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Ella se movía con el viento, con las manos abiertas como si lo estuviera abrazando y, entre miradas de asombro y espanto, algunos se atrevían a tacharla de extraña. Fue un sueño de su abuela, esa manifestación reveladora que aparece justo antes de abrir los ojos, en la que se dio por sentado que todas las mujeres debían rendirle tributo a la brisa. Se hizo. Cuando suena el kasha todo aquel que escuche su sonido está invitado a bailar.
La carretera, mitad lodo, mitad pavimento, es cada vez más desastrosa. Desde hace tres días la lluvia ha dañado el camino, ningún conductor se atreve a salir de Riohacha sin examinar el cielo dos veces y decir que por el clima el trayecto se hará más largo y, por tanto, más costoso. Una camioneta de platón, resultado del contrabando en Venezuela con gasolina de la misma procedencia, emprende el recorrido que toma, más o menos, 40 minutos. El punto de llegada es a 17 kilómetros de la capital, vía Valledupar, pero quien no conozca esas tierras se pierde entre el verde abundante y los pocos carteles regados que, si se alcanzan a leer, confirman la presencia de rancherías.
Pensar hace 27 años que un arijuna —un no wayúu— podía pasarse toda la tarde observando y formando parte de la cultura indígena de La Guajira era absurdo. Lo fue para la madre de Cecilia Acosta, cuando su hija, una wayúu quien servía de guía a los turistas del Cabo de la Vela, le dio la palabra a unos manizaleños para que vivieran la experiencia con su comunidad. Obtuvo un no rotundo, pero su tío, que por edad tenía mayor autoridad sobre los terrenos, le dijo que aceptaría con ciertas condiciones. Que no le tomaran fotos porque le quitaban fuerza a la esencia de su alma; que, por mucha curiosidad que tuvieran, no entraran a su casa; no debían darles nada de comer a los niños y si él veía que se reían de algo entonces se iba. Ese fue el primer encuentro. Hoy todo es distinto.
“Por el molino a la derecha”, dijo un transeúnte, para indicar que la ranchería Io Iwouyaa —significa ‘la estrella que anuncia la llegada de las lluvias’— estaba pronta a descubrirse. El vehículo se parquea cerca a lo que parecía ser un comedor, más tarde se sabría que los wayúu no lo usan, ha sido una de las pocas reformas, como el baño y las cabañas, para que los visitantes no tengan un impacto tan fuerte al momento de permanecer ahí. Varios niños, alrededor de seis, corretean descalzos y le muestran a un fotógrafo barranquillero las manillas que han hecho en menos de 30 minutos. A lo lejos, una morena con una manta blanca de rayas negras se aproxima, se llama Ángela Vanessa Ibarra Acosta y, aunque sus primeros apellidos confundan, es una wayúu de 24 años educada en ambas culturas, quien es parte del clan Abpüshona y, como ella contará después, es la líder de la microempresa que su familia oficializó seis años atrás.
Ángela Ibarra descuelga los chinchorros, mientras los pequeños se le acercan para que les pinte el rostro, “el motivo es de alegría porque ustedes están acá”, cuenta, mientras plasma soles rojos en los pómulos de cada uno. El yonna, nuestro baile, se iniciará cuando lleguen los demás, por ahora pueden ir explorando, dice, mirando al horizonte. De esas dos mil hectáreas de propiedad sólo está permitido adentrarse en una parcela.
“A esa mujer la compraría por cien chivos”, le comenta en wayuunaiki un hombre a otro. Acababan de matar al animal para que se cocinara en leña y pudieran ofrecerles a los 15 turistas que terminarían llegando —con sus cámaras y grabadoras— el friche, su plato típico, que se acompaña de bollo, arepa y arroz con fríjol.
El kasha retumba. Los niños dan saltos de alegría y la tierra mojada por la tormenta se impregna de túnicas rojas y velos amarillos. En el baile se condensa el poderío femenino. Una mujer inicia la danza. Ella misma la termina. El hombre camina hacia atrás, tratando de no ser tumbado, de eternizarse en el sonido, de seguirle su paso. Al fin y al cabo, ella manda. En todo.
Duran encerradas días, meses, quizás años para ser señoritas. Cuanto más tiempo permanezcan así, más alto será el dote, en chivos o collares, que ofrecerán por su compañía. “El pago de una dote no significa que el hombre está comprando a una mujer. Él lo que compra es la aceptación y la aprobación de la familia. También es una forma de que la valore. Como le costó, le debe ese respeto”, enfatiza Ángela Vanessa Ibarra, quien estuvo un mes en encierro porque tenía que regresar a estudiar. “No hay una ceremonia de matrimonio, el hombre entrega la dote y es en ese momento que se dan por casados. Todo es de palabra, por eso la palabra tiene un valor muy significativo, se respeta y se hace respetar”.
Es sólo una tarde, casi un instante fugaz en el que el intercambio es posible. Ellos usan gafas Ray Ban, cuanto más vistosas, mejor, posan con picardía ante cualquier lente extranjero y no dejan de fijar su atención en los otros, los no wayúu, que los miran deslumbrados, que desean ese estilo natural de enfrentar la adversidad, donde la simpleza es un encanto y las tradiciones, una religión.