El pasado 20 de octubre la Fiscalía General, el CTI, el Instituto Nacional de Medicina Legal y un delegado de la Procuraduría, en presencia de varios acompañantes entre los que destaco al presidente del Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, Luis Guillermo Pérez, y al secretario de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, Alberto Franco, me notificaron el hallazgo de algunos fragmentos óseos y pertenencias de mi hermana Cristina del Pilar, desaparecida 30 años antes en el llamado holocausto del Palacio de Justicia.
La noticia me llegó de manera inesperada y me condujo a rememorar a mis padres José y Elsa, quienes desde los minutos siguientes a la finalización de la retoma del palacio dejaron impreso en mi ser la consigna de que claudicar es peor que la muerte. Los instantes siguientes a la atenta escucha del dictamen científico y la observación del hallazgo desencadenaron lo que muy pocas veces he llegado a hacer en público, quizá por la formación machista recibida en el seno de mi hogar y por mi pasado en la guerra: el llanto. ¿Llanto de derrota? ¿Llanto de alegría? ¿Llanto de tristeza? Aún no lo sé. Con el paso de los días concluyo que sin lugar a dudas la persistencia logro ganarle una batalla a la mentira, la falange fue la testigo muda de aquel triunfo inesperado.
Durante 30 años el Estado colombiano mantuvo intacta la mentira de que mi hermana había fallecido dentro del Palacio de Justicia. Negó su desaparición en instancias nacionales e internacionales hasta el pasado 6 de noviembre, cuando el comandante en jefe de las Fuerzas Militares y presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, pidió perdón y reconoció por fin su desaparición forzada. A mi memoria llegaron las palabras de uno de los procesados, que justamente acaba de ser absuelto en este proceso: el coronel (r) Luis Alfonso Plazas Vega, quien llegó a afirmar en juicio que a Cristina la había enterrado en el Cementerio del Sur de Bogotá un sepulturero de nombre José Antonio Sánchez Borda y presentó como válida una declaración dada el 24 de marzo de 1987. Incluso, en sentencias últimas, mi hermana Cristina recibió el ofensivo calificativo de “extraviada”.
Sus restos aparecieron en el Cementerio del Norte, en una exhumación que no tuvo curiosamente un acompañamiento internacional como las exhumaciones del año 1998, en la tumba que estaba rotulada como Marina Ferrer de Velásquez: ahora, ella es una nueva desaparecida de los hechos del Palacio. Un mismo dolor y una misma tragedia une hoy a los familiares de Marina y de Cristina por cuenta de un pacto de silencio que hoy, con el hallazgo de los restos, algunos quisieran presentar como un simple error administrativo lo que fue un crimen de Estado. Como si se tratara de la confusión de una entrega de pedidos en una empresa de mensajería.
Colombia necesita la verdad y el presidente dio un primer paso con el acto de reconocimiento del 6 de noviembre pasado. Mi alma comienza a sanar heridas que partieron mi vida en dos; espero que muchas familias en Colombia tengan este privilegio que se ha ido transformando en un bálsamo para el alma. Gran enseñanza para mí ha sido la de haber vivido los acuerdos de paz de 1989 y 1990: la reconciliación y la paz necesitan más que la firma de un papel y unos perdones que van y vienen; el blindaje jurídico de los acuerdos de paz es apenas el primer escalón de la Colombia que todos soñamos: la Colombia del tamaño de nuestros sueños.
* Hermano de Cristina del Pilar Guarín, desaparecida en el Palacio de Justicia