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Pedro ‘Ramayá’ Beltrán, el eterno rey de la flauta de millo

El músico dejó más de 300 canciones y convirtió su nombre en parte importante del Carnaval de Barranquilla.

Paula Andrea Baracaldo Barón

16 de abril de 2026 - 08:00 a. m.
El maestro 'Ramayá' falleció este 11 de abril, a sus 96 años, en Barranquilla.
Foto: Cortesía
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Pedro Agustín Beltrán Castro nunca supo qué significaba ‘Ramayá’. Tampoco pudo —ni quiso— desprenderse de ese apodo que lo acompañó hasta el final de sus días, que confundió a más de uno y terminó convirtiéndose, para muchos, en su verdadero apellido.

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Esposo de la flauta de millo y amante de la gaita, Beltrán nació el 15 de febrero de 1930 en Patico, un corregimiento de Talaigua Nuevo, en la isla de Mompox o Margarita, en plena Depresión Momposina.

La razón de su sobrenombre es menos misteriosa y más casual de lo que parece. A comienzos de los años 70 sonaba de forma contagiosa Ramaya, del mozambiqueño Afric Simone.

Ramaya bokuko ramaya abantu ramaya

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Miranda tumbala ho ho ho

La letra cruzó mares, como tantas otras que llegaron al Caribe colombiano gracias a la compilación Golden Banana Sound.

Durante esos años, Beltrán trabajaba con la Licorera de Antioquia en los Viernes del Buen Sabor: presentaciones musicales en casetas, en donde le pagaban unos 250 pesos colombianos por hora. Le gustaba la idea de versionar canciones que venían de afuera. Junto a Ramaya, su grupo, hizo primero una adaptación en guaracha y, poco después, por petición de Discos Tropical, la assaptó a la cumbia.

En una de sus habituales presentaciones —cuando la canción ya era conocida, pero él no tanto—, el presentador lo anunció como Pedro ‘Ramayá’ Beltrán. No hizo falta agua bendita: ese fue su bautizo.

El rey de la flauta de millo

“Ramayá” decía que la mano derecha era la mano del sabor. Con razón, con ella compuso más de 300 canciones, distintas entre sí, sin casarse con una sola forma de sentir la cumbia. Era capaz de escribir piezas nostálgicas y, al mismo tiempo, en un juego de palabras, abrirle paso a la risa.

“Lo que pasa es que uno hace canciones de toda clase, las canta en las parrandas y, si ve que a la gente le gustan, las graba. ¿Y cómo hace uno, si a la gente lo que le gusta es la 'plebedad’?”, aseguró el maestro para el artículo Pedro Beltrán, Santo y parrandero o un grito de monte, de Rubén Darío Álvarez Pacheco. Entre sus composiciones más conocidas se encuentran Viva el carnaval, Mi flauta, Mico ojón pelú, La clavada, El ratón, La rebuscona, Santo y parrandero y Déjame Quieto.

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Pero, si hablamos de sus inicios en la música, se habla de una herencia. Su papá era cantante y gaitero, aunque no creció con él ni llegó a pedirle que le enseñara a tocar.

De pequeño, Beltrán se veía más como guitarrista: llegó a armar una tabla con clavos y alambre para simular una. Pero terminó tocando la gaita, básicamente porque quiso.

La relación con la flauta de millo, su eterno amor, fue más bien clandestina al inicio. Aseguró en una ocasión que su hermano tenía una y que aprovechaba sus ausencias para tocar “el millo ajeno”. Además, al pegar la oreja a la pared de su casa, lograba escuchar a su vecino, que también la interpretaba.

Pero “el más grande artífice de la flauta que la tierra haya conocido jamás fue José Gregorio ‘Goyo’ Polo, mi verdadero maestro, mi principal motivación para que yo me convirtiera en millero”, dejó por escrito Beltrán, que no pasaba de los siete años de edad cuando se escapaba de su casa para escuchar a Polo, que animaba las fiestas de su pueblo con sus notas dulces. Tiempo después se convirtió en su alumno y grabó algunas de sus composiciones, como El callejero, La sonrisa y El loro. En ese lenguaje de los vientos, ‘Ramayá’ se fue formando por pura sangre y a puro oído.

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Recordar al juglar caribeño

En los últimos años, hablaba con la memoria ya más frágil. Decía que muchos recuerdos se le esfumaban; miraba a su hijo, que lo acompañaba en algunas de sus entrevistas, en busca de respuestas; y a veces soltaba entre risas: “caramba, no sé, no recuerdo”. Pero hubo cosas que, inevitablemente, quedaron ancladas en el tiempo, como que empujó la cumbia hacia otros territorios sin arrancarla de su raíz.

Luego de hacer parte de agrupaciones como Bombo asao y La cumbia soledeña, el maestro ‘Ramayá’ le abrió paso a La cumbia moderna de Soledad (1970). A partir de ahí empezó a experimentar con instrumentos como las congas, los cobres y el bajo eléctrico: muchos de sus temas, incluyendo las famosas canciones versionadas (que iban desde rancheras hasta hit tracks en inglés), pasaron a formar parte de su repertorio y del cancionero festivo del Caribe.

Fue reconocido como Rey Momo del Carnaval de Barranquilla en 2002, porque “fue y seguirá siendo un referente obligado para los que buscan comprender la esencia de la cumbia y del Carnaval”, como lo expresó la organización.

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También llevó el Caribe hasta Londres en 2012, en una invitación a grabar el primer álbum de Ondatrópica, “un grupo excepcional de músicos, en su mayoría colombianos, que se reunió en los históricos estudios de Discos Fuentes con el propósito de reinterpretar la herencia musical tropical de Colombia”, escribió ese año Robin Denselow en The Guardian, luego de otorgarle cuatro de cinco estrellas al trabajo discográfico.

En 2023, el “rey del pito atravesado” fue homenajeado en la Noche de Guacherna, en Barranquilla, y ese mismo año, como un detalle no menor, recibió el premio Vida y Obra del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes.

'Ramayá', ganador del premio Vida y obra 2023
Foto: Ministerio de Cultura

A principios de este mes de abril, en la Clínica de la Costa, el maestro ‘Ramayá’ pasó una semana hospitalizado tras presentar una tos crónica que, con los días, se tradujo en una acumulación de líquidos en los pulmones. El 11 de abril, Cielo Ricaurte, su esposa, fue quien dio la noticia de la muerte del músico caribeño.

Pedro “Ramayá” Beltrán, el hombre de canciones y sonrisas pícaras, fue despedido a los 96 años con tamboras, gaitas, sombreros y, cómo no, flautas. Su cuerpo, dedicado a más de 50 años de música, ahora reposa en Jardines de la Eternidad sur, en Barranquilla. Pero para el Caribe sigue vivo en su propio principio, en esa forma tan suya de ver la música: “No hay que ponerle tanto parapeto, al instrumento de millo no hay que meterle morisqueta. La música de millo lo que necesita es sentimiento, gusto y sabor”.

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Por Paula Andrea Baracaldo Barón

Comunicadora social y periodista de último semestre de la Universidad Externado de Colombia.@conbdebaracaldopbaracaldo@elespectador.com

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