Un reciclador entra a escena con su carro. Allí encuentra una caja llena de historias de la que salen un corazón, una flor, el sol y una flauta, que forman parte de la obra “Reciclasueños”. Su protagonista es un títere que, tras el telón, lo maneja la actriz Leonor Amelia, quien coordina la marioneta con tal precisión, que los movimientos, los ritmos y los objetos parecen reales.
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Antes de que un títere llegue a escena, hay un proceso largo que no siempre se ve, el de investigar, escribir, construir, probar materiales, ensayar movimientos, ajustar luces, gestionar recursos y sostener un grupo en el tiempo.
El teatro de títeres no es solo un espectáculo, es un oficio que combina creación artística con trabajo constante fuera del escenario. En Cali, ese oficio no ocurre de manera aislada, se construye en espacios colectivos y a la par de trayectorias que han tenido que aprender a sostenerse entre la pasión y las dificultades económicas de las artes, así como la creación y la gestión.
El punto de partida no es el espectáculo
Este fin de semana comenzó en Cali el XXV Festival Internacional de Títeres “Cali, un sueño con títeres”, un evento que congrega a compañías de España, Cuba, Argentina, Brasil, Ecuador, Perú y Colombia, que traen marionetas tradicionales y teatro de sombras, así como propuestas innovadoras que “dialogan con el cine, la animación y las nuevas tecnologías”, señalan sus organizadores.
Para Salomón Gómez Córdoba, director de la Fundación Rayuela de Pasto, Nariño, con más de 30 años de trayectoria, la preparación para este tipo de eventos tiene que ver con una constancia sembrada con los años y de la curiosidad de seguir experimentando con el poder que dan las marionetas.
“El origen no está en una técnica específica ni en una metodología fija. El títere nace de una necesidad de expresar. De la literatura, de la música, de la memoria. Uno va encontrando qué quiere contar y después cómo hacerlo”, indicó el artista.
En ese orden de ideas, según señala Gómez, se da una necesidad y luego la forma.
Esta parte es importante, porque además de una narrativa, un diálogo o una escena, con los títeres es primordial encontrar su materialidad. Lejos de la idea de objeto simple, la construcción de un títere implica decisiones técnicas complejas, como el peso, la movilidad, la expresividad y hasta los materiales con los que se construirán “Uno entra en diálogo con la materia antes de que se le dé forma. Deja de ser un objeto y empieza a convertirse en un personaje que comunica”, explicó Salomón.
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Ese proceso no es inmediato, implica mucho ensayo y error, cambios de técnica, ajuste de las ideas, los movimientos previstos y el mismo guion. No hay fórmula, sino solo una finalidad clara: encontrar una correspondencia entre lo que se quiere decir y cómo ese objeto lo puede transmitir.
Sostener el oficio, más allá de la creación
Si la creación es compleja, la sostenibilidad lo es aún más. Mantener una compañía de títeres implica asumir múltiples roles de producción, gestión, circulación y formación de públicos.
María Nella Ferrez, titiritera argentina con más de tres décadas en el oficio, lo resume desde su experiencia: “Sostener un grupo implica mucho trabajo. No es solo crear, es generar redes, buscar recursos, mover las obras y producir”.
Pero, además, insiste en algo clave: “Hacer títeres también es un lugar para abrir la sensibilidad, para encontrarnos con otros y repensarnos como sociedad. El oficio no termina en la obra. Continúa en la relación con el público, en los territorios a los que llegan y en las preguntas que dejan abiertas”.
La Casa de los Títeres es un ejemplo concreto de persistencia. Fue fundada en 1998 como un proyecto colectivo de varios grupos. Sin embargo, las dificultades económicas hicieron que muchos se retiraran en los primeros meses.
Quienes permanecieron asumieron el espacio con deudas, préstamos y una apuesta a largo plazo. “Nos quedamos porque sentíamos que la ciudad lo necesitaba”, cuenta Leonor Amelia Pérez, actriz titiritera y pionera del espacio.
Durante años la casa no fue solo un espacio cultural, fue vivienda, taller, sala de funciones y lugar de formación. Ese cruce entre vida cotidiana y práctica artística es lo que permitió consolidar el proyecto.
Hoy la casa funciona como museo, biblioteca especializada, sala permanente y centro de circulación. Está ocupada por muñecos, máscaras y personajes que fueron parte de viejas producciones y hoy parecen mirar de vuelta, así como objetos que no pasan inadvertidos.
Al fondo de la casa están los talleres, la biblioteca y un escenario que, aunque parece pequeño, puede llenarse con decenas de espectadores. Todo funciona, todo tiene uso. Nada está puesto únicamente para exhibirse, es un lugar donde el teatro de títeres no es solo un espectáculo, es un oficio que combina creación artística con trabajo constante fuera del escenario.
Un lenguaje que exige ser entendido
Uno de los principales retos del oficio es la percepción externa. El teatro de títeres suele asociarse exclusivamente con el público infantil, lo que reduce su alcance en términos de reconocimiento y hasta de públicos. No obstante, quienes trabajan en este campo insisten en que se trata de un lenguaje escénico con la misma complejidad que cualquier otro.
“No es un arte menor. En el títere están la música, la dramaturgia, la iluminación y el movimiento. Todo construye sentido. Además, es para todo el mundo, como dice nuestro eslogan, es para niños de 0 a 150 años”, señala Leonor.
La actriz cita un escrito de la obra “Malevo”, de Juan Sebastián Potez Pérez, para explicar lo que es su arte. “Nuestra vida es una referencia a la vida, y tal vez por ello resuena y conmueve más aún que la vida misma. Estos cuerpos de cartón entienden todo: la ausencia, la muerte y la alegría”.
Por ello, para Leonor la importancia del teatro con títeres se centra en lo cercano que pueda ser al público, logrando materializar lo que se llega a plantear con la imaginación. “Un títere no necesita parecer real para ser creíble, le basta con moverse en el lugar exacto, donde el espectador reconoce algo propio”.
En el marco del festival hay una oportunidad para mirar más allá. En la ciudad, tanto en la parte urbana como rural, se tienen previstos una serie de espectáculos que reúnen distintas técnicas, lenguajes y formas de creación.
Pero más que una vitrina, el festival ha servido como una entrada a un arte rico en propuestas, consolidado y que piensa en diferentes públicos. Cada función concentra horas de trabajo, como la construcción, ensayo, gestión y resistencia, que no terminan cuando cae el telón.