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La casa amarilla que se volvió un modelo sostenible de turismo e impacto social en Cartagena

El “Tour de la Filantropía”, el recorrido que busca mostrar otra cara de la ciudad.

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Pedro Mendoza
03 de marzo de 2026 - 04:05 p. m.
La fundación apoya con procesos de formación, vivienda y huertas comunitarias a los habitantes del barrio Olaya Herrera.
La fundación apoya con procesos de formación, vivienda y huertas comunitarias a los habitantes del barrio Olaya Herrera.
Foto: Fundación Granitos de Paz
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Es de mañana en Cartagena, la cita en el centro amurallado, donde un grupo de personas se alista para iniciar el “Tour de la Filantropía”, una idea que desarrolla la fundación Granitos de Paz en el barrio Olaya Herrera, uno de los sitios asociados con violencia, desigualdad y pobreza.

El recorrido dura 40 minutos hasta la zona suroriental, donde está la fundación creada por Elena Mogollon en 2004. Comenzaron en una pequeña casa de color amarillo, pero hoy ya cuentan con una sede amplia, que mantiene su color. Recibe a El Espectador Gina López Gulfo, directora ejecutiva de la fundación.

“Hemos crecido y pasado de una sede a cuatro. Construimos más de 77 casas y realizamos más de 550 mejoramientos de vivienda. Impactamos a más de 10.000 personas por año, sumando más de 100.000 en total. Llegamos a lugares de difícil acceso donde el Estado no llega”, señala López.

Quienes hacen el recorrido son un grupo de turistas que llegaron a la ciudad en un crucero. Los reúnen en un amplio salón, donde les explican la apuesta de impacto social y turismo sostenible del proyecto, que inicia su recorrido en la sede administrativa de la fundación, recorre centros de acopio, programas de adulto mayor, panadería y patios productivos, y finaliza en restaurantes aliados en el centro de la ciudad que usan los productos producidos por la comunidad.

Todo está muy organizado, pero en los puestos de trabajo no hay personas, por lo que le pregunto a la directora ejecutiva: “¿Dónde están?”.

Sonríe. “Tenemos personal en campo: ingenieros agropecuarios, psicólogos y trabajadores sociales y comunicadores”, quienes trabajan con niños en centros de aprendizaje, con adultos mayores en el Club San Pancracio, con jóvenes en el fondo educativo o en deportes, y con otros en los patios productivos.

En la sede, un grupo de niños hace recuperación de clases, mientras que, separados por una pared amarilla, adultos mayores sonríen a la llegada de los participantes del recorrido.

Allí estaba Mariana Palacios, de 18 años, para quien el camino del cambio empezó en la cocina de la fundación y siguió con el proceso para terminar su bachillerato. Servir el almuerzo a los adultos mayores se convirtió en la receta de su transformación.

“No es solo una beneficiaria más; es el ejemplo de cómo el tejido social puede rescatar proyectos de vida”, me dice una de las trabajadoras sociales que nos acompañan.

Por su parte Mariana señala: “sabe, quiero estudiar cocina y ayudar a encontrar esos sabores de la solidaridad en mi barrio”.

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En la panadería, donde se hacen amasijos que se venden a diferentes empresas del sector industrial y hotelero de la ciudad, una escalera larga lleva al cuarto piso, donde varios niños pintan.

Gina me dice en tono bajo para no interrumpir la clase. “Él es Jesús Díaz, profesor que creció en un entorno difícil, y enseña arte y valores. Ganamos una convocatoria con una fundación española y llevamos 30 obras a Madrid. Dos niños y el profesor viajaron; todas las obras se vendieron”. Estuvieron en Marbella, Vigo y Madrid presentando las obras bajo el paraguas de “Soy Caribe”.

“El proyecto artístico se ha consolidado como una herramienta de transformación para niños y jóvenes, permitiéndoles comunicar realidades a través del color y el dibujo”, dice el profe Jesús, quien agrega que, más allá de la técnica, el programa busca que los estudiantes no traicionen su esencia y sigan sus pasiones artísticas.

“Trabajamos en la recuperación de zonas contaminadas y promovemos emprendimientos verdes que contribuyen al cuidado ambiental”, dice Gina mientras termina el recorrido. Añade que desde el 2024 se han construido 64 viviendas, de las que se entregarán ocho este año. Son, en promedio, más de 500 mejoramientos de vivienda”.

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En el colegio de los pequeños, las aulas tienen nombres especiales: aventureros, constructores, pensadores, entre otros. En su interior, con su uniforme y la cofia cubriendo su cabeza, Luis Felipe Villa Bacota mira cómo se reparte la comida. Es la hora del almuerzo.

En su pasado, las barreras invisibles, la pobreza y la falta de formación lo mantuvieron dentro de la vida de pandillero. “Llegamos a la fundación porque la coordinadora nos fue a buscar a la esquina a decirnos qué queríamos de la vida”, afirma Villa. Tomó la decisión de permanecer en el proceso mientras otros compañeros abandonaban la formación y volvían a las calles con su violencia.

Ahora trabaja en el restaurante y se encarga del control de gramajes para la nutrición infantil. “Si no hubiera entrado acá, estuviera preso o muerto; yo robaba por la necesidad, porque no había oportunidades”.

Luis Felipe ha contado su historia en Bogotá y Panamá, donde va a dar su testimonio en la fundación. “Uno cambia por los hijos. Si uno ha sufrido, no quiere que ellos sufran también, que sean otra clase de personas”.

Los patios de las flores y las hortalizas

El tour sigue entre calles angostas y viviendas que cuelgan con improvisadas cuerdas la ropa recién lavada. La parada es en la casa de don Alfredo y su patio productivo. Un programa de agricultura urbana y seguridad alimentaria que transforma espacios disponibles en tierras productivas de los hogares, que les permite tener ingresos extra. Cultivan hortalizas, hierbas, microgreens, flores comestibles y otros vegetales orgánicos para el consumo propio y la venta local.

Alfredo Palacio Orozco juega sóftbol todos los domingos con sus amigos. Le dice a El Espectador que ha logrado lo que parecía imposible en un entorno urbano gris y pobre: construir un ecosistema productivo. “Mire que hace nueve años era un terreno lleno de maleza y mal cuidado aquí en mi casa, hoy es un jardín donde se cultiva variedades de espinaca, clitoria azul y blanca, oxalis y hierbabuena, entre otros productos”.

La transformación de este espacio no fue casual; nació cuando Alfredo fue a una granja de la fundación mientras buscaba agua tras un partido de sóftbol.

Granitos de Paz ha sido el pilar técnico y educativo en este proceso, conectándolo con agrónomos que le enseñaron el manejo adecuado del suelo para obtener cosechas de alta calidad. Me muestra cómo han cambiado la estructura de madera de sus sembrados por plástico reciclado, que es más duradera y sostenible para mantener la humedad.

El éxito de este jardín productivo y los demás ubicados en el barrio trasciende de las casas. Los productos terminan en hoteles y en las mesas de restaurantes reconocidos por su alta cocina. Ya son 3.787 personas beneficiadas a través de patios productivos, huertas y unidades productivas diversificadas.

El cierre con las flores de la ruta

La ruta filantrópica organizada por la Fundación Granitos de Paz busca cambiar el imaginario de que la pobreza está asociada con violencia, llegando directamente a los miles de turistas que visitan la ciudad a diario.

“La ciudad se consolidó como el destino principal del Caribe colombiano, destacando la conectividad aérea con más de 90 frecuencias semanales y un fuerte impulso en ocho segmentos, incluyendo el náutico, cultural y de negocios”, afirma Liliana Rodríguez Hurtado, presidenta ejecutiva de la Corporación de Turismo Cartagena de Indias (Corpoturismo).

El recorrido termina en Sámbal Bistró Caribeño, donde su chef Jaime Galindo Cuervo habla del “ejercicio de gratitud y reconocimiento hacia la labor de la fundación”.

Su menú integra los ingredientes producidos en las huertas promovidas por la fundación, con lo que se establece un vínculo directo entre la visita y el consumo de productos locales.

Estos ingredientes se integran en preparaciones como el ceviche La Playita, las croquetas de cangrejo artesanal y la ensalada de burrata. Asimismo, se usan en platos fuertes como el pez costero, el arroz meloso de mariscos y el pollo achiotado.

Ya empieza a caer la noche, el tour termina y queda una pregunta a la directora de la organización. ¿Por qué el color amarillo prima en la fundación? “Es el mismo color de los girasoles de Vincent van Gogh. Como él decía, todos tenemos una pintura amarilla en nuestras vidas”.

Por Pedro Mendoza

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