
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Ese día nos gastó champaña muerta del frío a un grupo de reporteros de Todelar. ¿El motivo? El compañero jefe, nacido hace cien años, el 30 de junio, quería felicitar al director del Noticiero, Jorge Enrique Pulido, por haber ganado el premio Efe de Periodismo por su trabajo en la firma de los tratados Torrijos-Carter en Washington.
Año de 1977. López y un tal García Márquez Gabriel, ambos amigos personales del general Torrijos, encabezaban la delegación de Macondo.
No era la primera champaña por cuenta del “Pollo” López. Antes nos había gastado el espumoso licor en el vuelo en el Fokker presidencial entre Washington y Nueva York, después de la firma del tratado que le devolvía el Canal a sus legítimos dueños, los panameños, expaisanos nuestros. Pulido no accedió a que hiciéramos el recorrido en tren entre las dos ciudades: “Nos vamos en el avión presidencial; de pronto hay chiva”. Y donde manda capitán, obedecen aplastateclas, palabrotraficantes.
Los medios de entonces echaron la casa por la puerta
y las ventanas para ese cubrimiento. Ni que nos fueran a devolver el canal a los colombianos. Por Todelar, además, del enano Pulido, fuimos Martha Montoya, quien se perfilaba como una de las duras de la redacción política, y quien garrapatea esta líneas. Ignoro el porqué Martha no salió en la foto del maestro Sady en la que López luce, relajado, con una sonrisa que era más bien escasa en su rostro.
Le debo a López mi libreta militar para poder viajar al cubrimiento. No tenía ese documento. Años antes, en Medellín, había salido apto para el ejército de mi patria colombiana, pero me declaré en rebeldía y nunca aparecí para vincularme a las filas.
Cuando Pulido dio la orden de alistar papeles, le aclaré que no tenía libreta. Intrigamos ante un alto militar que ordenó entregármela en un solo día. Del nombre del militar no debo acordarme. Cuento el episodio porque al momento de aproximarme a la edad del erotismo (69 abriles) no creo que me vayan a obligar a tomar las armas. Soy un alzado en almas que toca toda la madera del mundo para que salgan adelante las conversaciones de paz en La Habana.
En la Casa Blanca, en Washington, una ciudad más bien jarta donde nadie es importante, Pulido le había hecho una entrevista “exclusiva” al presidente Carter que tenía más cara de benévolo cultivador de maní en su tierra, que de presidente. El jefe Pulido, as de la redacción política, y tremendo improvisador, con su tronante voz siempre impostada, le arrancó unas palabras inofensivas a Carter. Los que adjudican el premio Efe de periodismo no las consideraron irrelevantes, y le dieron el premio al hombre que sería convertido en mártir del periodismo por la mafia de Pablo Escobar.
Hasta la diminuta mamá de Pulido Sierra bebió champaña lopista en Palacio. Estaba radiante con el premio otorgado a su brillante vástago bogotano. Omaira, la mujer de Jorge Enrique (bueno, la primera esposa, porque el eterno enamoradizo bogotano fue reincidente en epístolas), no se cambiaba por nadie. Lo mismo Olga Behar, que empezaba a pisar duro en el periodismo.
“Cucos” Behar, quien ahora escribe libros a dos manos con su hija, no respetó pinta y prendió su cigarrillo delante del anfitrión. Nadie dijo esta boca es mía. Era usual fumar cerca de cualquier pulmón. Graduamos a miles de fumadores pasivos. Que nos perdonen quienes no nos acompañan por nuestra culpa.
Completábamos el contingente de invitados que aparecemos en la foto, mi compadre el apuleño Juan Darío Lara, de bigote libidinoso de cantante de boleros, entonces jefe de redacción de Todelar, y este negro. Fernando Álvarez, un gigante barranquillero talentoso que nos acompañó en el cubrimiento, se quedó en su casa de Nueva York.
Como de costumbre, cerca de López andaba ese día Romerito, hecho para callar, como los ascensoristas de Nueva York. Fue su abnegado jefe de seguridad desde los tiempos de la ardua campaña que me tocó cubrir en compañía de colegas que son carne de eternidad: Gabriel Gutiérrez, de El Tiempo, y el gabinetólogo opita Carlos Murcia, de El Espectador. Romerito era discreto como una monja de clausura. Se habría llenado de oro si hubiera hecho como los mayordomos de los famosos y hubiera contado su vida al lado de López. Me alquilo para asesorarlo.
Hubo una colada especial que no tomó champaña. Se trataba de Lara, la perra de “profesión” dálmata, con su piel de vaca, materia prima de decenas de caricaturas del maestro Osuna. Y del maestro Klim quien le dañó más de un desayuno al mandatario con sus columnas en El Tiempo del cual tuvo que salir pitado. El Tiempo se puso ante la alternativa: o el mejor humorista de la comarca, o el compañero jefe. El divino Klim perdió por 5-0 y regresó a El Espectador.
Lara apareció por ahí como Pedro por su casa y como no vio nada interesante regresó a su base. Por la noche le ladró a la luna que alumbraba por los lados del barrio de la Candelaria, donde vivieron el poeta Silva y su hermana, “bella solo de perfil”, según le oí decir a López una noche de versos en la Casa de Poesía Silva.
Seguramente estaba presentando algún libro. Se tenía confianza como prologuista. Generalmente, era mejor el prólogo que el libro.
Otra noche bogotana López hablaría en los 50 años de la reedición de la novela “Quién dijo miedo”, de Jaime Sanín Echeverri. Con una mezcla de ironía y sarcasmo, dos de sus dos nada secretas armas para interpretar el mundo, el constitucionalista e internacionalista recordaría que en sus mocedades literarias, cuando escribió otra novela, “Una mujer de cuatro en conducta”, Sanín se ocupó de la prostitución, no para practicarla, sino para cantar sus penas y alegrías. Igualó a Sanín con Jorge Isaacs, José Eustasio Rivera, y los cultores del realismo mágico.
Nadie que se acercara al expresidente Alfonso López Michelsen se iba con las manos vacías. Los reporteros que cubrimos su campaña política primero y su presidencia después salíamos enriquecidos así fuera en verbos como “chambonear”, una gimnasia mental consistente en ensayar para llegar a algo concreto.
Sus discursos de campaña eran breves pero suficientes para impactar, reclutar electores o sacarles la piedra a sus antagonistas. “Las noches son del gato”, dijo en una ocasión y trinó el expresidente Lleras Restrepo.
Del “Pollo” López decían amigos y enemigos que hablaba y ponía a pensar a la parroquia. O a dudar. Después de pensar pocos le daban la razón. Pero había armado el tierrero. Lo aburrían las aguas mansas.
Un documento suyo no tenía presa mala. En eso se parecía a alguna de las damas que daban tres patadas y resbalón por posar a su lado, antes y después de su mandato. Extraña forma de mejorar el currículo el de las bellas de la parroquia.
Claro que aurículas y ventrículos del profesor de derecho de la Universidad Nacional, pertenecieron a su esposa, doña Cecilia Caballero, de quien confesó en alguna ocasión que le debía el 85% de su éxito.
En el fondo y en la forma, los documentados lopistas salían de su cacumen. Al menos era la conclusión que sacábamos muchos de quienes teníamos que trabajar materiales salidos de su despacho en el Palacio de San Carlos, entonces sede presidencial, donde bebimos champaña por su cuenta.