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Aprendiendo a cerrar heridas

Pandilleros, sicarios, prostitutas, drogadictos, ladrones, desplazados, guerrilleros y paramilitares encontraron en el baile,  la música y el teatro una forma de expresarse para dejar atrás la vida azaroza y volver a sonreír.

Gloria Castrillón/ Enviada Especial, Armenia

08 de noviembre de 2008 - 05:00 p. m.
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El ritual era extraño. Vestidos con una túnica morada, desfilaron en fila india cerca de 80 personas, la mayoría jóvenes que no superaban los 28 años. Altivos, con voz recia, pero con un dolor que se hacía evidente en sus rostros, pronunciaron la fecha en la cual habían recibido alguna de sus heridas. Un solitario violín prestaba sus notas para hacer aún más emotiva la ceremonia, que ya arrancaba tímidas lágrimas en el auditorio. Al terminar, repitieron, como una oración sagrada, un poema de Porfirio Barba Jacob en el que daban gracias por la alegría, por el amor, por el odio, por el agua, por la tierra, por la muerte. Un aplauso cerrado y el llanto que liberan sirvieron de cierre.

Era un ritual para exorcizar sus heridas, las del alma y las del cuerpo, para cerrarlas y darle paso al perdón. Todos han sido víctimas y victimarios en esa espiral de violencia que azota por igual al campo y a las ciudades. Pandilleros, sicarios, ladrones, drogadictos, paramilitares, guerrilleros, jíbaros, desplazados, prostitutas... Eso eran. Ahora se hacen llamar legionarios, se dedican al arte y a llevar su mensaje con “lenguajes alternativos” a otros ciudadanos que como ellos viven excluidos.

Se encontraron hace una semana en Armenia para compartir sus experiencias,  celebrar los cinco años de la Legión del Afecto, al que pertenecen. Se juntaron casi 500 personas y entre danza, teatro, mimos, zanqueros, rap, breakdance, chirimías y vallenatos,  dieron un testimonio de esperanza: No a la muerte criminal y sí a la vida. Era un carnaval.  Durante cinco días contaron sus historias de pobreza y discriminación, confesaron sus errores y se quejaron por las humillaciones sufridas. Lloraron juntos, se dieron ánimo y, al final, cerraron las heridas.

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“Ya no me queda tiempo de robar”

“He estado cinco veces en la cárcel, por robo y otras cosas. La última la pagué para proteger a mi cucha. Ella ha estado varias veces en la cana y mis hermanos también. Ella nos enseñó a vivir así en la calle, robando. No sabemos hacer más. Me han chuzado muchas veces y casi me vuelan el brazo con un changón. Todavía tengo siete balines en mi cuerpo y me duele mucho. Vivo en el Génesis y allá es muy caliente. Estoy cansado de robar, ya no quiero esta vida. Yo sueño con tener un plante para comprar ropa y vender cositas a crédito a la gente. Yo me la rebusco.

El día que llegó la Legión al barrio, pensamos que eran guerrillos que se querían llevar a los pelaos p’al monte. Casi que los cogemos para bajarles los celulares, pero llegaron con sus pintas, mechudos y ofreciendo almuerzo y me les pegué. Aquí estoy porque empeñé el televisor y me prestaron plata. Voy a recibir mi primer sueldo y con eso pago las deudas.


Hace un mes que conocí a los legionarios y estos días no me ha quedado ni tiempo de robar. Estoy encarretado con los ágapes y los malabares. Me llevaron a una finca y no me va a creer, pero hasta le he bajado al vicio”.

“Todavía sigue la guerra”

“Yo vengo del Pozón, donde despedazan a la gente y la botan a la quebrada. Estudié en un colegio al que le decían mi primera puñalada, ahí sólo estudiaban bandidos y viciosos. Tenía 12 años y no le comía a nadie ni a los más grandes. Creé mi propia pandilla y comandaba a los mayores. Metía marihuana, pepas, coca. Hace dos meses llegó al barrio un grupo de jóvenes con tambores, bailando y me preguntaron: ¿qué talento tiene? A todos les vi cara de malandros y como me gusta explorar la vida, acepté. Me fui con ellos a recorrer varios municipios y no he vuelto a mi casa desde ese día. La vida me cambió y soy feliz, pero todavía quedan los muchachos guerreando en el barrio con los de Flor del Monte”.

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“Recibí la primera puñalada a los ocho años”

“Me volé de la casa a los cinco años porque mi papá le pegaba  a mi mamá y una vez casi le quita un brazo a machete. Yo veía que los otros pelaos reían consumiendo yerba, a pesar de los problemas. A los siete años la probé y pasé por todos los vicios: pepas, sacol, basuco, estaba perdido, dormía en la calle, ya no era una persona. Estuve diez años allí. La primera puñalada la recibí a los ocho años, casi me matan.

La droga era todo para mí, me enfrentaba en la calle con el que fuera. La vida era azarosa, había tanta pobreza y pensaba que si fuera rico no debían pasar esas cosas. Pero no nos daban trabajo en ningún lado sólo por ser de Potrero Grande, entonces empezamos a actuar, a robar, asaltamos a los cobradores que llegaban al barrio, compramos armas.

Cuando llegó la Legión me dijeron: déjeme demostrarle que no necesita ser estudiado para brillar. Después de muchos intentos, entré. Un día me levanté extraño, me sentía en paz después de una fiesta con ellos. Me trataban como si fuera un hermano, me daban comida cuando tenía hambre. Me enteré que tenía una hija y los legionarios me dieron una mano para levantarme. Dejé de robar, dejé el vicio, dejé de ser un malandro. Con la música y el baile la gente me aplaudía, me sentí importante, cogí fama y me di cuenta de que la vida tiene otro sentido. La gente me abraza sin conocerme.

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Hoy le pido a Dios que me deje vivir, porque la niñez que no tuve la estoy teniendo ahora. Tengo 19 años, volví a estudiar y estoy en noveno. Vivo en Cartago porque tengo ‘una liebre’ (enemigo) y me quieren matar. La Legión me reconoce 500 mil pesos y puedo ayudar a mi hija y a mi mamá, quien está orgullosa de mí.

De mi vida anterior me quedaron malos recuerdos y las cicatrices. A veces no puedo respirar bien, tengo dolores repentinos y me da pena quitarme la camisa, porque tengo la piel marcada”.

“No han cerrado todas las heridas”

“Yo empecé vendiendo dulces y cantando rap en los buses. A veces se ponía muy pesado y me llevaban a pagar las 24 (horas) en la UPJ. Aguanté frío sin piedad, me quitaban las cosas y me golpeaban. Yo vivía con mis padres y siempre busqué llamar la atención, era muy conflictiva. Consumía basuco, pegante, marihuana. Hoy en día me da vergüenza contarlo, pero tengo que enfrentar lo que soy. Yo quería tener el respeto de la gente como fuera, así fuera robando y haciéndole mal a la gente. Creé una pandilla de solo mujeres que se llamó Las Pitufas y luego nos unimos a otras dos que se llamaban Los Monjes y Los Alpinitos. Yo era la líder de las mujeres y éramos unos 150 jóvenes en total.

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Nos reuníamos para ir a farrear, que era ir consumir, robar, bailar y pelear. Un día, por un baile, empezó la guerra entre Los Olivos y Manzanares, en Bosa, y vi morir a siete de mis mejores amigos. A los quince días me cogieron unos manes y presencié la muerte de cinco compañeros más. Los tipos estaban con pasamontañas y no me mataron porque los encaré.

Uno siempre está cerca de la muerte y está dispuesto a lo que sea. En ese tiempo no tenía mis hijos y no me importaba nada. Me volví muy descarada, no le comía a la policía, hacíamos lo que nos diera la gana, me volví más agresiva, ya había


pisado la cárcel y de allá salí peor. Mis hermanitos entraron primero a la legión y me pidieron que entrara. Ellos han guerriao como yo.

Casi no me decido, pero hoy estoy renovada, dedicada a mi trabajo y cada reconocimiento de la Legión es para mis hijas. No puedo volver al barrio por las amenazas, porque hay gente que cree que la única forma de cambiarlo a uno es en un cajón. Aún vivo de los buses, me gusta porque es mi cultura. Tengo 27 años y dos hijas. Me junté con mis hermanos y creamos el grupo Antorcha Rap. Todos componemos y nuestro anhelo es grabar un demo.

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Las cicatrices no cierran, no se olvidan. No tengo sed de venganza ni odio, pero el dolor sigue ahí. No me arrepiento de lo que hice porque no me metí con personas que no se lo merecieran. Hoy estoy más tranquila, aunque no han cerrado todas las heridas”.

“El dolor no se olvida”

“En Bellavista vivíamos tranquilos, se vivía bien, no sabíamos de guerra hasta 1997 que llegaron las Auc en forma violenta, al que les caía mal lo mataban, sembrando terror en nuestra gente. Se iban arriba del pueblo y botaban los cuerpos al río. Nunca nos ha gustado la guerra, lo que nos gusta es la danza, la cultura y la rumba, que la llevamos en la sangre.

El 2 de mayo (2002), con la explosión en la iglesia, cayó parte de la máscara, porque éramos invisibles para el resto del país, no existíamos. Empezamos a ver gente con chaqueta, como decimos allá. De la Cruz Roja, de la Fiscalía, de la Defensoría. Hasta ese día nosotros supimos que esas entidades existían.

Después de la explosión todo estaba muy nublado, caían pedazos de teja, de ladrillo y se me incrustaron en el cuerpo, en la cara y en las piernas. El dolor no se olvida y todavía lloramos al recordar. Pero la Legión llegó para recargarnos las pilas, porque la esperanza estaba perdida, la gente estaba desesperada. Para mí fue como volver a vivir, uno se olvida de los ruidos de fusiles y pipetas. Hacemos jornadas de limpieza y de cultura con niños y ancianos. Fuimos a Unguía y Riosucio, que son bastante complicados y nos recibieron bien. Lo que hemos ganado no tiene precio. No importa tanto el ingreso social, estamos aprendiendo todos los días, además nos valoran, no nos exigen títulos, sólo afecto y crear, tener ideas diferentes”.

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“Nos pagan por hacer lo que nos gusta”

La Legión del Afecto nació hace cinco años por iniciativa de Mario Flórez y Darío Barberena, consultores del PNUD (agencia de la ONU), quienes querían promover un proyecto para jóvenes en las comunas de Medellín. Se fueron a vivir al barrio Santander y arrancaron con la idea de que lo importante no es lo que hagan los muchachos, sino lo que dejen de hacer. La idea era evitar que siguieran delinquiendo y buscar que se expresaran a través de la música, el baile y el teatro. Para engancharlos decidieron pagarles por hacer su arte, lo que a cada uno le gusta. Ahora los llevan por sitios a los que nadie entra por temor para que con sus caras pintadas y enfundados en disfraces canten, bailen y actúen, para que lleven momentos de felicidad a otras zonas de conflicto. Ellos mismos se autorregulan y se transforman, dejan la droga, los vicios, el delito y van “capturando” a otros jóvenes.

Al proyecto ya se unieron Acción Social y la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, que aportan recursos para las actividades.

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Por Gloria Castrillón/ Enviada Especial, Armenia

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