinarias para todos los gustos y bolsillos y lo que esperan las autoridades barranquilleras es que en un futuro no muy lejano, en los pisos superiores, hoy desocupados, se pueda lograr que haya zonas residenciales para que la gente vuelva a vivir en el Centro, como en los tiempos en que nacía la ciudad y las familias más aristocráticas construían sus caserones alrededor de las plazas más importantes.

PEP: proyecto para ejecutar con paciencia

“El Plan Especial de Protección (PEP) contempla muchas otras acciones que seguro no vamos a poder cubrir, pero lo estamos haciendo pacientemente”, dice Ramón Vides Galván, gerente de la Empresa de Desarrollo Urbano de Barranquilla (Edubar).

De todo ello los habituales visitantes del Centro poco o nada saben. Que hay que reubicar en otras zonas de la ciudad los moteles y talleres de las calles 42, 43 y 44, que hay que consolidar lo que se ha conseguido, todo eso es cierto, pero más allá de cualquier consideración de planeación estratégica, lo que merece la pena destacar es el renacer de un espacio vital en una ciudad de la importancia de Barranquilla, en donde se trocó un lunar por una estrella que ahora todos disfrutan. “Hoy conseguí estos forros para Blackberry baratos, me voy a llevar una docena para vendérselos a mis amigas”, dice Antonia, quien sonríe, camina y se pierde detrás de las palmeras del Paseo Bolívar que se contonean al compás de la brisa fresca que sopla desde el Magdalena.

Los nuevos desafíos del Centro Histórico

Muchos no entendían que detrás de ese polvorín de vendedores hacinados como abejas en un panal se encontraba una verdadera joya.

Hoy en día el Centro Histórico de Barranquilla afronta nuevos desafíos. Si bien es cierto que se han recuperado muchos espacios, hace falta trabajo. La idea que tiene la administración de Elsa Noguera es obtener a través de un nuevo y polémico plan de valorización, que se está empezando a hacer, al menos $80.000 millones más para seguir invirtiendo en el Centro.

Se tienen proyectadas la recuperación de la iglesia de San Roque con su respectiva plaza, la de San José y la edificación del Hospital de Barranquilla, que es patrimonio nacional, así como el trabajo en varias calles donde, como en otros lugares, hay que reubicar al comercio informal e intervenir en medio ambiente y seguridad como temas prioritarios.

Por Ronald Rangel Ramírez

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