9 May 2021 - 2:00 a. m.

¿Cómo es ser joven en la Colombia del fin del mundo?

Los investigadores principales de la Encuesta Mundial de Valores comparten el capítulo sobre jóvenes que forma parte del libro “Un espejo para mirarnos”, editado en Medellín por Comfama.

Andrés Casas y Nathalie Méndez * / ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR

Sin duda, la gran pausa de 2020 nos mostró que si algo es cierto es que en el siglo XXI los shocks nos llegan simultánea y democráticamente. 2020 es el fin del mundo que muchas generaciones conocimos. Por eso, cuando todo se derrumba, las frases de cajón no demoran en aparecer, por ejemplo: “Los jóvenes son el futuro de una sociedad”. Lo hicieron desde el amanecer de este siglo, cuando la opresión de gobiernos resistentes al cambio -a controlar la violencia escolar, la de género y policial- y los problemas ambientales desbordaron las disculpas de los adultos llenando las calles y las pantallas de jóvenes que tomaban la batuta del cambio. (Recomendamos: el creciente fenómeno del desempleo juvenil).

Asimismo, las otras revoluciones juveniles de este milenio -la digital, la del entretenimiento, la del emprendimiento instantáneo o la del perspectivismo radical- rompieron las expectativas de conformidad del paso del tiempo, de la espera del turno y de los techos que se supone las personas deberían alcanzar en cada sociedad. Cuando recién presentamos los nuevos datos de la Encuesta Mundial de Valores (EMV) en 2019, en el programa de radio Hora 20, la moderadora invitó a un par de periodistas jóvenes de su equipo a comentar los resultados disponibles del primer análisis de la encuesta que habíamos publicado con el apoyo de Comfama y la revista Arcadia en un número especial dedicado al cambio cultural en el país antes de la pandemia. En esa ocasión, los datos descriptivos y los análisis multivariados disponibles no llenaron las expectativas de nuestros jóvenes inquisidores, quienes afirmaron que la encuesta no los representaba como grupo poblacional.

Por esta razón, aprovechamos la amable invitación de Comfama en esta publicación a ir profundo en los datos e identificar los principales rasgos culturales para enfrentar la disrupción que en cuenta regresiva nos confirmó 2020. En particular, queremos explorar la pregunta sobre cuáles son los retos y las oportunidades de los jóvenes de las diferentes Colombias en el filo de la navaja que serán los próximos años. Nuestra pregunta no es retórica, es ante todo empírica, y aprovecha los datos de la encuesta más antigua y citada de la historia de las ciencias sociales. La Encuesta Mundial de Valores, un proyecto colectivo que empezó en la década de 1980 para entender el desarrollo humano desde la perspectiva de la modernización, en la cultura cumple un rol fundamental como factor explicativo. (Más: ¿Quiénes son los jóvenes que marchan?).

En Colombia se aplica desde 1995, y desde 2010 hemos hecho innovaciones locales para contribuir a pensar los temas de paz, diversidad étnica, confianza organizacional y, recientemente, los efectos del COVID-19 en nuestros procesos sociopsicoculturales. Nuestro equipo a escala mundial reúne a cuatro generaciones de investigadores que contribuyen a su desarrollo período a período, en lo que llamamos “olas” de medición. En sí misma, la encuesta es un trabajo de cooperación y diálogo intergeneracional que ayuda a actualizar y falsear lo que sabemos hasta ahora sobre el cambio social de las sociedades humanas.

En especial, en esta época de derrumbe final de los modos de contarnos la historia de la modernidad y la posmodernidad, la Encuesta Mundial de Valores ha sido especialmente citada para entender cómo sortear el derrumbe democrático que vivimos alrededor del mundo; el auge de la inseguridad existencial debido a las presiones económicas y demográficas, y en especial la ruptura del sistema de creencias hegemónico que mantenía unidas visiones aparentemente compartidas de la realidad y de lo deseable como familia humana.

Las siguientes líneas tienen un doble reto: ser certeros en los datos y a la vez interpretarlos a la luz de los desafíos de la sociedad contemporánea, una que vive una crisis de cooperación y empatía sin precedentes en la historia de la humanidad. Compartimos un análisis de los datos resultantes de la aplicación en relación con las diferencias entre jóvenes -definidos aquí como encuestados entre 18 y 25 años- y el resto de la población. Nuestra definición es etaria por razones técnicas, pero tenemos presente que ni la juventud es una palabra o una identidad monolítica susceptible de reducción desde los sesgos y los imaginarios del mundo adulto. Queremos aprovechar esta oportunidad para compartir reflexiones acerca de cómo la encuesta nos ofrece pistas sobre la transformación de valores intergeneracionales en Colombia, y pensar cómo aprovechar los vientos de cambio y la desorientación propia de navegar en aguas y territorios desconocidos sin mapa.

Concluiremos este texto con algunas impresiones sobre cómo abordar las realidades diferenciales y los retos que enfrentan los jóvenes a través de acciones de política pública y otras estrategias de coordinación entre distintos actores sociales. Todas estas ideas apuntan al importante papel de la educación para una época de transformación tecnológica y laboral sin precedentes. En un contexto así, la valoración de salidas intergeneracionales para construir una realidad sostenible en la que los pilares compartidos aún no están dados. Los retos no resueltos de la desigualdad creciente, la desconfianza institucional, la persistencia y la reproducción de múltiples formas de violencia, y el desperdicio creciente de la riqueza cultural y medioambiental, siguen siendo un lastre para el desarrollo sostenible e inclusivo en nuestro país.

La idea general es que los jóvenes no son el futuro, son el presente, destello actual de lo posible, de lo que será nuestra sociedad en la que puede ser la próxima década más crucial en la historia. Uno de los principales resultados de la Encuesta Mundial de Valores es que los jóvenes tienen un nivel alto de insatisfacción con la vida. Pero, ¿es este rasgo definitivo para condenar a una generación que vive en medio de una coyuntura crítica en la que se le pide perfección en una época marcada por la incertidumbre fluida, incluso para las libertades básicas que otra juventud, la previa, ganó en la segunda mitad del siglo XX? Tal vez esa insatisfacción con la vida es la que explica el deseo de buscar el cambio cuando todo parece colapsar.

Un primer hallazgo es que los jóvenes se sienten menos orgullosos de ser colombianos. Mientras el promedio para los mayores de 25 años es 2,74 -en una escala de 0 a 3, donde 0 es nada orgulloso y 3 es muy orgulloso-, los jóvenes tienen un puntaje de 2,53. Se encuentran poco satisfechos con la vida en comparación a los colombianos de 25 o más años. Sin embargo, no ocurre lo mismo con la situación económica que no tiene diferencias significativas.

No obstante, los jóvenes se encuentran más preocupados por su situación material en el futuro. Como se observa en una escala de 0 a 4, los jóvenes tienen mayores preocupaciones por no encontrar trabajo (2,17) o no poder dar a sus hijos una buena educación (3,66). El análisis también permitió identificar que para los jóvenes de hoy es más importante viajar y menos importante tener un contrato laboral indefinido.

Los jóvenes en Colombia se alejan cada vez más de los valores religiosos. De hecho, un 31,5 % se identifica como no religioso, mientras este porcentaje para el resto de la población es de 21 %. El mismo rasgo se observa al preguntar qué tan importante es Dios en sus vidas y la frecuencia con la que asisten a servicios religiosos, resultados que son menores en jóvenes que en mayores de 25 años. Desde un punto de vista de significancia estadística, los jóvenes prefieren en mayor medida inculcar valores relacionados con la imaginación, el trabajo duro y la generosidad. Por el contrario, tienen menor preferencia a inculcar valores más tradicionales como la religión y el ahorro.

Esta tendencia a preferir la igualdad sobre la libertad se explica también por el hecho de que los jóvenes se autoperciben como de centro, mientras el resto de los colombianos como de centroderecha. En una escala de 1 a 10, donde 1 es izquierda y 10 es derecha, el puntaje promedio para jóvenes es de 5,6, mientras para los mayores de 25 años es de 6,3.

También es interesante observar cómo se percibe el cambio social. Se observa que 65 % de los mayores de 25 años cree que la sociedad debe mejorarse poco a poco con reformas, mientras este porcentaje en los jóvenes es del 53 %. Por su parte, la acción revolucionaria como medio de cambio es acogida más por los jóvenes con 24 % frente al 13 % del resto de la población. De hecho, los jóvenes también muestran mayor disposición a unirse a huelgas o firmar una petición, un rasgo fundamental para una sociedad abierta y democrática.

Esta preferencia por valores que privilegian la imaginación y la generosidad se complementa con una mayor importancia de la igualdad para los jóvenes, que alcanza 55 %, mientras para los mayores de 25 años es de 43 %. En cuanto a las relaciones interpersonales, se destaca que la confianza en los vecinos es significativamente más baja en jóvenes que en los demás colombianos. Ahora bien, al indagar por qué grupo preferirían no tener como vecinos, los jóvenes se muestran más tolerantes a la convivencia con las poblaciones LGBTIQ, personas que consumen alcohol y drogas, así como hacia los migrantes.

Una actitud más abierta y respetuosa de la diferencia frente a parejas del mismo sexo también se corrobora al preguntar si estas parejas serían tan buenos padres como otras parejas. En una escala de 0 a 4, donde 0 es muy en desacuerdo y 4 es muy de acuerdo, los jóvenes están un poco más de acuerdo con la afirmación. En relación con actitudes de género, defienden en mayor medida el derecho de hombres y mujeres por igualdad al acceso a trabajos. Asimismo, otro valor propio de la modernidad es la defensa del medioambiente. Los jóvenes son consistentes con este principio al defender de manera más férrea que se debe dar prioridad al medioambiente sobre el crecimiento económico, con 75 % frente a 68 % del resto de la población. Los jóvenes también creen que el mundo es mejor a causa de la ciencia y la tecnología.

Un hallazgo inquietante de la última medición de la Encuesta Mundial de Valores es que los colombianos, en general, siguen considerando que la política no tiene tanta importancia. Sin embargo, para los jóvenes de 25 años o menos, este porcentaje de desinterés es menor con significancia estadística. El 24 % cree que la política es bastante o muy importante, frente al 14 % del resto de población. En una mayor proporción, los jóvenes hablan más de política con sus amigos que los mayores de 25 años.

Este interés mayor en darle a la política un lugar de importancia no se traduce en mayor participación en partidos políticos. Los jóvenes están menos dispuestos a participar en este tipo de organizaciones. Son más activos a participar en otras de carácter deportivo, artístico, cultural y ambiental.

Esta falta de involucramiento con organizaciones políticas no se explica por mayor desconfianza en este tipo de estructuras. La confianza en partidos políticos e instituciones políticas en general, aunque sigue siendo baja, es estadísticamente similar para jóvenes y no jóvenes. Tienen menor confianza hacia la Iglesia, la prensa, la televisión y el Gobierno, mientras confían más en las universidades, las agencias ambientales y las organizaciones de mujeres. En cuanto a los principales medios para informarse, ellos y ellas usan menos la televisión, y más el teléfono móvil, el correo electrónico, la internet, las redes sociales y hablar con amigos o colegas.

Un mundo que se hace pedazos nos recuerda que, si el statu quo es obsoleto, también lo son las frases de cajón que servían de banda sonora de ese pasado. Ni los jóvenes son el futuro ni la imagen de que los jóvenes son apáticos frente a los asuntos públicos es una concepción acertada. Solo hay que mirar las redes que dominan, las tendencias que imponen y, sobre todo, las disrupciones que siguen motivando valientemente para arreglar el desastre.

Los datos nos muestran actitudes, creencias y normas más críticas de entornos institucionales y de condiciones materiales e inmateriales que no dan la talla. Los colombianos del fin del mundo que los viejos conocimos son más prosociales, incluyentes, abiertos y menos parroquiales que las cinco generaciones anteriores. El sueño de una sociedad que le invirtió al discurso de cambio a sus jóvenes, hoy puede decir que lo logró.

Sin embargo, las condiciones materiales y simbólicas no están a la altura de esas expectativas. Como vemos en el norte global, el mundo en desarrollo y el sur global comparten hoy las mismas crisis al mismo tiempo. Tal vez el fin del mundo nos traiga lo que algunos llaman suerte, que es cuando la oportunidad y el estar preparado se encuentran. En este caso una sociedad que por fin está preparada para tomar la oportunidad del cambio con compasión, creatividad, empatía y rechazo al fratricidio, a la violencia contra las mujeres y al desprecio por nuestras criaturas, aguas y tierras en especial contra las identidades que nos fundaron y las que ahora nos renuevan. Si algo nos legó la generación que se inventó a los jóvenes y su identidad disruptiva en el siglo XX, es la idea de que a toda revolución le llegan sus instituciones, y que para enfrentar la debacle del mundo pos-2020, el cambio incremental orientado por los valores que nuestros jóvenes tienen es el mejor chance que tenemos como sociedad.

* Se publica por cortesía de Lecturas Comfama, Caja de Compensación de Antioquia, y su editorial, liderada por el escritor Juan Diego Mejía. Este es uno de 12 ensayos que analizan y reflexionan sobre los resultados de la Encuesta Mundial de Valores que se hace en todos los países del mundo desde hace 40 años.

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