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Aunque no hay un instrumento de derecho internacional que especifique que los periodistas no son prisioneros de guerra, la doctrina es muy clara: si un periodista no toma parte en las hostilidades, goza de la protección del DIH. Tomar parte en las hostilidades es tomar las armas en favor de un bando y en contra de otro. En esto no hay ambigüedades.
Roméo Langlois es un civil que debe ser liberado, como deben ser liberados todos los demás secuestrados en poder de las Farc. Sin embargo, me temo que la guerrilla no ha entendido el mensaje que unánimemente le ha enviado la sociedad.
Dadas las circunstancias en las cuales Langlois fue retenido, a las Farc les puede parecer que el periodista francés no merece el trato de persona civil. Aunque oigan radio, vean televisión e incluso tengan internet en la selva, las Farc tienen un serio problema: el de pérdida parcial del sentido de realidad. En su realidad de movimiento que vive en la clandestinidad, su capacidad para interpretar adecuadamente la realidad está seriamente limitada.
(Nuestra capacidad también: aunque mucho menor, también sufrimos de una pérdida parcial del sentido de realidad. No sabemos a ciencia cierta qué piensan ni qué quieren los que siguen alzados en armas. No alcanzaremos un sentido pleno de realidad sino hasta que los escuchemos, incluso si eso significa que continuemos este conflicto).
Quizá las Farc se aferren a la etiqueta de prisionero de guerra que le han puesto a Langlois, justamente porque carecen de la interlocución que nos permite elaborar y reelaborar el sentido de realidad. O quizá se aferren a esa etiqueta por una razón distinta: incluso sabiendo que un periodista no es un prisionero de guerra sino una persona retenida contra su voluntad, en términos más claros, un rehén, un secuestrado, las Farc pueden considerarlo una ficha más para un proceso de negociación. A los ojos de la guerrilla, Langlois habría dejado de ser una persona para convertirse en un medio del cual extraer concesiones de los gobiernos colombiano y francés.
Para justificar que Langlois es un prisionero de guerra, lo único que las Farc tendrían que hacer es ponerse a la altura del leguleyismo de algunos congresistas, consejeros de Estado, etc., y desvirtuar con un truco retórico lo que el sentido de humanidad demanda en este caso. El problema es que nosotros no comemos cuento y eso tiene enormes consecuencias para el desarrollo de un futuro y aún incierto proceso de paz.