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Carlos Medellín: el poeta de las leyes

La vida del inmolado jurista que edificó una obra monumental en la educación, las artes y el mundo del derecho.

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Redacción Judicial
06 de noviembre de 2010 - 10:00 p. m.
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Pasaba sin inmutarse de profundas sentencias judiciales a la sensibilidad y el encanto de la poesía. Pero la vida y el tiempo, dos de los motivos de sus reflexiones, también le alcanzaron a Carlos Medellín Forero, para ser periodista, rector, fundador y docente de prestigiosos establecimientos educativos. El ilustre jurista, uno de los 11 magistrados que perdieron la vida durante la toma del Palacio de Justicia en noviembre de 1985, llegó al mundo en el municipio de Pacho, Cundinamarca, en abril de 1928. Hijo del también juez y magistrado Carlos Medellín, su gusto por las artes y las letras hizo que dejara de lado su inicial propósito de ser sacerdote. Seguramente se perdió un magnifico sacerdote, pero se ganó un brillante jurista y humanista. Y así lo demostró durante sus estudios en la Universidad Externado de Colombia. Sin perder de vista su calidad de abogado y poeta, se graduó con un aclamado trabajo de tesis titulado “Introducción a la estética del derecho”.

Y su actividad intelectual fue frenética y prolífica. Escribió y público cuatro libros de poesía y uno de cuentos (ver abajo el titulado He muerto). A la imprenta luego fue llevado uno más, como obra póstuma. Por uno de ellos (Moradas, de 1951) recibió el Premio Espiral de Poesía, que se sumó a otros galardones que rindieron homenaje a su obra y trayectoria: el Premio Nacional de Periodismo Antonio Puerto o la Cruz de Boyacá. Pero también fue miembro y fundador de la Asociación de Escritores de Colombia, de la Orquesta Filarmónica de Colombia, de la Universidad Central y del colegio Claustro Moderno. Casado con Susana Becerra, fue padre de cuatro hijos: Ángela, Carlos, Jorge Alejandro y Silvia.

Como si fuera poco sus aportes en jurisprudencia han tenido eco hasta en recientes y trascendentales jurisprudencias: en relación con la incompetencia que tenía la Corte Suprema para definir sobre la inexequilidad de las leyes que aprobaban los tratados internacionales Medellín, sentenció que el alto tribunal podía aplicar un control constitucional previo a la ratificación de dichos convenios. Abruptamente su vida terminó el fatídico 6 de noviembre de 1985.


HE MUERTO

Según la prensa de hoy, acabo de morir. Perdido entre anuncios de espectáculos vivos está el aviso de mi muerte. No se trata de alguien que hubiera usado mi mismo nombre, aunque ya sería extraño, pues mi nombre es bastante singular. Siempre he creído que es lo único propio que tengo. Por eso siento celos con el muerto, es como encontrar en manos de otro algo que siempre hemos tenido por exclusivamente nuestro. Pero mi nombre está ahí, completo. Además, la dirección que figura es la misma de la casa que habito. Y, para que no quede duda sobre mi muerte, mis parientes invitan a las honras fúnebres y a la inhumación de mi cadáver.

Empiezo a sentir más liviano mi cuerpo. El espejo sólo revela su sombra. Llamo en voz alta y las palabras se estrellan contra las paredes para dejarlas pasar. Grito mi nombre, la palabra queda colgando del ropero y al caer sobre una flor solitaria la reduce a cenizas. Entonces te llamo varias veces por tu nombre, y las palabras me caen sobre el pecho como una llovizna de sonidos dispersos, luego resbalan y empiezan a cubrir el piso de la alcoba. Trato de recogerlas, pero casi todas están rotas, las pocas que se conservan completas ya no tienen sonido.

Todo indica que la noticia del periódico es cierta, sin embargo, hay circunstancias que aún me hacen dudar. Por ejemplo, al recoger pedazos de palabras, uno de ellos me ha herido la mano. Por su color deduzco que es la palabra amor.

Salgo a la calle. Los vecinos me miran y comentan: ahí va el muerto.

Difícil es comprender la impresión que produce la propia muerte. No es frecuente que uno muera todos los días.

 Del libro: El encuentro y otros cuentos. Publicado en 1982.

Por Redacción Judicial

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