Era cambio de turno en el Hospital Universitario del Valle. Aurora Mercedes Luna Verbel, la enfermera líder de la Unidad Cirena (Cuidado Intensivo Recién Nacido) o UCI Prenatal, apenas empezaba su trabajo. Le entregaron 36 bebés, cuando empezó a temblar a las 7:34 a.m. del pasado lunes. Un ala del edificio cayó y la vida de los niños estaba en sus manos. Por eso decidió llevarlos al patio del hospital.
Días después, Luna está sentada en una carpa frente a la sala de emergencia del hospital, que es el centro de alta complejidad más importante del suroccidente de Colombia. Ella y sus compañeras ahora llevan tarjetas de identificación que ellas mismas habían escrito, con nombre, número de identificación y de celular, y su grupo sanguíneo. Por si acaso. El Espectador habló con la enfermera sobre el día que cambió la historia del lugar en el que ha trabajado por 32 años.
¿Cómo está?
Hemos vivido muchos momentos difíciles en el hospital, por ejemplo, problemas de financiación, pero este ha sido el más duro.
¿Qué recuerda del terremoto?
Cuando terminamos de hacer la ronda de transferencia de cuidados, empezó a temblar. Nos pusimos en alerta y salimos al pasillo de la sala. Yo pensé que iba a parar muy rápido, por lo que me ubiqué debajo de una puerta, pero esta vez fue muy fuerte. Vi que se caía el cielorraso, se abrió una pared. Empecé a orar en voz alta. Había gente llorando, gritando. Cuando terminó de moverse, entré a la sala de los bebés y me fui cubículo por cubículo, viendo que no les hubiera caído nada.
¿Cómo se veía la sala?
Los bebés estaban en cunas segadoras y mesas de cuna de calor radiante. Todos estaban bien dormiditos, tranquilos. En la sala de los de cuidado intensivo, donde están entubados, había monitores en el piso y paredes abiertas, pero nada cayó sobre los bebés. Y ellos estaban tan tranquilos. No hubo un bebé que llorara.
¿En este momento no sabían que se había caído la torre?
No sabía qué había pasado. Bajé las escaleras desde el quinto piso. Ayudé a un señor. En el patio vi a todo el mundo: personal, pacientes, familiares, seguridad, y pensé: ¿Y qué va a pasar con los bebés? Me devolví con una jefa que salía de turno de noche y empezábamos a colocarles las manillas de identificación a los bebés y cargué uno. En ese momento no me di cuenta de cómo estaba el edificio. Mi prioridad era sacar a esos bebés. Cuando nos vio la gente, muchos se unieron y subieron por ellos.
¿Y los bebés que dependen de máquinas?
Bajamos todo lo que necesitábamos para poder atenderlos: monitores, bombas de infusión, medicamentos y leche. Cuando vi que llegaron los últimos de cuidado intensivo, no volví a subir. Me temblaban las manos y los pies. Jamás lloré, luego sí, pero en ese momento no, por la adrenalina. Hoy, unos días después, me llegó el cansancio. Mis músculos se sienten como si hubiera hecho ejercicio en el gimnasio.
Se viralizó la imagen de los bebés en el patio.
Sí, era la hora de comer. Les dábamos la comida con jeringa y con lo que tuviéramos. Los bebés estaban en el lugar donde llegan las ambulancias. Allí llega mucho polvo y hace mucho calor. Empezábamos a echarle fresco a los bebés. Tuvimos que quitarles la ropa, quitarles las cobijas y ventilarlos. Empezaron a llegar los familiares de los bebés, los calmamos y les dijimos: “Tranquilo, su bebé está bien”. Después de ver que estaban bien los bebés, llamé a mi familia y vi todo en las redes, que una torre se colapsó.
¿Qué ha cambiado en su día a día?
El día del terremoto nacieron unas gemelas. Las tuvimos toda la tarde ahí, pero no tenían ninguna condición para estar bajo el cuidado del personal de Cirena. Ayudamos a otras unidades del hospital. Nos llegaron muchas donaciones para los niños y las llevamos a los hospitales donde se están quedando. Antes podíamos atender 44 pacientes al mismo tiempo en Cirena, ahora tenemos espacio para dos.
Ustedes ahora están trabajando en la zona de urgencias. ¿Tiene miedo de que algo pueda pasar en el edificio?
Nos habilitaron urgencias porque no se puede subir al quinto piso. El hospital no tiene la capacidad para tener a todos sus trabajadores. Eso duele. La gente tiene miedo de quedarse sin trabajo, pero me siento segura, se hicieron inspecciones. Más que miedo siento incertidumbre de que vuelva a repetirse el temblor. A veces se siente que tiembla. Nuestra misión es cuidar a la gente y atenderlos. Esa atención se redujo por las condiciones obvias. Pero tenemos que seguir porque no podemos perder nuestra esencia. Tengo fe en que vamos a salir adelante. No va a ser mañana ni va a ser en un mes, pero nos vamos a recuperar.
¿Qué había en su cabeza de los momentos después del terremoto?
La gente es impresionante. Estamos hechos de una materia, no sé, algo diferente (sollozo). La gente estuvo a la altura. Los que no subieron, ayudaron de otra forma. Había tres jefes que se quedaron arriba y no bajaron. Nunca dejaron a los bebés solos. Todo el mundo dio el 100 %. Y no solo los de Cirena, también de otras unidades, hasta los vigilantes. Los bebés nunca estuvieron solos.
Este artículo fue realizado durante el intercambio Alemania-América Latina del International Journalists’ Programmes (IJP).