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Yo perdono a todas mis compañeras, incluyendo al grupo de mejores amigas con las que, valga aclarar, aún me hablo, del colegio Nuestra Señora de Lourdes, en mi amada tierra, Líbano, Tolima: allí crecí, llegué a la adolescencia y terminé el colegio. Viví rodeada de hermosos paisajes cafeteros, de amigos que, aunque me querían mucho, y lo sé porque aún me lo expresan, no podían evitar burlarse de todos los centímetros que según ellos me sobraban en el cuerpo y que parecían faltarles a varias amigas de mi grupo cercano.
Los perdono por haber hecho que durante tanto tiempo pensara que algo andaba mal conmigo. Por años sentí que la vida me había castigado con unas piernas eternas y unos brazos larguísimos sumados a esa flacura que no quería ceder. Los perdono por todo el bullying —ahora sé que se llama así— del que fui víctima, o por montármela, como se decía en esa época. Hablo de un tiempo sin internet y sin computadores, en el que el mundo era tan grande y variado como quisieran mis padres y sus deseos de viajar, deseos que me llevaban a lugares en los que, obviamente, yo aún era “esa pobre niña tan alta que parece que se fuera a partir”.
En ese entonces, el psicólogo no era el remedio para los complejos. Lo era un simple “no les ponga cuidado”, “deje la bobada”, “mejor póngase a estudiar”. Palabras siempre acompañadas de una buena dosis de correa, que era el ansiolítico favorito de la época.
Tal vez gracias a la costumbre de mis padres de restarles importancia a mis problemas de adolescencia y resumir todo en simples actos de envidia, poco a poco fui entendiendo que no había nada que hacer: había nacido demasiado grande y en una ciudad demasiado pequeña. Así que decidí aprender a burlarme de mí misma y esperar a que, una vez graduada de bachillerato, el mundo se abriera ante mí con personas distintas al común que habitaba en mi pequeño mundo.
Ya por esa época estaba mi cuerpo adoptando la forma de un personaje de cuento. En mi afán por ocultar esos 1,72 metros que medía a los 12 años, terminé pareciéndome a la pobre viejecita del libro de cuentos de Rafael Pombo que tanto amaba y que venía con dibujos para colorear. “Encorvada como un tres” y con camisas y pantalones anchos pasaban mis días, esperando a entender por qué no era como mis hermanas o mis amigas.
Mis dudas se aclararon cuando llegué a Bogotá a estudiar actuación. Fue aquí donde no sólo descubrí que los altos éramos muchos más de los que yo creía, sino que serían estas piernas de más de un metro las que me abrirían caminos insospechados; las que harían, junto al resto de mi lánguido cuerpo, que el camino que he recorrido sea fluido. Estas piernas que tantas burlas se ganaron han hecho de mí una mujer de paso firme, que no morirá como la pobre viejecita del cuento, pues ahora anda erguida y luciendo orgullosa todos esos centímetros que descubrió que no le sobraban.
Hace mucho tiempo entendí que soy lo que la naturaleza quiso que fuera y que debo amarme por encima de todo y de todos. Me respeto y me gusto a mí misma, cosa que creo fundamental en la vida de cualquier ser humano, pero mucho más en la vida de aquellos que por uno u otro motivo vivimos del físico.
Ese físico que al final se acaba, que puede cambiar de un minuto a otro y que no es más que el empaque de lo que realmente importa. Al final, alma o personalidad o espíritu, esa esencia que nos hace únicos, contraria a los centímetros que nos sobran o nos faltan en las carnes y los huesos, es la que debemos cultivar y la que queda para siempre después de nuestra partida.