La convocatoria estuvo en manos del consulado que envió correos electrónicos invitando al evento al que asistió Juan Meyer, embajador de Colombia en Alemania, algunos estudiantes bogotanos y algunos otros del Valle del Cauca. Al evento no asistieron más de cuarenta colombianos.
En Berlín la oportunidad también fue utilizada para abogar por el respeto a las minorías étnicas y los derechos de las mujeres que en ningún caso tiene por qué asociarse a un interés de un partido político en específico. Son actos político, pero no partidarios, son esfuerzos ciudadanos. En el caso de Berlín una marcha por la vida cobra un significado relevante por su historia; en Colombia marchar por la vida también significa marchar por cambiar los conflictos de clase, raza y género; conflictos que sin resolución justificaron los actos más atroces durante el holocausto en el tercer Reich. Estos conflictos atraviesan todas nuestras prácticas de violencia como colombianos.
Querer hacer de nuestro país un país más igualitario en todas esas esferas no tiene filiación partidista. Esto es un objetivo intermedio para mejorar nuestra mentalidad, nuestra sed de venganza y dar otro paso hacia la resolución de nuestro pasado por vías diferentes a las de la guerra, la violencia y la muerte. Países como Alemania y Colombia tienen mucha tela que cortar para perdonarse a sí mismos por la responsabilidad que tiene sus gobiernos y nosotros como ciudadanía en las millones de muertes que ha cobrado el conflicto en todas sus esferas, no sólo políticas y partidistas.
Por esa razón, el apoyo representado por la comunidad colombiana en Berlín es emblemático en tanto son colombianos que viven en un país que aún lucha por restituir y resarcir los errores del pasado. La diversidad en Colombia es el capital cultural, humano, biológico, material, geográfico más grande de todos. La vida es nuestro recurso más importante, no la muerte como nos han hecho creer las últimas seis décadas de nuestra historia.
Es una pena que un mensaje tan básico se politice por un lado en manos del discurso oficial que busca brillar al atribuirse logrado el sueño de muchos colombianos de vivir sin más guerra y violencia; y por el otro se convierta en las críticas de aquellos que quieren venganza y sangre para perdurar. Hay que recordar que la Alemania nazi fue controlada por un sistema de propaganda que evocaba los deseos más básicos de su población y dirigían el odio hacia ciertos grupos humanos. ¡Qué el mensaje de “la vida es sagrada” no se llene de estratagemas y manipulaciones políticas, no nos dejemos distraer!