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En el cerro Pan de Azúcar se alza imponente una cruz de 10 metros de altura. Siempre había sido de madera, pero el clima terminaba por dañarla y era necesario cambiarla con alguna frecuencia. Hace un año fue cambiada por una nueva, de aluminio.
Desde hace años, no recuerdo cuántos, hacemos la peregrinación al cerro Pan de Azúcar. Yo soy devoto de María Auxiliadora, pero siempre participo en ceremonias religiosas con la familia y voy a las peregrinaciones del 3 de mayo para rezar los mil Jesuses. No creo que vuelva, porque lo del lunes es lo más difícil que me ha tocado vivir. Veo las personas que murieron y me parecen mentiras.
El lunes hacía un día soleado, no parecía que fuera a llover, desde aquí se veía bien bonito el cerro. Yo fui a trabajar al taller a las 8 de la mañana, y a las 12 y 30 me fui para la casa. El domingo el padre en misa nos había dicho que recordáramos la peregrinación a las 3 de la tarde. Como a las 2, salí con mi señora a San Miguel. Llegamos hasta donde el carro lo permitía y comenzamos a caminar. En ese momento el clima comenzó a cambiar. El cielo empezó a nublarse, pero no creímos que fuera a llover fuerte.
Saqué mi cámara fotográfica y la filmadora. Todo el ascenso me la pasé filmando y tomando fotos, porque ese paisaje es muy bonito y yo me encarreto. En el camino nos alcanzó Enrique Montoya, se hizo junto a Senovia, mi esposa, y se fueron conversando. Enrique era un conocido de toda la vida, por su negocio de legumbrería. Cuando llegamos a una torre, me dijo: "Esta es la mitad del camino, nos falta lo más maluco". Según cuentan en el pueblo, Enrique fue a pedirle a la Santa Cruz que lo alejara del juego, porque él era muy aficionado. En una sola sentada podía apostar hasta 4 millones de pesos en las maquinitas.
Cuando llegamos al cerro había mucha gente, ya eran las 3. A las 12 del día había habido otra misa, pero con la gente de Guatapé, porque ellos también tienen esa tradición. Comenzamos a rezar, el padre Vianey Orozco estaba celebrando la misa y yo estaba muy intranquilo porque empezó a llover, y después se aflojó un aguacero muy fuerte. Como soy técnico operador, me acordé de que varias personas de esta zona me han llevado los televisores dañados para que se los arregle, porque dicen que caen muchos rayos, y puede ser verdad, porque por ahí pasa el río Guatapé. Entonces yo les dije a mi señora y a Enrique: "Un rayo aquí nos vuelve nada", y un muchacho que estaba al lado me contestó: "No pasa nada, porque eso tiene pararrayos".
Seguimos en la misa y empezamos a rezar los mil Jesuses. Seguía lloviendo mucho, pero no estaba tronando. Cuando íbamos en los 500 Jesuses, miré el reloj, faltaban 5 minutos para las 4 de la tarde, y en ese momento cayó el rayo. Miré la cruz y vi que bajó una luz azulita hasta la base y se expandió hacia todos nosotros, eso fue en cuestión de segundos. Nos tiró lejos. A mí me lanzó como dos metros. Cuando reaccioné, me paré y vi a la gente tirada, encogida. Las manos las tenían retorcidas, los pies también y pegados del pecho, entonces me puse a separarles los dedos y a abrirles las manos y los pies y a hacerles masajes. Cuando reaccionaban les decía que se movieran, que no se quedaran quietos porque caía mucha agua y me daba miedo que se murieran de frío. Tenían ataques como los epilépticos. Me decían que no sentían los pies, que les dolían las manos, quedaron en shock, no entendían qué pasaba y me miraban sin hablar, eran como perdidos. Vi a Enrique en un charco, me fui y lo volteé para que no se ahogara, pero cuando le tomé el pulso me di cuenta de que estaba muerto. Nunca había visto morir a alguien, me quedé tenso, pero lo único que pensaba era que tenía que ayudar a la gente. Ahí estaba tirado don Diafanor, me tocó dejárselo a su esposa, le dije que se quedara teniéndolo para que no se fuera por el despeñadero, mientras atendía a otras personas. Me fui a ayudar a una señora que vive al lado de la iglesia y estaba aturdida, le dije que reaccionara, que lo hiciera por su hija.
Miré y junto a la cruz estaba el padre Vianey, vomitando mucho, botaba sangre como si estuviera reventado y decía: "¿Dónde estoy? ¿Quién me trajo por aquí tan lejos?". El ayudante de él llamó por celular a la emisora y pidió ayuda. Eso era horrible. Mi señora era pegada de mí y me decía: "¿Qué pasó?". Yo le contaba, pero no me entendía, volvía y me preguntaba. Ella es valiente, pero estaba aturdida y con el golpe tan fuerte no se acordaba de nada. Una hora después reaccionó y vio a una niña al lado que le dicen "Yenyer".
Mientras le ayudaba a la gente, veía que varias personas estaban pegadas de la cruz y yo les grité que se alejaran, que era peligroso, pero era como si no escucharan. Gracias a Dios no hubo más truenos. Eso fue muy raro, sólo uno y nada más, pero seguía lloviendo muy duro. Algunos de los que reaccionaban salían corriendo, otros se quedaron a ayudar. La gente decía que no tenían fuerzas, que les dolía mucho el cuerpo, entonces a los que estaban ayudando, yo les decía que los agarraran para que no se fueran a caer por la pendiente. Como a las 5 de la tarde llegó gente del pueblo y empezaron a bajar a Blanca Oliva Londoño, la tía de mi esposa.
Cuando llegué a San Rafael, me sentí enfermo, allá arriba no, porque mi preocupación era sacar gente, pero luego el dolor de cabeza no me dejaba. Me pusieron suero y me dieron unas pastillas. Todavía no he ido a trabajar porque la cabeza no me deja.
Lo más triste es que antes de la tragedia, cuando subíamos hacia el cerro, don Enrique molestaba porque la pendiente estaba muy alta y llovía, el padre les dijo: "Ahora no es que se vayan a ir porque va a empezar a llover, hagan de cuenta que están en el río bañándose o en una fiesta, esta agüita que está cayendo nos la mandó mi Dios para lavar los pecados, porque él sabe que somos muy pecadores". Todo el mundo soltó la carcajada por el chiste.