2 Oct 2021 - 2:20 p. m.

OPINIÓN / En boca cerrada no entra urólogo

Por: Áxel Germán Navas Navas*

“En boca cerrada no entra mosco” o “Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”, son algunos de los dichos que se suelen escuchar cuando se quiere hacer referencia a lo importante que es ser prudente con lo que se habla. Esto con ocasión de dos eventos que por estos días han llamado la atención de los colombianos, en los cuales nuestras lenguaraces, parlanchinas y arrogantes autoridades, ahora no saben qué hacer para desaparecer lo que de manera muy elocuentemente dijeron. Se trata del litigio entre Nicaragua y Colombia derivado de la fijación de los límites marítimos y del escándalo que se generó a raíz del contrato que la exministra Karen Abudinen adelantó en el “MinTic” con el consorcio Centros Poblados.

En el primero, luego de que hace algún tiempo la Corte Internacional de Justicia produjo una sentencia que no fue favorable a nuestro país, dos ahora expresidentes, el actual Presidente de la República y el Comandante de la Armada, salieron en público, con argumentos del más típico estilo patriotero, a desconocer el fallo, así como, por su parte, la Vicepresidencia publicó mapas en el mismo sentido. Estas manifestaciones, obviamente, ahora son aprovechadas por los abogados de Nicaragua para afirmar que Colombia está desconociendo la decisión judicial (El Espectador 20-09-21). ¿Cuándo será que nuestros funcionarios públicos, especialmente los del Gobierno, comprenderán que las decisiones de los jueces son para cumplirlas y punto? ¿Será que es muy difícil entender que así funcionan los estados de derecho?

En el segundo, después de que gracias a las investigaciones de la periodista Paola Herrera se descubrió lo que le pasó a la exministra, según ella y como diría El Chavo del Ocho “sin querer queriendo”, ahora se viene a saber que durante los días críticos del problema, un múltiple y variado grupo de “buenos samaritanos” la llamaron, así como cuando uno llama al amiguito de prescolar, para saludarla y, ya entrados en los gastos de la llamada, aprovecharon para hacerle inocentes sugerencias acerca de lo que en opinión de ellos debía hacerse con “el chicharrón” que tenía entre manos. No obstante, ahora esas inocentes criaturas, dentro de las que están un “exembajadorcito”, varios congresistas y muchos políticos, no saben qué hacer con los buenos consejos que dieron, pues la exfuncionaria, quién sabe por qué, si se supone que eran triviales llamadas, parece que los grabó.

Por eso, muchas veces es mejor callar que hablar, no obstante que en ocasiones el silencio no es producto de la prudencia sino de otras emociones, por ejemplo el pánico, como el sentido en esta escena de la vida real, cuando el urólogo, en la conversación previa al examen, que generalmente es sobre temas varios como para aliviar la tensión, me preguntó cuál era mi filiación política y que por quién va a votar en las próximas elecciones, a lo cual, mirándolo fijamente no a los ojos sino a sus dedos, me quedé mudo.

* Abogado consultor

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