Publicidad

Cascabeles en peligro

Para muchos campesinos del norte del Tolima y Cundinamarca, cazar y vender este tipo de serpientes es la única forma de sobrevivir.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Olga Lucía Garzón / Especial para El Espectador
19 de junio de 2009 - 10:41 p. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

En el campo no hay mucho qué hacer, y por eso un buen número de habitantes encontraron en la caza de cascabeles un “desvare”, o la forma de no dejarse morir de hambre ni a sus familias.

Sin ningún temor, se enfrentan a este venenoso animal, con tal de ganarse lo del día, como lo asegura César, un campesino de la vereda Gramarotal, del municipio de Beltrán en Cundinamarca.

“Se coge un palo, se le pone una cuerda enrollada, las agarra uno por el cuello y rápido las mete a la fibra”, describe uno de los campesinos el ritual diario para apresar a éste venenoso vipérido.

Hombres y mujeres se han vuelto expertos. Todo por conseguir el dinero que les pagan por las serpientes. Se trata de una reventa: los campesinos las cazan y las venden a $30, $40 ó $50 mil, según el tamaño, a otros habitantes, que a su vez tienen contacto, según dicen, “con un ingeniero de Bogotá”, que se las encarga para fabricar cápsulas que supuestamente curan el cáncer. Él les paga hasta $100 mil por un animal.

Los campesinos solamente las venden, pero les han contado que en Bogotá las preparan para los remedios. “Freddy es el que nos las compra. Viene él mismo en una buseta que compró con lo que se ha ganado de las serpientes y las lleva”, relata el labriego.

Continúa: “Él trabaja con un ingeniero civil. Él mismo hace las preparaciones. Les quitan el cuero, lo tuestan y lo muelen. Ahí queda un polvo, lo revuelven con no sé qué otros elementos, y de ahí sacan las cápsulas”, comenta el habitante.

Otras personas hacen remedios caseros con las serpientes. “Aquí sobre todo viene gente de pueblos del Tolima, de Cundinamarca y hasta de Bogotá; las necesitan para muchas cosas y las usan de varias maneras”, dice Jazmín, una ama de casa que sostiene su familia con la compra de serpientes para la reventa.

“La gente corta la serpiente, le saca la sangre y la revuelve con brandy. A una señora hace poco le diagnosticaron cáncer. Ella se hizo eso, y dice que se han sentido mejor”, señala Jazmín.

La muerte les llega de maneras aterradoras a estas víboras. El maltrato es evidente, porque otros inescrupulosos las encargan únicamente para quitarles los cascabeles porque tienen un agüero.

“Uno coge la culebra, le quita los cascabelitos y se los entrega a la persona. La serpiente se suelta lejos. Eso es un peligro porque ellas quedan muy toreadas cuando uno les hace eso”, manifiesta César.

La creencia consiste en que la persona se carga los cascabeles y cuando está en peligro éstos empiezan a sonar. “Es decir, ellos avisan cualquier desgracia”, señala el campesino que asegura que entonces a ese individuo no le pasa nada.

Esta práctica se ha hecho durante los últimos 10 años, por lo menos. Por eso ahora hay pocas cascabeles. “Antes se cogían hasta cuatro diarias por persona, eso era como 50 al día, pero ahora hay que rebuscarlas en el monte porque las han matado… les han dado duro”, indica César.

Dicen que algunas autoridades son cómplices del hecho porque la caza y el transporte de ellas es obvio.

“Las echan en una fibra y después las empacan en cajas de cartón frescas. A veces las llevan en el mismo bus diciendo que es mercado”, cuenta el campesino.

“A él (a Freddy) le han pegado unas sacudidas feas, claro que a lo último se hizo amigo de los policías y les pasaba la palada para que no jodieran”, afirma César, de 70 años de edad.

Pero las siguen vendiendo, las siguen encargando. Los campesinos dicen que de vez en cuando aparece la Policía advirtiendo sobre la prohibición de cazar las cascabeles, pero pese a esto no hay quién haga algo por preservar la especie en el norte del Tolima y veredas de Beltrán y Guataquí, en Cundinamarca.

“Dicen que está prohibido, pero qué más hace la gente por acá”, concluye el campesino.

Por Olga Lucía Garzón / Especial para El Espectador

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.