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Mi madre murió hace poco tiempo. Dejó su existencia en este mundo arropada en medio del amor de sus hijos, los mejores cuidados posibles de los médicos y las enfermeras, y confortada por las oraciones de sus hermanos de Iglesia. Partió creyendo firmemente que estábamos en el fin de los tiempos. No diré que estaría contenta con la actual crisis mundial generada por la epidemia del Covid-19 pero de seguro para ella sería el cumplimiento de una más de las profecías de las que habla el libro del Apocalipsis. (Otra columna del autor por los 30 años de la firma de la paz con el M19).
Le resultaba obvio que otros anuncios de ese libro misterioso de la Biblia ya estaban cumpliéndose y eso era algo que veía materializado en la proliferación de guerras y conflictos, crisis políticas y económicas, hambrunas y enfermedades, así como desastres naturales de todo tipo.
Pero si algo la hubiera hecho realmente feliz, era haber podido vivir unos años más para disfrutar la promesa de una vida nueva, luego de la “Gran Tribulación”, en momentos en que ocurra la segunda venida de Cristo para reunir a sus escogidos y dar comienzo a una nueva era (el Milenio), en una tierra restaurada. “Y el que está sentado en el trono dijo: he aquí yo hago todas las cosas nuevas” (Apocalipsis 21:5).
En momentos en que sobrevienen las tragedias, la devastación y desastres como una pandemia, para muchos es importante preguntarse… ¿Y dónde está Dios? Las respuestas no son fáciles y son tantas según la creencia personal de cada quien. Para algunos se trata de castigos que un Dios justiciero dispensa por cuenta del pecado; para otros, de pruebas que fortalecen la Fe. Muchos más creen que Dios no se involucra ya en los asuntos humanos (puso a andar la maquinara del universo luego del acto de la creación pero se ocupa ahora de otros asuntos). Y están quienes creen que en medio de todo este drama no hay lugar para Dios, sencillamente, porque no existe.
No es fácil sostenerse en una visión espiritual en momentos en que además se dan enormes avances científicos que nos ayudan a comprender mejor nuestra “realidad”, al tiempo que las religiones, como sistema organizado, parecen estar en crisis y franca decadencia. Así, de conjunto, la existencia de DIOS ya no parece ser tan necesaria, resulta poco útil o incluso irrelevante en la vida de muchas personas, por lo que no sorprende que exista una incredulidad extendida. Durante mucho tiempo yo navegué entre la duda y un ateísmo no militante.
Pero como le ocurre a muchos, a lo largo de mi vida he estado en muchas búsquedas personales, preguntándome cosas e intentando hallar respuestas. Mi madre tenía también profundas inquietudes espirituales para las que intentó hallar respuestas moviéndose de una religión a otra. Ella se inició de joven en el noviciado al cual renunció luego de sentirse frustrada de no encontrar a Dios; se casó luego y formó una familia con su esposo y cinco hijos pero nunca abandonó su búsqueda personal, la cual la llevó por varias iglesias y congregaciones hasta instalarse finalmente en una de corte evangélico, la cual le dio sentido a los días de su vida.
De niño, lo recuerdo bien, íbamos obligados recorriendo ese mismo camino. Pero mi experiencia de llegar a Dios resulta bien particular. Yo ingresé al M19 cuando tenía apenas 14 años y libré luego varias guerras en diversas partes del mundo. Luego de firmar la paz, todo ese recorrido, por contradictorio que parezca, hace parte de un proceso que me ha llevado, finalmente, a tener mi propia experiencia de lo divino.
Soy parte de quienes creen firmemente que en lo más íntimo de cada uno de nosotros existe el deseo de hacer parte de una gran historia en la que estamos llamados a convertirnos en héroes o heroínas y con ello tener un lugar (no tiene que ser el más importante, basta con tenerlo) en el gran esquema de las cosas.
Y soy parte también de quienes hemos llegado a conocer a Dios fruto de una jornada propia (larga, exigente y aunque muchas veces angustiante, finalmente gratificante). No voy a entrar en detalles de lo que significa ahora Dios en mi vida, pero baste decir que su lugar lo abarca todo, incluida la experiencia humana (con sus luces y sombras), y un Universo consciente y cuyos atributos esenciales son el amor, la inteligencia, el equilibrio, la paz, la alegría y la expansión creativa.
Con la llegada del Covid-19, ya se ha dicho, nada volverá ser lo mismo. Se trata de una oportunidad excepcional de replantear muchas cosas (casi todo) en clave de salvación o de desastre. Pero esa es una decisión nuestra porque finalmente el libre albedrío (libertad de elegir) es la mayor gracia divina.
Nuestra conciencia ha dado surgimiento a un mundo regido por la disputa, el egoísmo, la angustia y la violencia pero eso puede ser transformado. Si nosotros, desde lo más profundo de la conciencia, damos forma al mundo -como también lo han comprobado los físicos que estudian la estructura del átomo-, podemos entonces, igual, crear una experiencia sustentable, pacífica y de amor. Para mi madre, el Apocalipsis era sinónimo de destrucción, pero en el fondo era consciente de otro significado (el más exacto) de ese texto, “el libro de la Revelación”.
Como dice Joanna Mecy en una cita extraordinaria: “Para nosotros, considerar las guerras, una pandemia o los mares agonizantes como una monstruosa injusticia, puede significar que no nos estamos tomando en serio el mandato de amar. Tal vez pensemos que Jesús o Buda eran unos ilusos, o que sus enseñanzas estaban destinadas solo para unos pocos; pero ahora vemos como una extraordinaria revelación que todos estamos llamados a ser santos, no por tener que ser puros o devotos, sino santos en el sentido de, simplemente, volver a amarnos los unos a los otros”.
* Promotor de paz en el Valle del Cauca, excombatiente del M19, en Colombia, y del FMLN, en El Salvador. Autor del libro “Memorias de Abril”, sello Editorial Planeta 2010.