Es domingo. Te levantas. El reloj marca las cuatro de la tarde. La pesadez que te acompaña no es solo por el exceso de drogas y alcohol de la noche anterior. Te agobia la mera idea de todo lo que debes hacer. Recuerdas con quién estuviste, lo que hiciste y lo que dijiste. La noche anterior saliste con tu primo y alguien con quien estabas saliendo, pero que te rechazó diciéndote que solo te ve como un amigo. Una sensación te invade. No es tristeza, así todos puedan pensar que lo es. Es el fondo después de estar en la cúspide. Es la caída desde la cima.
Sales de tu casa hacia un centro comercial. Entras donde haya comida, no importa qué ni cuánta. Comes. Mientras piensas que ya creías superados los atracones, compras varios frascos de analgésicos que un amigo (“qué amigo”, dirás meses después) te recomendó para lo que piensas hacer. Vas a otro centro comercial. Más comida y pastillas. Llueve mientras tanto. Pides un Uber, pero lo cancelas. Vale más que lo que un taxi, que además dejará menos rastros de tu recorrido.
Llegas a un hotel y te registras en cualquier habitación. Te atragantas con las pastillas hasta quedar dormido.
II
Cuando Alejandro Palomino despertó, no estaba en la habitación del hotel cerca de Ciudad del Río, en Medellín, al que había ingresado más de 24 horas antes. La cama en la que despertó era la de un hospital al que llegó inconsciente, después de que su padre lo buscara frenéticamente. Era su sexto intento de suicidio en poco más de cuatro años. Para ese domingo de abril de 2018, ya estaba diagnosticado con trastorno bipolar tipo II, una enfermedad mental en la que se oscila en episodios hipomaniacos y episodios depresivos, que suelen ser de mayor duración. Pero Alejandro no siempre supo de su diagnóstico.
Desde pequeño, Alejandro, quien hoy tiene 23 años y vive en Medellín, ya presentaba algunos síntomas. Cuenta que todas las tardes, luego de llegar del colegio, se encerraba a llorar en su cuarto o se asomaba por la ventana del edificio y, mirando al vacío, se preguntaba qué pasaría si saltaba. Pero no fue sino hasta que se trasladó desde Armenia (Quindío) —donde vivía con su familia— a Medellín en 2012 para estudiar Comunicación Social – Periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana que se empezaron a desencadenar los síntomas de su enfermedad de manera más evidente.
A finales de ese primer año, se hizo evidente la necesidad de empezar terapia. Pero lejos de ayudarlo, esa primera visita al psiquiatra fue el desencadenante de algo mayor. Cuenta, criticando duramente la actitud de algunos médicos que —en su opinión— toman a la ligera este tipo de situaciones, que cuando fue le diagnosticaron depresión y, en consecuencia, le mandaron varios antidepresivos. “Me he encontrado con profesionales de la salud demasiado irresponsables. Este psiquiatra me dijo que tenía una depresión, que no era tan grave y que volviera en dos meses”, explica sentado en la mesa de un café al norte de Bogotá, en el que está acompañado por su psicóloga.
Las pastillas que se estaba tomando generaron una hipomanía, es decir, un estado de ánimo en el que se tienen grandes cantidades de energía, hay una felicidad desmedida, se necesita dormir menos y la persona puede adoptar conductas de riesgo. Fue tal la situación que, en ese estado, decidió dejar de estudiar comunicación y entró a la Academia de Aviación Antioqueña, solo por el pensamiento constante de que “la aviación es lo máximo”.
Pero cuando entró a la AAA, tuvo que dejar los medicamentos, pues “la aeronáutica no lo permite”, lo que lo volvió a llevar a la depresión. Adicional a esto, inició “una dieta muy estricta y eso me llevó a tener bulimia” —enfermedad que, con su 1,79 mts de estatura, lo llevó a pesar apenas 50 kg—. También, por la misma época, sus padres se separaron, empezó a alejarse de sus amigos y estuvo en medio de una “relación muy tóxica”. Todo esto fue un coctel que lo llevó, en agosto de 2014, a intentar suicidarse por primera vez. En los siguientes meses llegarían otros tres intentos.
“Yo, desde pequeño, siempre fui una persona como deprimida, pero mi mamá me decía ‘yo nunca lo noté’. Cuando ya estaba estudiando aviación empecé con una dieta muy estricta y eso me llevó a tener un trastorno de la conducta alimentaria. En medio de esa bulimia me quedé sin amigos, porque alejé a todo el mundo a mi alrededor, cambié de carrera, mis papás se separaron, tuve una relación un poco tóxica. En agosto de 2014 tuve mi primer intento de suicidio y empecé a buscar ayuda. fueron cuatro intentos seguidos, uno cada mes, hasta que llegué a una terapia que se llama DBT”, relata.
La Terapia Dialéctica Comportamental (DBT por sus siglas en inglés) es, según la página web de DBT Medellín —donde Alejandro asiste desde 2014—, “un tratamiento cognitivo-conductual centrado en la enseñanza de habilidades psicosociales, específicamente para el tratamiento de personas con trastorno límite de la personalidad. Combina diversas técnicas cognitivo-conductuales, dirigidas a la regulación emocional y pruebas de realidad, con los conceptos de tolerancia al malestar, aceptación radical y conciencia plena”.
Allí llegó luego del cuarto intento, cuando fue internado durante una semana en un hospital mental, donde lo diagnosticaron con trastorno de bipolaridad. A partir de ahí inició un proceso, como él mismo lo define, para “empezar a caminar de nuevo”. “Me han ayudado a entender que las emociones solo son emociones y no hay que actuarlas siempre, sino que se pueden observar y racionalizar. Cuando era chiquito si sentía tristeza, lloraba, o si era felicidad, me reía, ahora, por el trastorno bipolar, cada vez que siento algo me cuestiono si ese sentir está justificado o no”.
Pero esta conciencia no significa que todo en la vida de Alejandro está resuelto, pues tener trastorno de la bipolaridad no es como tener gripa, que se supera con algo de reposo. Es, más bien, una parte de quien es Alejandro, que lo ha llevado a buscar un camino para entender, no solo a él sino las demás personas, que es normal como cualquier otro. Y, como lo resume, se ha convertido en enfrentarse a la realidad de que “no es fácil pararse todos los días y decidir que hay que vivir y no todo el mundo se enfrenta a ese tipo de cuestionamientos, pero es chévere tomar la decisión correcta y llegar a ver que sí hay esperanza”.
III
De acuerdo con un estudio realizado por la Universidad de la Sabana y la Asociación Colombiana de Bipolares en 2014, se calcula que en Colombia alrededor de dos millones de personas tienen este trastorno. El 60 % de los diagnosticados tienen entre 18 y 23 años; el 20 % tienen entre 30 y 40 años, y cerca del 5 % se presenta en menores de 17 años. Según el mismo análisis, el 2 % de la población tiene trastorno de bipolaridad tipo II, en el que no se manifiestan síntomas psicóticos, como el tipo I, presente en, aproximadamente, el 1 % de los colombianos.
La bipolaridad, según la organización Mental Health America (MHA), es “una enfermedad mental que incluye episodios serios de la manía y la depresión. La enfermedad causa cambios drásticos de altos y bajas de temperamento, de sentirse extremadamente deprimido y sin esperanza, con períodos de temperamento normal entre los cambios”. Una definición similar a la descripción hecha por el mismo Alejandro.
Esas cifras, cuenta Alejandro, son las que hicieron que, más que desear prestarle atención a su tratamiento, quisiera ayudar a otras personas. También lo hizo un episodio que recuerda cuando habla de las dificultades para acceder a un tratamiento: “Yo era voluntario en Techo. En una ocasión fuimos hasta una casa del barrio Nueva Jerusalén, una invasión en Medellín. Cuando llegué, nos recibió una señora. En la cama estaba alguien acostado, pero solo se veían los pies llenos de heridas. Le pregunté, de unos 65 años, qué le había pasado y me respondió que su hijo, de poco más de 20 años, era esquizofrénico y que cuando tenía recaídas debía ir hasta el Hospital Mental de Bello con él caminando”.
Así empezó una inquietud que intentó llevar a un nivel político, donde pudiera ser atendido. En octubre de 2017 trabajaba en la campaña de recolección de firmas de Compromiso Ciudadano para la candidatura de Sergio Fajardo, en el área de comunicaciones. Allí conoció a Diego David Ochoa, candidato a la Cámara de Representantes por la Alianza Verde. Conversando con él le manifestó su interés de que el suicidio no fuera un tema relegado, sino que hiciera parte prominente de la discusión. Y, aunque cuenta que la salud mental no se convirtió en una bandera de la campaña, sí logró que hubiera, en el plan macro de gobierno, una parte dedicada a este asunto.
Pero este interés lo debe compaginar con su trabajo interno para sobrellevar la bipolaridad, algo que no lo afecta solo a él, sino a su círculo más cercano, conformado por “dos o tres mejores amigos”, su padre, su madre y su hermana. “A veces me siento tan mal por períodos tan largos que siento que les llego con lo mismo cada ocho días y que se van a cansar, entonces prefiero evitar el tema y no buscar ayuda. Porque la gente puede que no tenga la suficiente compresión. Pero yo prefiero que me hablen, poder ayudar me entretiene y me hace pensar en otras cosas. Es raro, porque han llegado a un punto de comprensión, pero desde la lástima”, cuenta.
Una situación que también llega al amor. Sobre este, reflexiona diciendo que “el amor es muy difícil, en especial para la otra persona, porque nadie espera que tú te levantes un día... no es que un día estés bien y otro mal, pero hay días de días, en los que te levantas sin querer saber nada de esa persona o queriendo saber mucho. Es muy difícil estar en esa posición. Creo que es difícil encontrar a alguien que entienda ese tipo de situaciones”.
Cuenta, por ejemplo, que uno de los períodos más complicados en su vida empezó cuando, el 25 de diciembre de 2014 viajó para visitar a una tía que vive en Portland, con quien estuvo hasta el 1 de febrero de 2015. En ese entonces, aún recientes los intentos de suicidio, tenía un novio que, narra, lo había acompañado durante cada uno de esos episodios. Pero a las dos semanas de haber viajado, descubrió que su pareja estaba con su mejor amigo. “Me despertaba a las tres de la mañana sudando y llorando. Fue un golpe muy duro, porque durante esas cuatro veces, yo abría los ojos y lo veía a él. Durante ese mes que siguió fue horrible, hasta que cada vez me sentía mejor. Fue esa prueba de que uno sí se puede sentir muy, muy mal, pero que después pasan cosas buenas y llegan días normales”.
Ante la pregunta de cómo define el trastorno bipolar guarda silencio durante varios segundos, mientras entrelaza sus dedos en un gesto que puede interpretarse como de nerviosismo. Después de ese tiempo dice, con su voz titubeando, que la bipolaridad es “como algo felizmente triste... No la veo como algo malo, sino con lo que me tocó vivir y de lo que he podido sacar muchas cosas: hablar de mi vida, escribir artículos, contar mi historia, tener inspiración… Pero a la vez es tener que tomar la decisión cada mañana de ‘hoy voy a vivir y hoy quiero estar bien’”.