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A Cali le ha tocado aprender a vivir con la sombra de la guerra

La ciudad vive en medio de la incertidumbre que dejan las acciones terroristas, que en el último año se han concentrado contra estructuras de la Fuerza Pública. Mientras el comercio busca no dejarse vencer por el miedo, en las calles afectadas la vida no ha vuelto a ser la misma.

Itzel Martínez Sarmiento

03 de mayo de 2026 - 10:18 a. m.
La cotidianidad continúa marcada por el recuerdo del atentado de 2025 y la incertidumbre reciente. La ciudad no se detiene, aunque la forma de habitarla ya no sea la misma.
Foto: Itzel Martínez Sarmiento
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Junto al batallón Pichincha en Cali ya no hay rastro de la explosión que hace una semana paralizó la ciudad. Un silencio inusual se siente en los alrededores, donde por sus calles solitarias se ven pocos transeúntes que caminan rápido, sin detenerse. No se trata de una zona tranquila; el batallón, uno de los complejos militares más importantes del país, está rodeado de colegios, un hospital y varias viviendas, pero hoy lo que persiste es la imagen de militares a lo largo del corredor, haciendo controles más estrictos que los acostumbrados. Detienen vehículos, revisan sus baúles y miran con extremo cuidado cada movimiento de quien entra en su campo visual. Temen, como todos, que algo malo vuelva a pasar.

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En la mañana del pasado viernes 24 de abril, sujetos armados intentaron lanzar cilindros bomba dentro del batallón desde un bus escolar, pero solo uno alcanzó a explotar. “Ese día escuché la explosión, y empaqué y me fui. Uno siente miedo, pero igual toca seguir”, dice María, una vendedora de fritos que se sienta en la estación del MIO que queda en los alrededores y quien alerta que por la zona ahora todo el mundo anda con más precaución que la de antes.

La sensación no es nueva. La vivió la ciudad en agosto del año pasado, cuando un camión bomba fue detonado en los alrededores de la Base Aérea Marco Fidel Suárez, así como con la serie de ataques con granadas y explosivos que se han presentado en CAI de la Policía en diferentes lugares de la ciudad, por lo que, junto al temor, la ciudad ha tenido que buscar formas para mantenerse en marcha mientras asimila las nuevas formas de violencia que la azotan.

Comercio entre la alerta y la necesidad

Esa tensión la siente fuerte el comercio. En distintos sectores de la ciudad, vendedores y dueños de locales coinciden en que, aunque la actividad no se ha detenido, sí ha cambiado la forma en que se mueve la gente.

Frente a la Base Aérea Marco Fidel Suárez, y a pocos metros de la calle donde ocurrió la explosión de 2025, está el local de Stiven, un negocio de alimentos y accesorios para mascotas que resultó averiado por el atentado. Él se vio directamente afectado, no solo por las afectaciones al local, sino porque además su hermano resultó herido. “Perdimos casi todo. Recuperamos más o menos el 40 %. Nos tocó con lo que había, con ayuda, pero no ha sido la suficiente”.

Aunque el local sigue funcionando, Stiven teme por el futuro. “Las ventas no volvieron a ser las mismas, al menos no el sector. A nosotros al menos nos dio el empujón para meterles a las redes, pero nada es igual. Uno mantiene prevenido, cualquier cosa rara, ya uno lo mira distinto”.

En el centro, por el sector del Bulevar del Río, una de las zonas comerciales y turísticas de la ciudad la percepción es similar. José Luis, trabajador de un local comercial, cuenta que tras los recientes hechos el ambiente está tenso. “Hay más Policía, más controles, pero la gente igual pregunta y duda. Muchos entran, o pasan rápido, se siente diferente el ambiente”.

No es para menos. Después del ataque del viernes comenzaron a circular por WhatsApp mensajes con placas de carros y motos en las que podrían ir miembros de grupos armados o podrían estar cargados con explosivos, mientras que a la par se registraban nuevos ataques en municipios cercanos, como Jamundí y Palmira.

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“Uno abre porque toca, pero el ambiente no es el mismo. Todo el mundo está más prevenido”, añade Jose Luis, quien advierte que, aunque hay movimiento, por estos días el comercio no es el mismo.

En zonas cercanas al batallón Pichincha, la presencia de las autoridades y los controles a vehículos se intensificaron tras los recientes atentados.
Foto: Itzel Martínez Sarmiento

Entre estrategias y resistencias

Ante este panorama, autoridades y comerciantes han impulsado estrategias para sostener la actividad económica y reforzar la seguridad en zonas claves de la ciudad, como el Bulevar del Río, Granada y otros corredores comerciales de alta circulación.

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Desde la Alcaldía de Cali y la Policía Metropolitana se ha reforzado la Fuerza Pública en las calles y se promueven campañas para recuperar la confianza de los ciudadanos y evitar que el miedo afecte la dinámica económica de la ciudad, en eventos como la Media Maratón, que será este fin de semana. “La idea es que los caleños y visitantes puedan habitar estos espacios con tranquilidad y que el comercio no se detenga”, señala la Secretaría de Seguridad y Justicia.

Para algunos, esa presencia genera cierta tranquilidad. Marcela, administradora de un local en el centro, asegura que, aunque el miedo está, también hay un acompañamiento más visible. “Sí da susto, claro, pero uno ve más Policía, más movimiento. A nosotros nos han dicho que estemos atentos, que reportemos cualquier cosa. Eso da un poco de confianza para seguir”.

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Una percepción similar tiene Andrés José, trabajador de un café en el sector, quien afirma que la estrategia ha sido clave para no frenar del todo la actividad, “a uno le toca seguir, pero al menos hay más control. La gente se fija en eso, y como que se siente más tranquila para andar por aquí”.

Sin embargo, ese mensaje no siempre llega igual a todos. Rubiela, vendedora ambulante que se mueve por el centro, dice que no conocía esas estrategias. “Uno se mantiene por allá (señalando la Alcaldía), y sabe que en cualquier momento puede pasar algo”. Las medidas existen, pero en la calle la sensación de riesgo sigue siendo parte del día a día.

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La ciudad que sigue, pero distinta

En otros sectores los atentados del pasado cambiaron su cotidianidad, permanecen en la forma en que las personas trabajan, se mueven y perciben el riesgo, y el mejor ejemplo es en los alrededores de la Base Aérea Marco Fidel Suárez, donde esa huella es visible en la rutina. Don Román Bernal, cuidador de carros y motos desde hace cinco años en la zona, tiene 63 años y depende de lo que se gane cada día, “si me quedo en la casa, ¿qué hago? Tengo que salir a trabajar”, afirma.

A unos pasos, Mariela reacomoda dulces en su carrito mientras mira de reojo la calle. Entre cliente y cliente levanta la vista como si cualquier movimiento fuera una señal. No lo dice directamente, pero su cuerpo está en alerta.

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Ese día el carro bomba dejó seis personas muertas y más de 600 heridas, a lo que se suman daños en por lo menos 500 viviendas. La calle que da a la Base Marco Fidel Suárez se cerró para el paso de vehículos y la cotidianidad cambió, porque está la incertidumbre de que algo nuevo vuelva a pasar. Hay más vigilancia, pero también una sensación de alerta que atraviesa el día a día.

Don Román habla del atentado sin rodeos. “Uno se encomienda a Dios y sigue. Aquí uno se gana el día honestamente, pero eso que hacen le hace daño a todo el mundo”. Por eso resume el ataque en una frase que se repite, casi como una consigna silenciosa en el sector: “Toca seguir”.

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Esa misma idea la comparte Mariela, quien lleva ocho años trabajando en la zona, vendiendo dulces y despachando taxis, y ese día estaba ahí. “Eso fue horrible, todo quedó destruido. A la gente le da miedo venir. Y a uno también, pero me toca trabajar. Uno mantiene pendiente de todo, cualquier carro raro, cualquier cosa”, agrega mientras despacha otro taxi.

Por su parte, Aldemar Loaiza, quien cuida motos, recuerda: “Primero pensé que era otra cosa, que era un ruido de eso de la energía. Pero cuando sonó la segunda explosión, y me tiró al suelo, ahí supe que era una bomba”. El impacto no terminó ese día, quedó con lesiones físicas y con una sensación permanente de alerta: “Uno no sabe cuándo puede pasar otra. Pero igual me toca venir, porque trabajo no hay y tengo familia”.

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Cali sigue abierta, pero en alerta

Hoy, más que una ciudad que recuerda, Cali es una ciudad que reacciona en tiempo real. Cada nuevo ataque no solo deja un impacto inmediato, sino que transforma la forma en que se trabaja, se vende y se habita.

Tras los recientes atentados, continúa el letargo que deja la tragedia. Ya se han ofrecido recompensas, se acusó a disidencias y con ello el pedido de las autoridades locales a reforzar las medidas y recursos para la ciudad. Desde las calles el miedo está, pero la ciudad sigue con la consigna de don Ramón, porque “toca seguir”.

Por Itzel Martínez Sarmiento

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