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La danza de los guaqueros

Walter D’Cossio es un fotógrafo antioqueño que vive en Muzo, Boyacá, desde hace 40 años. Retrató la vida de los guaqueros en los años 90 y es autor del retrato más conocido del zar de las esmeraldas: Gilberto Molina.

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Isabella Gutiérrez, Manuel Torres y Samuel Torres*
08 de agosto de 2026 - 03:07 p. m.
Walter D'cossio mostrando sus fotografías en su estudio.
Walter D'cossio mostrando sus fotografías en su estudio.
Foto: Jacobo Ritoré
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En Alecoss Fotografía se ofrecen fotos para documentos, fotocopias (traer sencillo), impresiones, laminación, descarga de certificados y marquetería. El local es pequeño. Amarillo. La pintura está llena de cicatrices. En los mostradores de vidrio, la mercancía escasea; apenas unos pocos útiles escolares. Tras una pared se esconde el improvisado estudio con una sombrilla reflectora y una tela azul de fondo. Es el lugar de trabajo del primer fotógrafo que retrató al esmeraldero Gilberto Molina: Walter D’Cossio.

Walter no parece ir con mucho afán por la vida; más bien vive la vida caminando al revés: contando historias de su tiempo como fotógrafo a finales de la segunda guerra verde en el occidente de Boyacá. De un rincón, entre vitrinas desordenadas, saca un álbum con portada de “Toy Story” en el que guarda fotos que tomó en los años 80, cuando llegó a Muzo, y no tenía la barba ni el pelo blanco como hoy.

La mayoría son fotos del tambreo, de guaqueros lavando estéril. Se detiene en una. La tituló: La danza de los guaqueros. Es una panorámica del río Minero sobre el que fluye otro río, uno de gente con botas pantaneras pisando el lodo, cargando baldes, mangueras. Unos ríen, otros tienen la cara hecha una roca: gente que aprendió a buscar esmeraldas de sus padres, y estos de los abuelos y estos de los bisabuelos, en una cadena de herencia que se pierde más allá de la Conquista hasta los indígenas, que ya sabían de la existencia de las esmeraldas, que las trocaban por bienes y alimentos con los zipas, que las consideraban lágrimas de la princesa Fura, arrepentida por traicionar a su marido Tena.

Muzo es un pueblo estrecho, de casas y locales que se abrazan. Está enterrado en medio de un mar de montañas. En una de ellas, como un mensaje caído del cielo, se lee en letras blancas, junto a un Cristo de brazos abiertos: “PAZ. DIOS VE TODO”. Desde la sinuosa carretera, lo primero que se asoma es el campanario de la iglesia más antigua del pueblo. “Muzo, capital mundial de la esmeralda” dice un mural. Unas calles más adelante se despliega otro, en el que un minero, con su casco y linterna, de la cintura para abajo se convierte en roca. Como un minotauro esmeraldífero.

La venta de esmeraldas pulula a un costado de la plaza de mercado. Por la calle peatonal que conduce hasta allí se aglomeran las tiendas de “souvenirs”, pero también los locales de los lapidadores que van puliendo las piedras que les llevan sus clientes en formas de hexágono, canutillos o lágrimas.

Ya en la plaza se reúnen los comerciantes de esmeralda. Cargan un carriel donde llevan, en pequeñas bolsitas de plástico, esmeraldas que oscilan entre los COP 20.000 y COP 1 millón o más. Se sientan en las mesas a esperar a los clientes para dejar caer sobre sus paños esas piedras cultivadas dentro de las montañas por varios millones de años, producto de una receta química en la que se mezclaron, a altas presiones y temperaturas, oxígeno, silicio, aluminio, berilio y otros elementos secundarios como hierro, cromo y vanadio. Los días de más comercio son los sábados y domingos. El efectivo es el único medio de pago.

Un tal Gilberto Molina

Walter llegó a Muzo por azar. En los años 80 había inaugurado un estudio de fotografía en el barrio Santa Isabel, en Bogotá, el mismo barrio que los zares de la esmeralda habían comenzado a colonizar con enormes mansiones a inicios de los años 70. Un día recibió a un cliente un tanto raro, que descendió de una caravana de camperos con gente armada. Necesitaba a un fotógrafo para realizar un mosaico con los retratos de todos los miembros del concejo municipal de un pequeño municipio al occidente de Boyacá: Quípama.

—Quípama no me sonó nada. El señor dijo que era un poco arriesgado ir a tomar las fotos. Se me hizo raro, pero era un cliente y había que hacerlo.

Llegar significaba entrar por Pacho y luego por una carretera angosta que se arrastra como una serpiente por el borde de peñascos, pequeños colegios, potreros y fincas. Al llegar a un hostal pequeño en Quípama, le dijeron que dejara las pertenencias afuera, que no había problema mientras le preparaban una pieza. Walter dudó y preguntó si ahí robaban. “Al que se roba algo lo matamos”, le respondieron.

—Localicé a todas las personas, menos al tal Gilberto Molina. El auditorio en Quípama se llamaba Gilberto Molina. Entonces dije yo: si el auditorio se llama así, el hombre debe ser importante.

Walter se fue de Quípama con el mosaico incompleto y sin dimensionar que ya tenía un pie en las guerras verdes.

La primera guerra se había desatado en 1967, cuando Humberto Ariza, alias el Ganso, intentó tomar el lugar de uno de los bandoleros más famosos de aquella tierra, Efraín González, alias Siete Colores, fallecido dos años antes. Esa aspiración del Ganso no le gustó mucho al grupo de poderosos comerciantes llamados La Pesada, que durante años apoyaron a González, porque intentaban formalizarse y la mala reputación de este último jugaba en su contra. El desacuerdo se llevó por delante 1.200 vidas de lado y lado.

La guerra culminó en 1972 con la captura de Ariza y, como lo relató el historiador Petrit Baquero, “el triunfo y la formalización, gracias a sus buenas conexiones políticas de La Pesada, a la que pertenecían personajes como Isauro Murcia, Parmenio Molina, Julio Rincón, Gilberto Molina y Víctor Carranza, este último asociado con Juan Beetar, quien fue fundamental para dar contactos internacionales de alto nivel a este grupo”.

Más adelante, en 1984, comenzó la segunda guerra verde. Dos grupos se enfrentaron por el dominio de la tierra y las minas. De un lado, el grupo Coscuez, liderado por Luis Murcia Chaparro, alias el Pequinés; del otro, el grupo Muzo-Borbur, liderado por Víctor Carranza y Gilberto Molina. Ambos bandos, divididos por la ambición y el odio mutuo, pero también por la quebrada La Mioca. En esa guerra aterrizó Walter con su cámara terciada sobre el pecho.

Unos pocos meses después de la primera visita, el mismo cliente volvió a Bogotá en busca de Walter:

—Vi tres camionetas estacionadas al frente, gente en la esquina, rara para mí. Eran los pájaros, los guardaespaldas de ellos.

La tarea que le encomendaban era la misma: tomarle fotos a Gilberto Molina pero esta vez para hacerle un busto. “Queremos hacerle a nuestro benefactor un homenaje”, dijeron.

Walter llamó a su esposa y le dijo que se iba por tres días. Viajó en compañía del escultor que tallaría el busto. Esa noche hubo plomo en Quípama como él jamás había escuchado en su vida. Les dijeron que se ocultaran debajo de la cama, y esperaron hasta el amanecer.

El escultor, a medianoche cuando la cosa se calmó, le decía desesperado “por qué nos vinimos para acá, nos van a matar”.

— Le dio como una psicosis brava, yo he sido más bien calmado, tranquilo.

Pudieron descansar y, al día siguiente, salieron a la cita con Gilberto Molina.

—A él le gusta que le digan patrón —les advirtieron.

Walter vio a un hombre chaparrito, de camisa abierta. No tenía las ínfulas de un patrón. Le tomó todo un rollo fotográfico desde todos los ángulos posibles para la escultura. Terminado el trabajo, propuso que aprovecharan la visita para tomarle el retrato que faltaba en el mosaico. Que sí, que no había problema, que podía volver al día siguiente.

Al día siguiente, cuando iba a retratarlo se dio cuenta de un pequeño detalle: necesitaban una corbata y un saco. No hubo problema: en ese instante, un hombre se fue en helicóptero y regresó a la media hora con ambas prendas.

En la foto, a Molina se le ve serio. Su rostro es de piedra, con ciertas líneas que van marcando su madurez. Su cabello es gris oscuro y está echado para un lado. El tono de piel canela, seguramente por las extensas jornadas de los cortes mineros a cielo abierto, que es como se buscaban esmeraldas en esa época: dinamitando la montaña y pasando un buldócer por encima (esa técnica ahora está prohibida). Molina, que mira para un lado, desconfiado pero poderoso, nació en 1937 en el municipio de Paime, Cundinamarca, y desde joven se trasladó a las zonas esmeraldíferas del occidente de Boyacá, como Muzo y Quípama. Empezó como casi todos: en oficios básicos donde trabajó de ganadero, carnicero y otras labores antes de entrar al mundo de las esmeraldas.

Su ascenso comenzó cuando logró adquirir participación en explotaciones mineras de Muzo y Quípama, sobre todo durante las décadas de los 60 y los 70, cuando las disputas por el control de esmeraldas transformaron la región. Gracias a la acumulación de tierras, concesiones mineras y alianzas con otros líderes, Molina escaló en esa pirámide de poder. Años más tarde, adoptó a Gonzalo Rodríguez Gacha, alias el Mexicano, como uno de sus lugartenientes y jefe de seguridad.

A lo largo de su trayectoria, Molina fue investigado y señalado por delitos relacionados con porte ilegal de armas, conformación y patrocinio de grupos armados privados y presuntos vínculos con actividades de narcotráfico. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) también lo declararon uno de sus enemigos.

Aunque no todas las acusaciones terminaron en condenas, estos señalamientos contribuyeron a consolidar su imagen como una de las figuras más influyentes y polémicas del mundo esmeraldero colombiano. Junto a Víctor Carranza, creó Tecminas, empresa que les permitió controlar la mayor parte de la explotación de esmeraldas en Muzo.

Sin suerte para enguacarse

La primera vez que Walter visitó un corte fue porque Gilberto Molina lo invitó después de tomar aquel retrato. Los invitados del patrón eran privilegiados y podían agarrar lo que quisieran. Pero Walter no tenía la menor idea de ese código implícito en la invitación. Ese día vio chorrear esmeraldas del buldócer, como en un sueño.

—Allá estaba la guaca, sí señor.

El buldócer sacaba paladas y chorreaban esmeraldas; entonces, gritaban “¡párelo!”, hacían un círculo y empezaban a rebuscar.

Estaba tan perdido en ese juego verde que le pidió a un señor que le regalara un par de esmeraldas, ya que tenía muchas. “¿Usted es qué es pendejo o qué?”, le respondió. Otro le ganó una piedrita que él había visto primero, pero el hombre le picó el ojo y se metió la piedra a la boca. Luego le dirían que esa era una señal para que él lo siguiera y luego se repartieran la ganancia.

—La esmeralda es como un demonio. Le cambia a uno la vida y su mentalidad.

El escultor resultó alcohólico y con delirios de grandeza. En el camino de vuelta a Bogotá, en cada parada se echaba una media de aguardiente al bolsillo y regalaba unos cuantos billeticos a las señoras y los niños. Decía que él era un gran artista y que el patrón había visto eso en él, un berraco que iba a ganar mucho dinero. A Walter no lo bajaba de “pobre huevón lavaperros”.

“Walter, ¿pelamos a este hijueputa o qué?”, le dijo en un descuido el conductor. “¿Cómo? No, hermano. ¿Qué? Cómo se le ocurre”, respondió Walter asustado.

Cuando estaban cerca de Bogotá, en plena loquera, el escultor le pegó tremenda cachetada a Walter, que le dejó incendiada toda la cara. Cuando pararon a orinar, Walter y el conductor decidieron abandonarlo en la carretera como castigo.

Walter no supo más de él. Sabe que sobrevivió porque hoy descansa el busto en la plaza principal de Quípama. Donde se enuncia lo siguiente: “La paz se hace con obras”, frase atribuida al retratado.

El 27 de febrero de 1989, una noticia en la radio lo sorprendió: en una emboscada habían asesinado a Gilberto Molina junto a 18 guardaespaldas en su finca en Sasaima. Cuando Walter lo retrató, Gilberto Molina ya estaba en guerra con su antiguo pupilo: Gonzalo Rodríguez Gacha, cuyo poder había crecido al meterse en el negocio del narcotráfico. Mientras celebraba su cumpleaños 52, cuando todos bebían sin parar al son de las canciones de las hermanas Vargas, unos 50 hombres disfrazados de militares entraron a la finca y masacraron a casi todos los asistentes.

Al final de ese mismo año, también cayó su verdugo. El 15 de diciembre de 1989, en un sector entre Tolú y Coveñas, las autoridades colombianas dieron con la ubicación de Rodríguez Gacha y lo dieron de baja. Pocos meses más tarde, el 12 de julio de 1990, Álvaro Jarro Tobos —obispo de Chiquinquirá—, junto a los dos bandos de la segunda guerra verde —medio centenar de esmeralderos—, se subió a una pequeña tarima en Quípama y, en un acuerdo de diez puntos, pactaron una nueva convivencia. En el camino habían quedado unos 3.500 cadáveres y, hacia adelante, un zar: Víctor Carranza.

Walter volvió a Muzo, aquella vez para quedarse de por vida y convertirse en el fotógrafo del pueblo. Por el lente de su cámara pasaron las esmeraldas, las minas, los guaqueros, los patrones, las reinas de belleza y, cuando pudo treparse a un helicóptero, también los cerros Fura y Tena desde un ángulo en picada. Lamentablemente, la mayor parte de este archivo fotográfico se perdió en una inundación que alcanzó su antiguo local de fotografía.

Walter D’cossio nunca publicó las fotos en un medio. Nadie lo ha entrevistado para que relate en detalle su vida fotografiando el mundo de las esmeraldas. Solo tiene el álbum de “Toy Story” para los curiosos que quieran saber cómo era la vida minera hace algunas décadas. Un tesoro oculto.

Su foto más importante tal vez haya sido ese famoso retrato de Gilberto Molina; sin embargo, él prefiere La danza de los guaqueros, donde está sumido el territorio y el mundo que conoció, fotografió y vivió. Walter se quedó en Muzo porque aquí, con su trabajo, pudo traerse a su familia y, aunque nunca les ha dado mucha plata, han podido mantenerse y sobrevivir. Como muchos en Muzo, sigue esperando algún día enguacarse.

*Estudiantes de periodismo de la Pontificia Universidad Javeriana

Por Isabella Gutiérrez, Manuel Torres y Samuel Torres*

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