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Almuerzo en el Jockey

Doctor Cacua, suerte, salud, longevidad y muchos libros más.

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Oscar Domínguez
15 de diciembre de 2008 - 11:00 a. m.
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Recibí el viernes la invitación al almuerzo del jueves en el Jockey Club para la conmemoración de los 215 años de la publicación de la traducción de los Derechos del Hombre por Don Antonio Nariño, fallecido el 13 de diciembre de 1793. Parece que fue mañana.

Gracias por la invitación y por el libro “Yo soy Nariño”, al cual espero meterle las muelas que sobreviven, a las primeras de cambio. Soy de los colombianos que ha oído hablar de Nariño desde chiquito,  pero pocón he ahondado en su legado. Su libro será un buen pretexto para desatrasarme.

A propósito de almuerzos recuerdo que el fallecido procurador Jaime Serrano Rueda, cuando salía a almorzar por ahí en algún restaurante de muchos trinchetes le decía a su secretaria: “Me voy a almorzar a Al-gún Club”.

Claro que después de leer toda la tarjeta celebro no haber aceptado la invitación: abajo, leo que había qué bajarse de 50 mil pesos, algo que le haría un tremendo hueco a “mi flaca bolsa de irónica aritmética” de pensionado.

No está mal almorzar en el Jockey, pero cuando voy al centro ya tengo mi metedero: para que no crea que está tratando con ningún pobretón, le informo que en el viejo centro bogotano frecuento el mismo restaurante que el senador Víctor Renán Barco, y que el expresidentes de la Cámara, mi paisano Arboleda.

Víctor Renán se decanta por los frisoles y Arboleda  suele acabar con las existencias de caldo de raíz de toro bravo. Ignoro por qué Arboleda, cuando va a comer caldo de raíces, va en compañía de alguna fémina. Curiosa forma de prepararse para legislar la que tienen estos dos caballeros.

Para su información, el valor del plato en el restaurante de La Tía, que así le dicen, es 45 mil pesos más barato que el del Jockey. Además, tiene uno la opción de almorzar al lado de rusos (obreros de la construcción por si las moscas), oficinistas y secretarias que se cuentan entre ellas, sin ningún rubor, el último polvito. El suyo, o de alguna vecina afortunada.

El mexicano Villoro dice que almorzar solos es una derrota social. No lo creo así. Al menos yo disfruto metiéndome en la vida ajena de vez en cuando por solo 4.800 pesitos, porque no siempre dejo la propina de 200 pesos.

Doctor Cacua, pertenece usted a la rancia estirpe de Otto Morales. Me refiero a aquellos que se agachan y se les cae un libro. Que siga siendo prolífico y nunca olvide compartir su producción con otros mortales, como este amigo suyo que lo ha extrañado en los últimos despelotes académicos de Horacio Gómez.

Lamentó haberme perdido el himno cantado por el maestro Victor Hugo Ayala con el acompañamiento al piano de Francisco Pacho Zapata. Victor Hugo canta el himno de Núñez con música del fabricante de macarrones italiano, Oreste Síndice, en ritmo de bolero, lo que lo hace menos patriotero y más rómantico.

Cuando Víctor Hugo canta el Himno, provoca sacar pareja. Lástima que nuestro Himno no le diga nada a nadie. Parece hecho para un país que nunca existió. O que existió algunos años nada más.

Los himnos, siempre lo he creído, parecen escritos todos por el mismo sujeto. Claro que al que entienda siquiera una quinta parte de la letra de la producción de Núñez, lo invito a almorzar al Jockey, eso sí, si es a principios de la mesada de pensionado.

Olvidaba darle gracias adicionales por el libro “Homenaje poético a Manuela Sáenz, La Generala”. Sobre los últimos 20 años de ella, en Paita, Perú, está escribiendo una novela nuestro amigo Dasso Saldívar, biógrafo de García Márquez. Estoy seguro de que el libro de Dasso será vendido pirateado en el semáforo.

Saludos mil, buen viento y buen a-mar

Por Oscar Domínguez

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