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Cerro Burgos es un puerto de dos calles: una paralela al Magdalena, donde los taxis esperan a los pasajeros que llegan en chalupa de Magangué o Barranca para llevarlos, por la otra calle —perpendicular al río— hacia Simití o hacia Santa Rosa del Sur. Simití vivió mansamente a orillas de la ciénaga desde el siglo XVI, cuando fue fundado como refugio por los vecinos de Mompox que temían ser, como Cartagena, atacados por piratas. Por Mompox pasaba el oro de Antioquia y Cauca. Santa Rosa del Sur produjo 48.000 kilos de oro en 2009 y por eso paramilitares, guerrilla y grandes compañías mineras como la Anglo Gold Ashanti están tras el tesoro. El Eln controló las minas mucho tiempo y los paramilitares entraron a sangre y fuego en cumplimiento de sus planes. Cerro Burgos es la puerta del sur de Bolívar. Julián Bolívar, jefe paramilitar, confesó así el inicio de los operativos:
“Fue en Cerro Burgos (a donde) entramos el 11 de junio de 1998 y pasamos el río Magdalena. Allí matamos una mujer y un hombre. Eran elenos, milicianos. Con ellos, arrancamos a Simití. Nos demoramos 15 días porque nos hostigaban y había minas quiebrapatas. Había unos coordinadores (nuestros), encargados de hablar con la policía: ‘Ahora háganse pa un lado, que vamos para adentro’. Eso todo el mundo lo sabía”.
1. El Garzal es un corregimiento de Simití al que se llega desde Cerro Burgos después de mirar durante dos horas las orillas del río Magdalena. El paisaje puede ser monótono para quien no converse con los campesinos, que viajan y ven cosas que uno no ve a simple vista. Por ejemplo, los diferentes cauces que el río ha usado —llamados “rompidas” o “madreviejas”—, verdaderos caminos que el agua, rigurosa y aventurera, abre a golpes de creciente. Esos cambios hacen que las fincas queden un día al lado del río y al siguiente año al otro lado. De ahí que muchos linderos cambien y originen largos y tediosos pleitos. Pero es también una forma, digamos, democrática de repartir la humedad, crear y ahogar playones, y de abrir o cerrar las bocas de las ciénagas. La formación de islas es maravillosa. Suele comenzar con un tronco que la corriente arrastra y clava en un “secadal” que se convierte en una trampa de arenas, ramas, buchón y hoy hasta de basura . La trampa se convierte en un retén de materiales flotantes hasta que alguna semilla de un mimbre cae, prospera y crea un semillero de especies de playa que al afirmarse se transforma en una pequeña pista donde los patos aguja descansan y cagan abonando lo que cada invierno es más isla y cada verano más playón. Parece una metáfora de la colonización, de la manera como llegan los campesinos, se establecen y se quedan, hasta que otra gran corriente —como pasa en el río— los saque para formar isla. También los patos son colonia, vuelan en rigurosa formación delta desde Canadá hasta el Magdalena para escapar del invierno. Llegan, se calientan y regresan al frío hasta el año siguiente.
Debajo de un mango a orilla del río me esperaban los campesinos de la vereda Nueva Esperanza, corregimiento de El Garzal, para dar su versión sobre el litigio que tienen desde hace 20 años con un terrateniente, Manuel Enrique Barreto. Sobre el lomo de un terraplén construido con recursos de Colombia Humanitaria, la Alcaldía y Swissaid para impedir el desbordamiento del Magdalena, recorrimos en motocicleta los ocho kilómetros que hay desde el puerto hasta el centro de la comunidad, constituida por 340 familias que cultivan cacao, maíz y arroz, sin olvidar, por supuesto, el pancoger. El Garzal es un dormidero de garzas a donde llegan muy puntuales a la caída de la tarde a pasar la noche y a tirar. Al amanecer volverán a sus sitios a pescar y pasar el día solitarias en una pata. Parecen vivir en éxtasis permanente.
En la década del 60 llegaron a la región los primeros colonos. La mayoría de El Banco, Tamalameque, Majagual y Rioviejo, venían a pescar en los veranos, cuando las ciénagas se enrarecen, el agua se calienta y los peces salen a desovar en aguas limpias. Los pescadores llegaban —y aún es costumbre— con su familia, bártulos, redes, trasmallos y aparejos. Vivían tres meses y vendían el pescado a comerciantes que lo negociaban en Gamarra o en Barranca. En los primeros años del 60 se inauguró la línea férrea que unió por fin Puerto Wilches y Fundación y valorizó haciendas, expulsó campesinos, desterró arrendatarios y fomentó, por tanto, la colonización de zonas baldías y alejadas de las habitadas. Una historia conocida en todo el país. También por aquellos años nació el Eln en San Vicente de Chucurí, región dominada por las guerrillas liberales de Rafael Rangel desde el 9 de abril de 1948 hasta fines de los 50. Precisamente Vásquez Castaño, primer comandante del Eln, dirigió un ataque al tren en la zona del Opón, el 9 de marzo de 1967, golpe muy publicitado por la revista mexicana Sucesos. Eran los días de gloria de la Revolución Cubana. De modo que la apertura de la vía férrea, el nacimiento del Eln y la colonización de la región, sin estar vinculados directamente, se desarrollan al mismo tiempo.
2. Según los campesinos de Nueva Esperanza, los colonos llegaban “mirando donde hacerse”; se informaban con los ya establecidos sobre las condiciones para fundarse y convenían con ellos el sitio donde levantar un rancho vara en tierra y comenzar a tumbar monte. Luego “picaban” el área que buscaban trabajar, es decir, marcaban los límites de la futura finca. Hubo dese el comienzo unas reglas tácitas —muy sabias, por lo demás— para definir las posesiones. El primer criterio era el tamaño de la familia: por lo general una unidad de cinco o seis miembros, que significaba en realidad la capacidad de trabajo “a pulmón” —es decir, sin capital ni maquinaria— para abrir y cultivar una mejora o abierto. La finca posible de ser trabajada no excedía 50 hectáreas útiles, salvo si era una tierra de baja calidad. El segundo criterio era más interesante. El lema fue: “Nosotros no ambicionamos tierra sino compañía”. La compañía, el poblamiento de zonas baldías y solitarias, eran condiciones para el trabajo colectivo, para las mingas, para el uso del brazo cambiado, de la mano dada. Enfrentarse a la selva en solitario es imposible. Se necesita el esfuerzo colectivo. Abrir trochas, tumbar monte, quemar, sembrar, hacer puentes, defenderse del tigre, prestar auxilio, conversar, bailar, divertirse, sólo es posible en compañía. La imperiosa necesidad de la compañía trae aparejada otra: la igualdad entre colonos, un sentido democrático de hacer las cosas, de organizarse, de decidir en conjunto. Una condición que establece la identidad territorial, el gentilicio local. El trabajo colectivo permite que los “abiertos” se conviertan en fincas y las trochas en veredas. Luego, como en el caso de El Garzal, en corregimientos.
La primera actividad económica rentable fue la explotación de maderas comerciales. El Garzal fue rico en roble, caracolí, hobo, iguamarillo. Tumbar un palo de tres o cuatro abarcaduras a hachazos; cortarlo en bloques o tucas, según el caso; empujarlo por un canal hasta un río para llevarlo hasta el Magdalena, era labor de muchas jornadas. Solo cuando llegaban las lluvias era posible sacar las tucas al llenarse los canales y permitir que la madera flotara. En el gran río se hacían trenes o balsas con los troncos anudándolos y empujándolos con un pequeño motor hasta Magangué, donde se vendían a mayoristas de Barranquilla. Hubo también colonos que montaban un entable o aserrío para sacar la madera en bloques transportándola en mulas hasta el puerto.
La explotación maderera permitió a los primeros colonos una base económica para afrontar el descumbre de un primer lote para sembrar maíz, mejora que se inicia quemando la selva abatida para desbrozar el campo y usar las cenizas como abono. Tres meses después cosechaba el grano que vendían a intermediarios en el puerto, en Vijagual o en Cerro Burgos. Usualmente gran parte de la cosecha se guardaba para la familia y la otra para criar cerdos. El cerdo tiene dos enemigos mortales: los saínos, que andan en manada y ven en sus parientes genéticos un rival territorial, y el tigre, que los mata para alimentarse. Además de estos animales salvajes, la región era rica en león amarillo, caimán, guartinaja, venado. Estos dos últimos y la pesca de bocachico, bagre, blanquillo, doncella, dorada, sábalo, pacora, corocoro, moncholo, vizcaíno, ayudaron —y ayudan— a los colonos a sobrevivir. En algunas zonas de humedal se sembró también arroz, que tuvo una gran demanda en los años 70 y 80 y les permitió formar hatos lecheros. El plátano hartón, del que llegaron a sacar hasta 4.000 racimos por cosecha en una mejora, fue otro de los recursos comerciales explotados en gran escala, hasta el punto que las matas fueron usadas como medida de superficie. Así, un colono compró una finca con 2.000 matas, que equivalía a una hectárea. Los colinos o matas jóvenes de plátano sirvieron también como moneda. El negocio prosperó hasta la llegada de la sigatoka negra, que, según los afectados por esta enfermedad, llegó de mata en mata desde el Urabá. Una licencia para decir que los peores males de la región vienen de esa esquina del país.
3. El globo de terreno de El Garzal es un nido de pleitos entre colonos y los herederos de Barreto. La historia contada por los campesinos pone el origen del contencioso en los bonos territoriales que el Gobierno concedió a The Colombian Railways & Navigation Ltda (CRW) en 1921 a cambio de la construcción de ferrocarriles en la costa y seguramente del tramo Fundación-Ciénaga. El gobierno de Marco Fidel Suárez, autor de la célebre doctrina de mirar hacia la estrella del Norte —réspice polum—, otorgó títulos territoriales sobre una zona extensa, que después de la disolución de la CRW quedaron en manos de un socio de la compañía, Antonio Borda Carrizosa. Los títulos fueron notariados pero no registrados y en ese hecho nace gran parte del lío, pues el Incora declaró baldíos de la Nación los terrenos de la zona y en consecuencia procedió entre 1990 y 2004 a adjudicarlos a 64 campesinos, la mayoría ya ocupantes de los predios.
No obstante, durante el gobierno de Uribe los grandes propietarios se opusieron a ese derecho reconocido por el Incora y aprovechando la creación del Incoder, los terratenientes alegaron en 2005 que la propiedad estaba compuesta de dos globos, Pita y El Mono, que suman algo más de 10.000 hectáreas, ubicados en El Garzal. Uno de los enredos consiste en que 12.000 de las 18.000 hectáreas del corregimiento son humedales, playones o ciénagas, terrenos que reclaman los sucesores de Barreto. El asunto no para ahí. Los campesinos afirman que los títulos de 1921 aparecen en 1970 a nombre de tres personas: Martín Vargas Camelo, Johel Naranjo Escobar y Manuel Enrique Barreto Díaz, que pignoraron sus derechos a Fedearroz y otras entidades. Barreto vendió gran parte de los lotes originarios a familiares de su esposa, Maritza Esguerra de Barreto.
Para los campesinos no deja de ser sospechoso el hecho de que entre trámites de compra y venta sucesivos, la superficie demandada por los Barreto-Esguerra fue aumentando y hoy reclaman un terreno mucho mayor que el original y que engloba casi todo El Garzal. Más claro: los linderos del corregimiento se traslapan con los demandados por los terratenientes
El modelo de apropiación de terrenos baldíos y de playones, ciénagas y humedales, muy conocido en la costa, fue el mismo que usaron Martín Vargas, Johel Naranjo y Manuel Enrique Barreto con el predio Guasimales en el municipio de Córdoba, en la región de Montes de María. Allí estos tres personajes compraron 300 hectáreas y con las sucesivas compras y ventas mutuas terminó siendo un globo de 2.000 hectáreas que incluía ciénagas y humedales. La propiedad terminó en manos de Mike Ramírez, un narcoparamilitar extraditado a Estados Unidos.
4. Vecino de El Garzal es el predio llamado hoy Sucumbeza, anteriormente de nombre Bonanza, donde aterrizó el Fokker de Avianca que el Eln desvió en 1999, delito por el que Pastrana suspendió las negociaciones de paz con esta guerrilla. El predio había sido allanado en 1989 bajo la sospecha de ser una fábrica de cocaína y una pista clandestina. Los campesinos sostienen que en ella solía aterrizar los viernes un avión de línea entre Bucaramanga y Santa Rosa que dejaba a Pablo Escobar y lo recogía el lunes. Agregan que en la mayoría de la hacienda se reunían los jefes de las Auc desde que tomaron control del territorio, comandados por Julián Bolívar y orientados por Manuel Enrique Barreto, a quien en efecto el paramilitar nombra en sus confesiones a Justicia y Paz. Barreto, no obstante, era conocido por presuntamente haber ordenado el asesinato en 1985 de Pablo Acuña, poderoso dirigente de la ANUC en las sabanas del Magdalena Medio.
Después de unirse a la estructura paramilitar del Bloque Central Bolívar en 1998 y presionar a los campesinos de El Garzal para que desocuparan los predios e incluso ofrecer 600.000 pesos a quienes se le unieran en dicha empresa, aparece un certificado de defunción de Barreto en 2006. Desde entonces los terrenos son reclamados por sus hijos Jaime y Jairo y otros miembros de la familia. No sobra decir que hoy en Sucumbeza se cultivan 1.000 hectáreas en palma africana y que Jaime y Julio son propietarios de la compañía Equipos y Soluciones Logísticas, contratista de empresas petroleras y del Ministerio de Defensa.
Con lo anterior, las medidas de protección de tierras de población en riesgo de desplazamiento que habían sido otorgadas por la Alcaldía de Simití a los campesinos de El Garzal fueron levantadas, pese a que hasta hoy la Defensoría del Pueblo y el Sistema de Alertas Tempranas consideran que las comunidades están en alto riesgo de desplazamiento y que sus bienes corren peligro de ser despojados.
El Incoder no ha clarificado los títulos dados por el Incora tanto sobre las posesiones de campesinos como sobre los límites de los títulos que fueron otorgados a la compañía ferrocarrilera. El alinderamiento fue hecho por peritos del Incoder, pero los polígonos en litigio no se conocen aún. Si los títulos originarios no fueron registrados, carecen de validez y el Incoder debería declarar baldíos los terrenos y proceder a adjudicarlos en firme a sus actuales poseedores, que los trabajan desde hace 40 años de manera pacífica y efectiva.
5. Hoy, como se puede ver, los colonos son pequeños y medianos finqueros, organizados en una poderosa junta de acción comunal, dedicados al cultivo de cacao, plátano y arroz. Las amenazas contra los dirigentes han obligado a varias ONG —Peace Watch, Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, Justapaz, Swissaid, Pastoral Social, ECAP, Suippcol, ASK, Red de Iniciativas y Comunidades de Paz y la Fundación Chasquis— a estar presentes día y noche para evitar que las intimidaciones se hagan efectivas. La vigilancia y la participación son un recurso efectivo para que exista la comunidad campesina de El Garzal y sean reconocidos sus derechos de permanencia en un territorio que han ocupado y usufructuado durante 40 años.
'Julián Bolívar' y Manuel Enrique Barreto
El bloque Central Bolívar de las autodefensas nació de las escuelas paramilitares de Puerto Boyacá y el Magdalena Medio que, a finales de la década de 1970, empezaron a brotar en el sur de Bolívar. Era un territorio en el que el Eln tenía profundas raíces. Este grupo paramilitar delinquió en ocho departamentos y dejó 14.000 víctimas. Rodrigo Pérez Alzate, alias ‘Julián Bolívar’, su comandante, declaró ante Justicia y Paz el 26 de octubre de 2009 sobre su llegada a la zona : ““Entonces ‘Macaco’ se comprometió con 100 hombres para esta operación ‘Bolívar’. Luego me reúno con Enrique Barreto, quien estaba hablando a nombre de unas comunidades. Gente que le había tocado abandonar sus tierras, sus propiedades y sus bienes por la persecución del Eln. Les habían robado los ganados y después de haber acudido a todas las instancias de los organismos de seguridad no habían encontrado ninguna respuesta. Entonces acudieron a Vicente Castaño”.
Nueva esperanza
El Garzal es un corregimiento de 11 mil hectáreas que pertenece al municipio de Simití, sur de Bolívar. Está situado a orillas del río Magdalena, a dos horas de Barrancabermeja y a pocos kilómetros de San Pablo y Monterrey. De las 11 mil hectáreas que componen El Garzal, cerca de 4 mil son tierras cultivables; el resto son humedales y ciénagas, que por ley no pueden ser adjudicadas. Durante años estos terrenos permanecieron deshabitados, por lo que jurídicamente son baldíos que le pertenecen a la Nación. En la década de los 50, campesinos de Córdoba, Sucre, Santander y Antioquia empezaron a poblarlos y hoy continuán reclamando los derechos de posesión que el tiempos les ha dado.