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Han soportado la esclavitud, ataques de piratas, un insalubre hospital de leprosos, la contaminación de mercurio en sus cuerpos y la erosión que se ha llevado sus casas. A pesar de esta larga historia, hay algo que no ha cambiado en Caño de Loro, corregimiento insular de Cartagena: el agua que se toman.
Cuenta el historiador José Escorcia que desde 1808, con la construcción del hospital para leprosos, un ingenioso vecino llamado Prudencio Carrillo inauguró un ‘burroducto’ que, contra todo pronóstico, todavía funciona.
El sistema es el siguiente: tres lancheros transportan diariamente tanques con agua que compran en Cartagena y que luego otros ‘loreños’ llevan a domicilio -en caballo o en motocarro- a las casas. Cada pimpina o caneca de agua puede costar hasta $1.500 para los que viven más lejos de la orilla.
Sacando cuentas, los habitantes de esta isla a 20 minutos de Cartagena pagan el agua más cara que en los estratos más altos de la ciudad. La diferencia es que ellos la toman sucia, pues cuando llega a sus casas se ha contaminado al pasar por diferentes recipientes desgastados.
Según un estudio realizado en 2015 por Arquitectos sin Fronteras, el agua que toman los 1.868 habitantes de Caño de Loro supera los valores permitidos de coliformes totales, mesofilos y e-choli; es decir, no es apta para el consumo humano.
Algunos habitantes aseguran que, por tomar esta agua toda la vida, sus organismos se han vuelto inmunes: “Cuando a un niño le da diarrea en Caño de Loro la respuesta es que le están saliendo los dientes”, cuenta Calixto Polo, presidente del Consejo Comunitario.
Sin embargo, el rector de la Institución Educativa San José de Caño de Loro, Amaury Vásquez, tiene otra teoría: “Hay evidencias de posible parasitosis en los niños. Lo sabemos por el peso, la talla, el abdomen. Hay algunos niños somnolientos y con problemas digestivos”.
Otros habitantes, conscientes de que el agua no es limpia, hacen todo para evitarla. Es el caso de Astrid Tatis, una loreña de 79 años que prefiere pasar sed antes de tomarse el agua que llega en el motocarro. “Varias veces me he acostado sin tomarme mis pastillas porque no he tenido los $500 para la bolsita de agua en la tienda”, asegura.
En la escuela, que recibe a 520 alumnos de Caño de Loro y el corregimiento vecino de Punta Arena, deben hacer el mismo procedimiento dispendioso y costoso para adquirir agua. “Para hacer un aseo superficial compramos 12 canecas diarias, pero solo limpiamos los baños porque no alcanza para más”, explica el rector, y revela que para “evitar el gasto exagerado” los estudiantes de 10º y 11º se encargan de llevar las pimpinas desde el puerto hasta la escuela.
Solución portátil
En la isla de Tierrabomba no habrá acueducto por ahora. Así lo aseguró al diario El Universal el gerente de Aguas de Cartagena, Jonh Montoya, pero reveló que planean construir cuatro plantas desalinizadoras para los corregimientos insulares, que están en etapa de diseño.
Ante este panorama, ha surgido una alternativa para lograr que todos los habitantes de Caño de Loro puedan tomar agua limpia de manera inmediata. Se trata de la iniciativa Agua para la vida, liderada por los Global Shapers, una comunidad de jóvenes cartageneros impulsada por el Foro Económico Mundial.
La campaña busca llevar un filtro purificador a cada una de las 485 familias que conforman esta comunidad. Los filtros portables no requieren electricidad, son fáciles de usar y tienen una duración aproximada de diez años. Si bien no solucionan el problema de acceso al agua, permiten que los ‘loreños’ filtren el agua que compran del ‘burroducto’ y la consuman limpia.
Agua para la vida ganó 10.000 dólares del concurso ‘Forjando un mejor futuro’, de Coca Cola, en el que compitió con 100 aspirantes de todo el mundo. A la iniciativa se han sumado otras empresas locales y donantes individuales.
Sin embargo, siguen buscando recursos para lograr otro hito en la historia de Caño de Loro: que por primera vez sus habitantes tomen agua limpia.