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Quetame: la tierra del tigre

De primera mano al visitante lo reciben montañas por doquier. Pensándolo con lentitud, es como si una gran canasta hecha de inmensas cordilleras verdes, guardara en su centro, en lugar de arepas, un pequeño municipio: casitas de bareque, calles empinadas, niños de cachetes rojos.

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Katherine Loaiza / Elespectador.com
29 de mayo de 2008 - 12:38 p. m.
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Después del sismo en Quetame no se derrumbaron casas ni se destrozaron calles o carreras. Allí se destruyó la casa de los López o el minimercado de doña Marina. Porque esa es la fortuna – o la desgracia- de la vida en el pueblo, que todos se conocen, que quien perdió todo termina siendo el compañero de pupitre en bachillerato o el que saluda juiciosamente los domingos a la entrada de la parroquia. En algunas miradas de propietarios de casas intactas, se percibe cierta culpa por la buena suerte, al verse comparados con el 80 o 90 porciento del pueblo que se derrumbó o debe ser demolido.

Al ver a Quetame, se puede deducir con facilidad que quien se atreva a vivir allí debe tener bien sea buenas piernas, o por el contrario mucha voluntad: calles exageradamente inclinadas, que incluso algunos carros se niegan a desafiar. Tendrá a lo sumo unas 10 carreras y poco más de calles, todas repletas de casonas antiguas con techos de barro y hasta modernas estructuras con puertas metálicas y vidrios polarizados.

Las casas no son más altas que la iglesia, conservando la tradición de demarcarle el camino a dios para que salve las almas de quienes habitan allí. La plaza central, haciendo gala a la tradición agrícola del municipio, honra en su también inclinado centro, a un árbol antiguo y tupido

El cambio del panorama, después del sismo, es que a la Alcaldía Municipal, al lado izquierdo del árbol, se le cayeron dos letras, mientras que sus vecinos de esquina, el Hotel Panorama y la tienda de pared naranja, están ahora inhabitables. Además la iglesia tiene la cúpula partida en dos y amenaza caer sobre el árbol, consecuencia de la más mínima réplica. Que el minimercado de doña Marina ahora está desocupado porque la casa está que se cae; y finalmente que al lado derecho del árbol, en el “caracol acústico” ahora duerme una familia.

En un pueblo de cinco mil habitantes y varios cientos de familias, asombra que la mayor parte de viviendas esté marcada con un cuadro: si el cuadro está vacío, la casa necesita reparación pero tiene cura; si tiene una ralla, podría ponerse peligroso, pero por ahora está bien que sigan viviendo ahí; si tiene una equis entonces no hay remedio, la demolición es inminente y su respectiva familia, o bien duerme en uno de los albergues, o bien se hospeda donde un familiar. Muchos se han ido, y pocos tienen fe de que regresen. Cuadras enteras tienen cuadros con equis y muchas de ellas, a falta de más líneas que puedan alertar sobre la particular gravedad de esa vivienda, van acompañadas de “Cuidado, peligro”, “no se acerque”. 1500 familias están damnificadas, y todavía Ingeominas no ha dado su aval sobre la reconstrucción del municipio en el mismo terreno.

Sonrisas

En la tarde del miércoles llegaron al refugio del polideportivo de Quetame, un grupo de médicos, estilistas, psicólogos y sastres para prestarle ayuda humanitaria a los afectados por el sismo.  Un payaso hizo que cinco hombres se quitaran las camisas al mejor estilo  ‘striptease’ frente a las amas de casa que preparaban el almuerzo; niñas que apenas si podían con sus sandalias nuevas fueron víctimas de las manicuristas, empeñadas ambas en dibujarle paisajes o mariposas en sus diminutas uñas. Los niños terminaron convirtiéndose en soldados karatecas con las bandas para la cabeza que el ejército les regaló y finalmente cada uno tuvo la oportunidad de desahogar sus penas frente a cinco considerados psicólogos.

No todos quieren hablar del terremoto, tal vez si se menciona muchas veces pueda volver “como si un tigre estuviera debajo de la tierra”. Un señor que todavía le guarda miedo a los ruidos que no escucha, le confesó a Andrés, psicólogo del ejército, cómo el piso de una de sus casas empezó a movérsele, luego intentó llegar hasta la calle y la pared de entrada se derrumbó. Atemorizado, encontró refugio debajo de una mesa viendo cómo se caía su casa a pedazos. Luego vino la calma, demasiada calma durante cinco horas en que los rescatistas gritaban frente a su casa si alguien estaba vivo ahí dentro. La sordera lo habría dejado enterrado mucho más tiempo allí, de no ser porque alguien alertó a quienes lo buscaban de deficiencia auditiva.

Es en esos momentos límite, de vida en comunidad y de compartir una única y gran casa, donde se termina evidenciando la esencia del ser humano: la alegría de los niños grandes y de los que aun son pequeños, que demuestran facultades para reírse aunque el techo de su casa sea ahora de plástico y el televisor, las estrellas; los egoísmos más infantiles, cuando un pedazo de comida hace llorar a doña Martha, en el refugio arriba de la iglesia; las perdidas charlas de hijos y padres, que a falta de otra entretención, encuentran en sus propias historias la más fantástica novela; la solidaridad, la compasión y hasta los temores más básicos, como a la muerte y a no tener qué comer al otro día.

Por Katherine Loaiza / Elespectador.com

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