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Pollo con champiñones en La Picota

A propósito de la pelea entre expresidentes por la infiltración de la mafia en la política, el cronista Óscar Domínguez revela un inédito encuentro con Alberto “el Loco” Giraldo, relacionista público del cartel de Cali.

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Oscar Domínguez Giraldo, Especial para El Espectador
03 de diciembre de 2013 - 03:42 p. m.
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Exquisito el pollo con champiñones que preparó Rommel Hurtado en su hotel de escasas estrellas en el pabellón de alta comodidad de La Picota, en el remotísimo sur bogotano, adonde llegamos por entre los huecos y la lluvia. En el almuerzo de tres tenedores, como lo denominan nuestros anfitriones, nos acompañan varios presos acusados de un popurrí de delitos que van desde paramilitarismo hasta enriquecimiento ilícito por haber recibido dineros del Cartel de Cali.

Denominador común de nuestros anfitriones, incluido el “Loco” Alberto Giraldo, de quien surgió la iniciativa del almuerzo: todos, sin excepción se declararon perseguidos por la in-justicia. Ninguno de los angelitos admitió que la hubieran embarrado.

Cada cual va soltando su rollo. Se lo saben de memoria. A fuerza de lidiar –violar- con la ley y los códigos se han convertido en aprendices de abogados, quienes no lo son. Quienes son leguleyos de profesión “y viven con la vida pendiente de un inciso”, han tenido tiempo suficiente para emparentarse más aún con los códigos.

La entrada a La Picota es a las doce en punto del día. Como llegamos con retraso de diez minutos, me las tiro de vivo, saco una vieja credencial del Senado, el guardia se impresiona y los que entran.

El Jefe de Relaciones Públicas del Cartel de Cali, el “Loco” Giraldo, nos espera con un paraguas toreado en mil aguaceros. Ya había perdido las esperanzas de vernos. “Poeta”, me dice, y me afrijola fuerte abrazo rompecostillas.

Siempre me ha dicho “poeta”. (Bueno alguna vez me puso “Trapito”). No sé si sentirme halagado o no con lo de “poeta”. O todo lo contrario. Al fin y al cabo, apenas tengo un poema decente en mi prontuario intelectual. Recuerdo habérselo escrito a mi primera novia medellinense con el insólito “saldo” de que perdí la amada y se esfumaron las musas.

Viene el departamento de presentaciones. Me presenta con el remoquete de "jefe" de prensa de Noemí Sanín, quien a esa hora, rodeada de gringos importantes en Harvard, no sabe en qué trotes anda su subalterno. Creo que si se enterara, al día siguiente estoy en el asfalto. Pero vieja amistad con Giraldo y obra de misericordia obligan con quien me dio el primer empleo de patinador (mensajero interno) en la redacción del Noticiero Todelar, con sueldo de 900 pesos mensuales (año de 1969).

El chef (RH) encargado del departamento de gastronomía, delantal en “mano”, se faja en la cocina. Aprovecho para mirar el entorno. No están tan mal el cambuche: televisor, vhs, nevera bien provista, pequeña biblioteca, que no falten los celulares. Duermen de a tres por cabaña o casa. Pagan 6 millones de pesos mensuales por este hotel en el que la libertad está estrellada. Pero la pasan bien, dentro de lo posible. Una ruidosa complicidad se ha creado entre ellos.

Me pregunto todo el tiempo por qué nos han invitado a un colega (MG, sus iniciales han sido invertidas para proteger su identidad). Nunca nos lo dicen claramente pero desde un principio, sin querer queriendo, nos entregan un documento que el chef de mínima estatura y prontuario derechista de conspirador contra Ernesto Samper, le ha dirigido a varios funcionarios judiciales, poniendo en su conocimiento múltiples irregularidades cometidas contra los detenidos.

A mi compañero de fórmula que se ha tirado el carro conduciéndole a toda velocidad por la "Huocotá" del sur, le piden que le entregue el documento a su jefe, Fabio Valencia, mi paisano de barrio. A mi me sugieren que lo se lo hagan llegar, con sus saludos, a Noemí. “Ella me conoce bien”, me informa RH, el del pollo con champiñones. Por supuesto, la sola posibilidad de llevarle esas saludes a la patrona me pone la carne de gallina. Definitivamente, no hay almuerzo gratis.

Ni más faltaba que tuviera que pagar la cuenta por el exquisito pollo haciéndoles mandados a estos ilustres pisoteadores del código penal en muchas de sus páginas.

La verdad es que me siento más raro que un perro a cuadros. Un preservativo no podría sentirse más extraño sobre la mesa de comedor de un convento de pacíficas monjitas de clausura.

Mientras van soltando sus respectivas historias, debidamente adobadas, nos van preguntando cosas. “Nos quieren ordeñar información privilegiada”, me digo con una sagacidad que me admira a mí mismo. Claro que no estoy en capacidad de suministrarles la información que desean por dos razones fundamentales: no la tengo, y tampoco la daría.

Los interlocutores, felices con la locuacidad y simpatía desbordante de mi compañero MG (a quien ya boletié al principio), empiezan a cabrearse con mi silencio y mi desinformación. Mi colega se tutea con todos y se desempeña a las mil maravillas. “¿Y vos no nos vas a contar nada %$#"?”, me pregunta el “Loco” Giraldo, con su sosonete de montañero de Cisneros, Antioquia, una especie de Girardot (Tirardot) paisa.

Una cosa es cierta: los individuos están, de lejos, más informados que nosotros dos. Sobre todo que yo. Se han leído todos los periódicos y revistas, conocen todos los editoriales, con puntos y comas. Reciben gente importante en su refugio, o la visitan cuando salen con algún permiso. (Doy por un hecho que recibirán visitas femeninas nocturna, para hacer más amable la soledad).

Miro el reloj que se niega a consumir las dos horas de la misericordiosa visita. De pronto, en algún receso, el “Loco” me hace preguntas puntuales: ¿Cuánto te pagan?, ¿Qué te toca hacer con Noemí?, ¿Cuántas veces al día o a la semana hablas con ella?, ¿Quienes le hacen los discursos? Le suelto una que otra respuesta insípida como para pagar el pollo.

Pero también le tengo una pregunta que veo que le hemos hecho todos los que lo visitamos, a ver si nos vamos con la chiva que nos dé la esquiva inmortalidad: “¿El presidente Samper sí sabía de la entrada de dineros calientes en su campaña?”. No me dice rotundamente que sí. Me remite a su libro “El Álvaro Gómez que yo conocí”, que me regaló hace tiempos y que no he leído. Tocará leerlo. “Todos los políticos han recibido plata”, dicen varios de los asistentes atragantados de pollo. Giraldo nos comenta que está escribiendo otro libro. Ojalá cuando llegué a la página del almuerzo de este 27 de marzo, la amnesia lo visite.

Miro a los ojos a varios de los asistentes y no me dan mucha confianza. Tienen mirada y sonrisa inciertas, no identificables. Me producen cierto pavor. ¡En qué compañías ando!

El aguacero sigue haciendo al mismo tiempo su abril y octubre sobre La Picota.

Para no perder una vieja costumbre con quienes se encuentra, Giraldo, acostumbrado a la ropa hecha a la medida, me mira la pinta de arriba-abajo. “¡Qué elegancia, poeta!”, comenta, y se interesa en ver si mi reloj es un Gucci, Rolex o qué. También opina sobre la calidad de mis zapatos. Le digo: “Ese reloj es apenas un Tissot, Albertico. Y los zapatos valdrían 60 o 70 mil pesitos. Inútil que trates de buscar ropa costosa encima de mí. Además, me vine con esta pinta, porque esta noche tengo que ir a la embajada alemana”.

Me pregunta por mi familia ("qué hay de la Flaca" mi señora), yo le pregunto por la suya. Quedamos en paz. Nos entramos a la cabaña a la hora del café para huír del frío y de algunas gotas de lluvias que desean salir del anonimato a costillas nuestras. Sigue la charla sin ton ni son.

Creo que ya está bien de visitas. Le muestro mi reloj al colega que parece feliz con la tenida y entonces empezamos a tocar la retirada. “Ustedes no cuentan un carajo”, es la conclusión de Giraldo quien fue el jefe de prensa en la campaña que llevó al poder a Belisario Betancur. Yo cubrí esa campaña.

De regreso a la libertad, amparado en el paraguas del “Loco” – a quien veo de buena salud- me pregunta: “¿Y vos ya estás escribiendo en serio?”. Le digo que nada más serio que el humor, una frase que leí en alguna revista de peluquería. Le agrego, para seguir pagando la cuenta del pollo con champiñones, que todavía no se me ha salido el politólogo ni el ideólogo que me habita. Y creo que ni saldrán.

Antes, le he escuchado frases lapidarias que llaman: “Soy un muerto civil. Hace años no produzco un peso. Me confiscaron todo. La finca de Urabá quedó en manos de paramilitares”.

El viejo cliente del Maxim´s, de París, y del Ritz español, donde le hacían vale, ha cambiado hasta de clase social. Su familia, doña Beatriz, su exquisita mujer, hijos, tres nietas (“no me han dado nietos todavía”), han estado firmes, a su lado. Menos mal, porque amigos como yo no creo que regresen a expresarle solidaridad al hombre. Él mismo se apartó del ámbito de sus colegas y amigos al meterse donde no lo estaban llamando.

Agarro mi celular, retomo la cédula de ciudadanía, momentáneamente incautada por la guardia. “Toco piano” por segunda vez para estampar mi huella digital en menos de dos horas, y me asilo en el carro del amigo para emprender el regreso a casa. La visita-pesadilla, enriquecida con un pollo que pagó los platos rotos, poco a poco se irá convirtiendo en olvido.

Por la noche me espera una reunión más amable, con los teutones de la embajada de Alemania. El menú (salchichas de Fráncfort a la lata con una salsa imposible) y la compañía son bien distintos. Suspiro hondo.
 

Por Oscar Domínguez Giraldo, Especial para El Espectador

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