Luis Lenis, también conocido como ‘Lucho’, padece problemas auditivos, le falta una oreja, y es poco conversador y expresivo. Cuando las autoridades lo encontraron, no hablaba mucho de su familia y, de hecho, no lo hace. Solo se supo que sus padres eran María Uyane y Vicente Trochez.
Estaba perdido y llorando. El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar apareció en el lugar y se supo que el pequeño provenía de la vereda San Antonio, cerca de Morales, en el departamento del Cauca.
Entre tantos recuerdos del ayer, hay uno que le permite volver a su niñez de vez en cuando. Sólo por un instante. El maltrato de sus padres lo impulsó a partir de casa el 7 de junio de 1992, luego de su décimo cumpleaños. Nunca entendieron la dificultad que le impedía al joven ser “como ellos querían”. Su reacción frente a la discapacidad de ‘Lucho’ fue sencilla: maltrato y abusos. Una cosa llevó a la otra. El joven entendió que debía partir y la decisión no dio espera.
A los 12 años dormía sobre un andén en la vereda de San Antonio. Un señor lo encontró y avisó a las autoridades. “El niño no oye bien, le hace falta una oreja. Parece ser de nacimiento”, quedó constatado en el reporte emitido por la Defensoría de Familia de Santiago de Cali el 10 de junio de 1992.
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Un hogar sustituto lo recibió. Luego, otro y otro. No tenía documentos y su nombre no figuraba en los registros. El ICBF procedió a registrarlo en la Notaría Sexta de Cali, el 19 de octubre del mismo año.
En 1994, el Instituto intentó ubicar a sus padres. El resultado no era el esperado: “Manifiesto la imposibilidad de encontrar la mencionada familia del menor Luis Lenis”, decía el escrito firmado por la defensora de familia Carmenza Salazar Álvarez.
Una versión narrada por quienes recibieron a Lucho en su familia, como un integrante más, indica que María y Vicente trabajaban cuidando una finca mientras los dueños se ausentaban. El conflicto armado les pasó factura, y un grupo de guerrilleros les exigió a los propietarios del lugar ceder parte de sus tierras como vacuna. Les dieron unos días de plazo para desalojar. Ellos no estaban dispuestos a entregar sus predios. Los jefes murieron por causa de un enfrentamiento a bala. Y los padres de Luis, al igual que el resto de los habitantes de la vereda Las Marías, en Cauca, se marcharon del territorio porque la zona se tornó ‘roja’ debido a los constantes enfrentamientos entre el Ejercito y los subversivos. El plomo se había instalado con fuerza. Luis ya no estaba con ellos para ese momento.
Entre seis hermanos, él era uno de los menores. Nunca más supo del paradero de sus parientes. Lo último que escuchó no le sentó bien: “su familia fue víctima del desplazamiento forzoso”, decían en zonas aledañas al sector en que habitaban.
Un aire distinto
De ese lapsus de tiempo, hoy, con 38 años, tiene lagunas de información, hechos puntuales que no recuerda. Entre lo poco que le han contado, figura otra versión. Su abuela, al parecer, se había hecho cargo de sus hermanos tras la ausencia de los progenitores, quienes presuntamente huyeron por el conflicto armado. Ella falleció y un tío quedó a cargo de los menores. Luego los echó a la calle.
La llegada de los 18 años significaba dejar los hogares sustitutos que el ICBF le brindaba. Cuenta que, en ocasiones, tuvo que esconderse para no ser expulsado. No tenía a donde ir. Los siguientes años fueron hostiles. Mantuvo una lucha constante por sobrevivir y encajar con su discapacidad. Hasta que, a su puerta, llegó un ángel con nombre y apellido: María Dolores Solano Moreno.
Ambos coincidieron en el Hospital Cañaveralejo de Cali, en el 2006. Ella trabajaba en servicios generales y él estaba internado por una bronconeumonía, consecuencia de vivir semanas en la calle. Dolores supo que Luis, ya con 25 años, no tenía para donde irse y por sugerencia de un médico decidió darle posada en su casa.
“Me conmovió verlo así. No queríamos que volviera a la calle. Fui a mi casa, hablé con mi familia y todos aceptaron. Le dejé la dirección para que llegara a nosotros tan pronto se recuperara. Así lo hizo. Le ayudamos a sacar la cédula, afiliarse a una EPS e ingresar al Sisbén”, recuerda la mujer, 13 años después.
Lucho llegó con dos cajitas de cartón que contenían su ropa, al lugar que lo recibió como un hijo más. Hoy, dice estar bien. Pero el recuerdo del pasado y la incertidumbre por no saber que ocurrió con su familia biológica, aún ronda por su mente.
Se acostumbró a ser una persona independiente, por eso, hace diez años decidió emprender su propio negocio. Comenzó vendiendo helados en la portería del hospital donde estuvo recluido, pero después lo dejó, para irse a la colina de San Antonio. Ahora, desde el mismo centro médico, tiene un negocio de tintos, hojaldres y pan con el que cumple siete años.
Su vida no es perfecta, pero sí distinta a la de ayer. Es un hombre de pocas palabras que prefiere no hablar de lo malo. Pero, por esta vez, quiso romper el silencio y contar su historia.
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