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La noche de un sábado transcurre en el pueblo sereno donde apenas se oyen los ecos de rancheras, carrangas y vallenatos liberados por la gramola del bar de la esquina diagonal a la basílica menor de Nuestra Señora de Monguí. Adentro, los parroquianos alimentan la bullaranga con disímiles conversas que dan cuenta de sus faenas agrícolas, románticas y laboriosas. Monguí es un pueblo fértil, de pródigas reservas forestales y de diestros artesanos que trabajan la lana, la arcilla y la madera, y que cosen los mejores balones de Colombia.
A la cantina de las remembranzas y los secretos llega un hombre más de los varios que en esta jornada ventilan sus cuitas con la animosidad de unas cervezas frías. Es familiar entre los contertulios, saluda como ellos, se acicala como ellos y hace venias y paradas en cada una de las mesas dispuestas por el pasadizo que él habrá de recorrer hasta descansar sus posaderas. Es un vecino, un hijo del pueblo; aunque por sus rasgos no lo pareciera. Algunos hasta le dicen doctor, desde el pasado 25 de octubre, cuando salió elegido concejal del municipio.
Viste camisa, saco, chaqueta y ruana, y un sombrero de fieltro, negro como su testa. Habla con el acento y la jerga propios de la región, pero la fisonomía evidencia que su ascendencia es ajena a este pueblo de Boyacá situado en la cordillera Oriental, en el piedemonte del páramo de Ocetá. Si no hubiese sido por los giros del destino, hoy estaría en Barranquilla aguardando por su madre, que un día, de hace treinta y pico de años, se fue a hacer unas compras. Jamás volvió.
Se llama Wilson Morales Patiño; y su historia de vida es tal como él la recuerda y la recita, como se la han contado o como quedó consignada en minutas de estaciones de Policía y en registros del Bienestar Familiar. Por hechos ilegibles de aquellos días lejanos, habría de convertirse en un andariego y polizón sin rumbo, hasta que los azares lo sembraron en esta estancia glauca y sin mar, a muchos kilómetros del Caribe donde abrió sus ojos por vez primera.
Habla el cabildante liberal, que con 69 votos, logró la proeza de hacerse a la novena plaza de un Concejo Municipal, por excelencia chulavita, en el que _dicen los vecinos de antaño_ hacía más de cuarenta y cinco años no se sentaba uno de los rojos, o cachiporro, como solían llamar a los liberales en estas zonas de Boyacá:
—Cuenta la historia que tan pronto nací, mi señora madre me dejó al cuidado de una vecina llamada Jacinta, quien lavaba ropas a las afueras de Barranquilla: «Doña Jacinta, le recomiendo un momentico al niño mientras voy a hacer un mercado», —narra Wilson—. Yo no sé si se iría hasta la
Patagonia, porque hasta el sol de hoy no ha aparecido.
La lavandera —una mujer que abusaba del licor—lo cuidó con no muy buenos tratos durante un año largo, antes de caer enferma por sus excesos. Tenía varios hijos que no gustaban de la criatura abandonada, a la que después dejaron perder — seguramente por sus recelos— en los días de convalecencia de Jacinta. A sus tres años y medio, más o menos, el niño se volvió un indigente que deambulaba por las calles barranquilleras y que resultaría luego en las de Cartagena, convertido en el benjamín de una pandilla en ciernes de rapaces abandonados.
De las normales lagunas de su memoria Wilson rescata que eran tres más los del hatajo: Levis —el más grande y el jefe—, Naún y Nelson Ortiz, el único con nombre completo. Levis, de unos doce años, se ingeniaba las trastadas y cobraba. Sería él quien lo zampó desde las murallas para que aprendiera a nadar, y de paso, le extirpara al mar las monedas de peso, dólar, franco y peseta que los turistas arrojaban buscando extasiarse con el indecoroso espectáculo de infantes que se batían para no morir de hambre. El dinero se los cambiaba por vísceras fritas el dueño de una fama cartagenera.
Wilson, seguro llamado así por sus amigos de aventuras y desventuras, también se volvió un «levantafaldas», oficio pagado por morbosos que satisfacían sus instintos bajos mirando la ropa interior de las mujeres. Levis buscaba los clientes y mandaba a los menores a cometer la afrenta.
El mismo líder del clan, inspirado en viajeros limpios y perfumados, fue quien un día avizoró el sueño bogotano. Todos cogieron camino escondiéndose en camiones y tractomulas, de los cuales los bajaban tan pronto como eran descubiertos.
A trancas y barrancas la pandilla resultó en Tunja y luego, por error, en Sogamoso; sería allí donde se definiría la suerte de los amigos, en especial la de Wilson. Después de deambular y de pernoctar en estaciones de Policía, terminaron en un orfanato, a la espera de que una familia se apiadara de su suerte, Asunto complejo, pues ninguno de los cuatro estaba en edad de adopción fácil.
A la inclusa llegó un día Cándida Patiño, quien, dice Wilson, perdió de mano con una pareja alemana la oportunidad de prohijar a un bebé rubio y zarco que vio antes en un hogar de Girardot. La mujer, que había intentado quedar embarazada varias veces y tuvo más de un aborto en el intento, fue convencida por las monjas del lugar para hacerse cargo del infante negro y travieso que entonces se acercaría a los seis años. Así, el niño encontró hogar, y apellidos para un nombre ganado en la calle. Con el fin de legalizar papeles, era necesario calcularle una edad y ponerle una fecha de origen: Wilson Morales Patiño, nacido en Sogamoso el primero de marzo del setenta y tres.
Cándida, su madre adoptiva, era la segunda esposa de Carlos Morales, un campesino de Monguí, viudo y con siete hijos. Solo tras la muerte del labriego la prole se enteró de que su padre había reconocido a Wilson para que atendiera en la vejez a Cándida, y cuidara los bienes que le correspondían.
—Papá Carlos murió un lunes, se enterró un martes y el miércoles empezó la repartición de la herencia. —Poco a poco, Wilson ha comenzado a entonar el relato y a enriquecerlo con la retahíla y la gesticulación propias del declamador costumbrista en que se convirtió por cuenta de su naturaleza nómada, y por todo lo visto y lo vivido.
A pesar de hallar techo y familia, difícilmente Wilson se domesticó; a todas las secuelas de una infancia incierta y silvestre, se sumaba la discriminación por su raza y su condición de advenedizo. Wilson, o Güilso, como siempre le dijo Cándida, estudió y tuvo más de una camorra con los compañeros que lo señalaban. Fue y vino, volvía a irse y regresaba.
Ganaba dinero recogiendo la basura, fungió como ayudante de panadería, como barretero en una mina de carbón, integró la orquesta tropical Los Brujos, estuvo en Aguachica (Cesar) trabajando en obras civiles y, muchos años después, habría de retornar a Barranquilla como vendedor de balones de fútbol hechos en Monguí.
Ha querido ser abogado, un sueño que retrocede al momento en que le pidió a su m adre adoptiva el dinero para matricularse en la facultad de derecho. Wilson se arrisca el sombrero, mira por encima de las gafas y teatraliza narrando lo que Cándida le dijo: «Mire Güilsito, yo a usted le di once años de estudio, que eran los que me tocaba: cinco de primaria, que no me perdió ninguno; dos primeros, dos segundos, un tercero y otro que dejó en la mitad; ¿cuánto le da? Si de aquí a mañana usted se vuelve doctor, yo lo felicito y le hago palmitas».
Wilson cogió su diploma de bachiller, lo dobló y se fue derecho, pero al Sena, donde se hizo técnico en archivística, oficio que desempeñó en la Universidad de Santo Tomás, donde también se enroló con el grupo de teatro. Hoy, ya ha cursado más de cuarenta talleres y seis semestres de abogacía, porque el sueño sigue. Pero en esencia, es histrión, profesor del histrionismo y un poeta costumbrista, talento que ha expuesto en distintos escenarios del país, hasta en los buses de Transmilenio en Bogotá.
Cumplió la voluntad de su padre putativo, la de cuidar por la buena de Cándida hasta sus últimos días. Ella falleció a los 86, hace un par de años, sin verlo hecho doctor ni concejal, pero sí un avanzado narrador de historias. Afirma que precisamente la mujer lo inspiró para adelantar una campaña en la que no gastó un peso: Huérfano de enseñanza, así tituló el poema impreso en los separadores de páginas que le sirvieron de propaganda entre los monguiseños. Convenció a sus electores hablando y declamando.
Dice que infundir valores, basados en el respeto de los hijos hacia los padres y en la recuperación de la memoria y la identidad cultural, son los baluartes de su proyecto político – cultural, ya que antes que volverse un funcionario del montón, sujeto a los contratos y las coimas, quiere promover el teatro, la narración costumbrista y abogar para que las tradicionales dramatizaciones históricas y religiosas de Monguí sean declaradas patrimonio inmaterial. Al tiempo que avanza en ese propósito, seguirá escribiendo cuentos, poemas, ensayos y monólogos que luego pondrá en escena.
Fácilmente, por lo que tuvo que padecer, se hubiese convertido en un rufián con alias y sin futuro. Pero no; hoy declama su historia, la de su pueblo, la de la violencia y la que escribieron otros relatores de la cotidianidad, como el memorable Indio Rómulo, también de Monguí. Sigue llevando su nombre artístico: el Negro Güilso, pues, en esencia, a ese carisma le agradece el que hoy sea concejal.
*Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2015 a mejor noticia en prensa.