Trauma transgeneracional
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Las víctimas de un desastre se extienden mucho más allá del alcance de cualquier huracán, terremoto, avalancha o inundación, de formas inimaginables. Ya se ha empezado a trabajar un poco sobre el impacto en la segunda generación de sobrevivientes, es decir, los hijos e hijas de aquellos que sobrevivieron a un desastre natural. En muchos casos, se hacen comparaciones con los hijos y nietos de los sobrevivientes del Holocausto, un tema sobre el que se ha investigado extensamente. Denominado trauma transgeneracional, este campo se ha ocupado de la transmisión del trauma durante el embarazo, así como del trauma generado por los aspectos psicológicos y sociales que produce la experiencia de los padres.
En un ambicioso estudio del 2014, Germán Daniel Caruso, de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, analiza el legado intergeneracional de una centena de años de desastres naturales en América Latina. Utilizando información de los censos, no solo se ocupa de los temas relacionados con el trauma, sino del legado en cuanto a niveles socioeconómicos y educativos. Según el estudio, los niños pequeños son los más vulnerables a los desastres naturales y sufren los efectos negativos más duraderos, entre ellos, la disminución en la capacidad adquisitiva y en la educación. Caruso encuentra casos de transmisión intergeneracional del impacto, lo que muestra que la segunda generación también se ve negativamente afectada por un desastre.
Por ejemplo, en el caso de inundaciones, el hijo de una mujer que fue víctima del desastre cuando estaba en el vientre de su propia madre verá cómo se reducen sus ingresos a lo largo de su vida en 12,6%. Este efecto es menor si la madre fue afectada por el desastre durante el primer año de vida (5,9%). El hecho de ser hijo de una mujer que fue afectada por una inundación, cuando todavía estaba en su vientre, reduce la educación del niño en casi medio año (0,478), en comparación con el promedio de siete años que, por lo general, estudian otros niños de la misma edad, cuya madre no se vio afectada, según el estudio. En el caso de erupciones volcánicas como la de Armero, el hijo que estaba en el útero de su madre cuando tuvo lugar la explosión verá cómo se reducen sus ingresos en 28,7%, según indica el estudio.
Como Caruso está utilizando información de los censos poblacionales, y no entrevistas, solo es posible inferir que parte de la razón de esa caída en la educación, los ingresos y el bienestar general puede atribuirse al trauma99. No obstante, los datos de los censos no alcanzan a determinar plenamente los efectos a largo plazo de un desastre y cómo afecta este a las generaciones por venir.
Clare Weiskopf, una directora de cine de Bogotá (Colombia), por ejemplo, no tiene ninguna conexión obvia con Armero. Mientras está embarazada de su primer hijo emprende un viaje a la región amazónica de Colombia para filmar el largometraje documental titulado Amazona, sobre su madre, Valerie Meikle. Cuando la madre de Weiskopf tenía 23 años, se fue de Inglaterra por amor y se estableció en la región del Tolima, en Colombia. Con el tiempo se separaría de su marido y dejaría a sus hijas, Carolina y Liliana, para que fueran educadas por su padre, mientras ella regresaba a Inglaterra. No obstante, el destino hizo que en Cambridge (Inglaterra) conociera al hombre que se convertiría en el padre de Clare, un estadounidense que vivía en Colombia.
Cuando la media hermana mayor de Clare, Carolina, muere en Armero en 1985, Meikle decide dejar a su familia. Pero esta vez, en lugar de regresar a Inglaterra, hace una travesía de casi mil quinientos kilómetros por el río Putumayo hasta Leticia, donde se establece en medio de la selva. Weiskopf entrevista a su madre sobre las razones que tuvo para decidir dejar todo atrás, entre otros, a Clare, que en ese momento tenía 11 años, y a su hermano menor.
“Hay que vivir cada día como si fuera el último porque nunca sa bemos cuándo nos vamos a morir”, le dice Meikle a su hija frente a la cámara. Y en cierto momento agrega: “Uno nunca espera que su hijo muera antes que uno”. Aunque Weiskopf prosperó como directora de cine, su hermano menor, Diego, a quien entrevista después para el documental, habla sobre sus luchas contra la adicción a las drogas, y para encontrar un propósito en la vida.
A medida que Weiskopf sigue la entrevista con su madre, se vuelve evidente que los dos hijos —e incluso la propia madre— también son sobrevivientes de Armero, aunque no aparezcan en los registros, pues la tragedia los marcó a través de las generaciones. Con su barriga de varios meses de embarazo, Weiskopf entrevista a su madre en su casa de la selva amazónica porque quiere encontrar la verdad del trauma que va a pasarle a su propia hija o a su propio hijo.
¿Quién pensaría en buscar un legado de Armero en el Amazonas? Los desastres naturales no son solo catástrofes momentáneas, ni siquiera se limitan a los años que toma a veces la reconstrucción, si es posible una reconstrucción. Las sombras de los desastres naturales —los largos tentáculos del dolor y el trauma— se prolongan y pasan de una generación a otra. Hay una sensación de ausencia, de pérdida. Yo misma crecí sabiendo la historia de una tía que, siendo una niña, murió durante la epidemia de gripa española de 1918. Nunca he visto ni siquiera una foto de ella, pero aun así es parte de mi historia, así como Carolina será parte de la historia del hijo o hija de Clare Weiskopf.
Los desaparecidos
A veces lo que causa dolor es una ausencia emocional, pero en el caso de los desastres naturales, también puede ser una ausencia física y muy real: cuando las paredes se derrumban, cuando a la gente se la lleva el mar, cuando los vientos desbaratan y desperdigan las casas de un barrio, cuando la gente tiene que huir y las familias y los amigos y los vecinos quedan separados.
Las familias van buscando de hospital en hospital, de centro de refugiados en centro de refugiados, con la esperanza de encontrar sobrevivientes. No hace tanto, la única manera de comunicarse eran las transmisiones de radio, los avisos, las carteleras. Las redes sociales están cambiando eso lentamente, pero, aun así, encontrar a los seres queridos después de un desastre natural es difícil.
El Comité Internacional de la Cruz Roja dice que, en América Latina, cientos de miles de personas han sido reportadas como desaparecidas en conexión con conflictos armados pasados y presentes, la continua violencia armada, la oleada constante de migrantes y los desastres naturales. La organización no ofrece estadísticas específicas para los desastres naturales: “Enfrentar este problema es un inmenso desafío humanitario para la región”, agrega en la página web dedicada a las personas desaparecidas en la región.
Cuando uno piensa en los desaparecidos en América Latina, por lo general, se trata de gente que fue desaparecida a la fuerza durante la guerra sucia que vivió la región en la década de los ochenta, o las víctimas actuales de los traficantes de drogas y la violencia urbana. Pero también hay que incluir a todas esas personas que desaparecen después de un gran desastre natural, a ve ces temporalmente, pero a veces de forma definitiva, pues nadie vuelve a saber de ellas jamás.
Para regresar de nuevo a Armero —pues es un caso tan emblemático, aunque drástico—, muchos niños y niñas siguen perdidos y fueron criados en hogares distintos de los suyos, a veces porque fueron adoptados, a veces porque los recogieron como un acto de caridad, a veces para explotarlos como ayuda doméstica. Cuando llegaron los rescatistas, muchos niños fueron entregados al Instituto de Bienestar Familiar (ICBF) de Colombia; pero algunos, en particular los que estaban heridos, fueron llevados en helicóptero a otras ciudades del país. Algunos niños eran demasiado pequeños para decir cómo se llamaban. Otros estaban, sencillamente, demasiado traumatizados.
Los padres creyeron que sus niños habían muerto. Los niños creyeron que habían quedado huérfanos o, de hecho, ni siquiera sabían que eran sobrevivientes de la tragedia de Armero. Omayra fue el rostro del traumático recuerdo de Armero y su redención. Pero los niños perdidos de Armero son la otra cara del trauma: la del olvido.
El ICBF produjo, inicialmente, una lista de cerca de ciento cincuenta nombres de niños que tenía bajo su cuidado después de la catástrofe. De estos, solo diez fueron reclamados y entregados a sus padres o familiares, y otros pocos fueron dados en adopción o puestos en hogares de acogida. Se necesitaron casi treinta años para que la historia completa comenzara a surgir.
Francisco González, un residente de Armero que perdió a su padre y a su hermano en el desastre, decidió empezar un proyecto sobre la memoria histórica de Armero, tratando de trazar la historia y el legado de la antigua próspera ciudad. Rastreó fotografías y videos y entrevistó a los sobrevivientes. Para su sorpresa, algunos padres hablaron de sus hijos perdidos y de su esperanza en que algunos de ellos tal vez todavía estuvieran vivos y fueran ya adultos que vivían en alguna parte de Colombia, en alguna parte del mundo.
El patrón es persistente. Como sucede con muchos traumas, la gente guarda silencio durante años, pensando que nadie le va a creer, o porque se siente abrumada por las necesidades urgentes de recuperarse económicamente o rehabilitar sus extremidades perdidas, sus vidas perdidas. González decidió cambiar el enfoque de su proyecto y empezó una fundación que ayuda a las familias a encontrar a sus hijos perdidos.
El sitio web de la Fundación Armando Armero está lleno de solicitudes de padres y otros familiares para encontrar a los niños perdidos, y también hay solicitudes de muchos niños, que ahora son adultos hechos y derechos, que creen o saben que son sobrevivientes de la tragedia de Armero y están buscando a sus padres. El sitio web dice que cerca de 500 niños fueron dados en adopción de forma irregular después de la erupción del volcán. Casi 250 familias están buscando hoy activamente a sus hijos.
En la sección “Padres Buscan a sus Hijos”, los rostros de muchos niños sonrientes, haciendo mala cara o juguetones, miran a la cámara. Algunos son apenas recién nacidos, otros llegan a tener 16 años. A veces no hay ninguna foto, solo una silueta borrosa; todas las fotos del niño desaparecido se perdieron también en la avalancha. Esto fue antes de las fotos digitales; el barro, el agua y las cenizas devoraron los recuerdos físicos.
En la borrosa foto que aparece en el sitio web de Armando Armero, parece como si Yamid Rondón Hernández, de dos años, estuviera dando sus primeros pasos. Preocupados por la ceniza volcánica y la lluvia que caía sobre la ciudad, sus padres, Carlos Rondón y Sonia Consuelo Hernández, alcanzaron a preparar varios biberones y mantas para Carlos Yamid y su hermanita de seis meses, Julieth Alexandra, y salieron a la calle. Un segundo estallido del volcán los separó. “De los niños no volvió a saber nada, pero no pierde la esperanza de encontrarlos”, dice el sitio web al final del anuncio puesto por su madre.
Gloria Patricia Tapiero Vargas, de 11 años, nos mira con una sonrisa en la que sobresalen sus dientes delanteros. Obviamente, la niña no le tiene miedo a la cámara. Después de que un vecino les advirtiera sobre la erupción del volcán, la madre de Gloria, Flor María Vargas Duarte, sacó una manta para su hijo menor, Daniel. Vargas Duarte recuerda que Gloria, a la que todo el mundo le decía “Glorita”, la agarró.
La familia entera: Flor María, su marido, Marco Antonio Tapiero Lozano; Gloria, Daniel, Jair e Ingrid huyeron de su casa. Encontraron refugio en otra casa, que parecía ser segura, pero el barro rodeó rápidamente la casa y los hizo salir. Vargas Duarte nunca volvió a ver a su marido ni a ninguno de sus hijos. El hijo menor tendría ahora 35 años. Algunos de estos sobrevivientes —o sospechosos de ser sobrevivientes— han contactado a la Fundación para tratar de encontrar a sus padres. Este también es un tipo de trauma producido por la tragedia de Armero, aunque estos niños hayan sido criados en hogares amorosos. Al igual que los hijos de los desaparecidos en Argentina y Chile, México y Guatemala, el trauma que queda para siempre es el de no saber.
Diana Lucía Montoya, de 35 años, sabe que es una sobreviviente de Armero y cree que fue adoptada cuando tenía dos años de edad. Ha oído que su madre estaba trabajando en Armero para una mujer de nombre Carlina Ortiz de Sáenz, pero esa es toda la información que tiene sobre su familia biológica, a la que anhela encontrar.
Norma Constanza Murillo Rodríguez, de 40 años hoy, es una de las afortunadas. Estaba hospitalizada con tos ferina en la ciudad vecina de Ibagué. Su madre había regresado a Armero el día de la erupción y dejó a su hija en el hospital, al cuidado de unos amigos de la familia. Nadie regresó por ella, y, cuando la niña cumplió cuatro años, los amigos la adoptaron.
A diferencia de muchos de los niños perdidos de Armero, ella conoce los nombres de sus padres biológicos: María Gertrudis Rodríguez y Abraham Murillo. Lo que no sabe es si sobrevivieron. Orlando Quintero es diseñador gráfico y artista y vive en Bélgica. “Orlando Quintero” es el nombre que aparecía en sus documentos del ICBF, pero no sabe si ese es su nombre real o uno que le puso el Instituto. Fue adoptado por un belga, aunque pasaron varios años antes de que el padre adoptivo de Orlando se enterara de que el niño era un sobreviviente de Armero. Ahora están buscando juntos a sus padres biológicos.
Haydy Di Bella vive en Italia con su marido y dos niños. Fue adoptada en 1989, cuatro años después del desastre. La foto que envía a la Fundación es la de una niña de ocho o nueve años, con una boina y una bufanda rojas y un sentido de la moda claramente italiano, que obviamente fue tomada después de la adopción. De su pasado no queda nada, y ella tampoco tiene esperanzas de hallar a su familia biológica: “Han pasado demasiados años”.
Tres o cuatro personas se han reunido con miembros de sus familias (uno que pensaba que era de Armero resultó ser de Bogotá). Jenifer de la Rosa, una periodista española y sobreviviente de Armero, utilizó pistas que le dio la Fundación para encontrar por fin a su hermana, Ángela Rendón, que vivía en la ciudad colombiana de Barrancabermeja. La relación fue confirmada por una prueba de ADN.
Un video de YouTube publicado en el sitio web de la Fundación muestra el reencuentro: Jenifer tiene un marca do acento español, mientras que Ángela habla como campesina, pero el parecido físico salta a la vista y las hermanas descubren que comparten el mismo tatuaje. Otro padre y su hijo se reunieron después de 32 años, pero le pidieron a la Fundación que se reservara sus nombres y no hubiese cubrimiento de los medios. Otro par de hermanas, Suly Janeth Sánchez, llamada ahora Lorena Santos, y Jacqueline Vásquez Sánchez, se reunieron a través de la Fundación, y su identidad fue confirmada con una prueba de ADN. “Hay mucho más trabajo por hacer”, le dice a Caracol Televisión el director de la Fundación, Francisco González. “Esta es una herida que tiene Colombia y que todavía no ha sanado”.
Aunque el caso de Armero puede ser extremo, como señala la Cruz Roja Americana, después de cada desastre natural siempre hay desaparecidos, y esto solo aumenta las heridas emocionales a largo plazo. “Identificar a los individuos atrapados en los grandes desastres naturales y conectarlos de nuevo con sus familias y comunidades es una tarea desafiante”, escribe Blair Stewart, asistente del comisionado de Privacidad de la Oficina del Comisionado de Privacidad en Auckland (Nueva Zelanda), en el prólogo a un informe de Fordham University sobre personas desaparecidas después de los desastres naturales.
“Los terremotos pueden destruir la infraestructura de comunicaciones. Las inundaciones pueden inundar los depósitos en los que se guardan los registros oficiales. Los planificadores rara vez saben dónde y cuándo va a suceder un desastre. Después de que ocurre el desastre, quienes pueden hacerlo, huyen del sitio. Quienes no pueden huir, pueden estar ocultos entre los escombros y gravemente heridos, o peor. El acceso a la zona del desastre puede ser difícil durante varios días o, incluso, semanas. La posición puede cambiar de hora en hora. Se pueden enumerar otros desafíos. Los individuos que se cree que estaban en una zona de desastre se pueden contar como desaparecidos. La gente que aparece en esta lista puede aparecer después viva o ser identificada con seguridad como víctima. Es posible que algunos nunca aparezcan… Negar información sobre el destino de un miembro de la familia puede ser un tipo de tortura”.
La nueva tecnología está ayudando a aliviar la situación y facilitando que los miembros de una familia se encuentren unos a otros. Un esfuerzo internacional liderado por la Missing Persons Community of Interest (MPCI) busca unificar las bases de datos y las tecnologías, con el fin de permitir localizar a las personas desaparecidas después de un desastre natural. La MPCI surgió en respuesta al terremoto de Haití en el 2010.
La tecnología que permite esas búsquedas no estaba disponible para el caso de Armero o los miles de víctimas de desastres naturales que tuvieron lugar antes de la era de los computadores. En esa época, la principal forma de tratar de contactar a los miembros de una familia era mediante las transmisiones de radio o los avisos públicos. El crecimiento de redes sociales como Twitter, Facebook, WhatsApp e Instagram puede ayudar a identificar y contactar familiares desaparecidos. En esencia, esa es la técnica utilizada por la Fundación Armando Armero, excepto que ahora puede ser usada casi de inmediato para reunir sobrevivientes. Los “voluntarios digitales” de organizaciones humanitarias pueden usar información proveniente de múltiples fuentes de colaboración, en tiempo real, para registrar los efectos de una zona de desastre y crear registros colaborativos de las personas desaparecidas.
Después del terremoto en Haití, por ejemplo, voluntarios de la Universidad Tufts, en Massachusetts, crearon un mapa en el cual los sobrevivientes del desastre y los voluntarios podían enviar información sobre su paradero y otras necesidades, a través de mensajes en Twitter. En un lapso de quince días, se recibieron más de 2.500 mensajes.
Después del huracán Dorian, en las Bahamas, en el 2019, los residentes locales formaron equipos de búsqueda en las redes sociales, WhatsApp e, incluso, Google Docs. Un grupo de WhatsApp tenía trescientos miembros que buscaban a sus familiares, según el Miami New Times. “Estoy preocupada por mi mejor amigo. No he tenido noticias de él desde el sábado”, dijo una mujer, y publicó la foto de un hombre. “Por favor, si alguien lo ha [visto], pídale que me llame o me envíe un mensaje a mí y a su hermana”.
La angustia es evidente, el mismo tono anhelante de los sobrevivientes de Armero. La tecnología puede aliviar, pero no resolver totalmente, el tema de las desapariciones causadas por los desastres naturales. Pero no todo el mundo está conectado. Los bebés no pueden hablar. Y lo mismo le sucede a la gente que está herida. Pero la tecnología es un paso hacia una solución práctica para el alivio del estrés emocional que sigue a las catástrofes.
* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial.