1 May 2014 - 2:00 a. m.

¿Cuándo pasará el dolor?

Psicólogos advierten que el proceso de duelo puede ser largo y que se pueden disparar síntomas de trastornos mentales. Recomiendan acompañamiento y vigilar signos de alarma.

Gloria Castrillón / Enviada Especial Fundación, Magdalena

La espera era angustiante. Habían pasado 10 días desde que observaron impotentes cómo las llamas se llevaban a sus hijos de este mundo y algunos aún guardaban la esperanza de que el Instituto de Medicina Legal les dijera que sus niños no estaban allí entre esos ataúdes. Una falsa esperanza alimentada porque una semana antes no habían reconocido entre las pocas prendas que los forenses lograron rescatar de los restos calcinados del bus, algún jirón de vestido, un zapato, algo que les indicara que sus angelitos estaban ahí.

Pero cuando nombraron, uno a uno, a los 28 niños, el llanto y los gritos desgarraron una de las tardes más calurosas que se hayan vivido en este municipio. El dolor se tomó el cementerio y unas horas más tarde, cuando el protocolo acabó por fin, los padres pudieron abrazarlos y llorarlos, ahora sí, con algo de privacidad.

Sus hijos descansarían en paz, mientras ellos, derrotados por la fatalidad, volverían a sus casas a extrañarlos y a preguntarse una vez más: ¿por qué a ellos?, ¿por qué los dejaron subirse al bus?, ¿por qué el conductor manipuló de manera irresponsable la gasolina?, ¿por qué sus hijos no alcanzaron, como otros 20, a saltar del vehículo en llamas?

Sandra Ortega, psicóloga del ICBF, quien ha estado apoyando a las familias, reconoce que a pesar de la magnitud del funeral, los padres asumieron el momento sin mayores traumatismos. Ninguno se desmayó ni entró en crisis; procesaron su dolor sin perder el control.
No sucedió lo mismo con otros familiares y amigos cercanos de las víctimas, que producto de la asfixia por la cantidad de personas que se agolparon debajo de una pequeña carpa y el dolor contenido, sufrieron crisis nerviosas y de ansiedad. Los servicios de urgencias de Fundación atendieron cerca de 80 casos esa tarde.

El proceso de sanar heridas

El sepelio, duro y fatigante, fue un paso fundamental para procesar el duelo de estas familias. Desde el mismo día de la tragedia, un equipo de profesionales venía preparando al círculo familiar más cercano de los 33 niños que fallecieron calcinados para lo que sería ese día tan esperado, que les causaba ansiedad y temor.
“Les explicamos qué iba a pasar ese día, qué iban a sentir, les ayudamos a que se prepararan para ver a personas en crisis o desmayadas y evitar que estas escenas los angustiaran más”, explicó Ortega.

Y aunque el momento no fue íntimo, como se recomienda en los protocolos para atender estas emergencias, docenas de psicólogos, médicos y terapeutas estuvieron atentos para atender a quienes no soportaron la presión del momento.

“La recomendación en esta situación es acompañar, no intervenir”, dice Beatriz Caamaña, directora del área de psiquiatría del Hospital Universitario de Santa Marta, quien llegó desde el mismo día del absurdo accidente a coordinar el equipo psicosocial que atendió a los pobladores.

Ella llegó ese domingo 18 de mayo con 10 personas más, entre trabajadores sociales, terapeutas, psicólogos y psiquiatras. En una sala de crisis y bajo la coordinación del Sistema Nacional de Gestión del Riesgo, elaboraron un plan de choque para la atención de las primeras 72 horas, decisivas para el manejo de este tipo de eventos.
Al día siguiente más de 30 profesionales de instituciones como ICBF, Defensoría del Pueblo, secretarías de Salud municipal y departamental, y de los hospitales local y regional, recorrían las calles de los barrios Altamira, Faustino Mujica y Costa Hermosa. Un grupo de psicólogos y miembros de la Policía de Infancia y Adolescencia, y hasta el Ejército y la Armada, trasladaron personal para dirigir actividades lúdicas para los niños.

Estos barrios de invasión, que han vivido más de 20 años sin acueducto ni alcantarillado, sin pavimento en sus calles, de un momento a otro se vieron invadidos por decenas de personas e instituciones que ni sabían que existían. Mientras los niños hacían una y otra vez la fila para rebotar en un saltarín o deslizarse por un tobogán inflable, sus papás recibían a los terapeutas y psicólogos en sus casas.

Al lado del saltarín montaron un centro de atención con camilla, enfermeros y médicos, al que con sorpresa empezaron a llegar no sólo adultos desmayados, sino niños quemados que no habían recibido atención médica. Algunos papás creyeron que si los llevaban al hospital, el ICBF se los quitaría.

“Muchos llegaron también quemados del alma. El concepto de muerte se alcanza a los 10 años y trabajar con los niños es difícil porque hay muchas variables que influyen, pero también hay muchas maneras de llegar, como la pintura, la escritura, el juego”, cuenta Caamaña.

Esas primeras 72 horas, explicó, el equipo se dedicó a favorecer las conductas de llanto y dolor. Luego se empezó a desarrollar la fase de duelo, que cada persona maneja diferente. “No podemos influir en cómo y a qué ritmo lo deben vivir. Se puede hacer otro tipo de intervenciones para que reconozcan sus emociones y les pongan nombre: rabia, desconcierto, angustia, dolor. Lo único proscrito en estos casos son intervenciones directivas, en las que yo les dé la orden de ‘no llore’, ‘no sufra’”.

Fue clave, explicaron los terapeutas, que en estas primeras horas después de la tragedia algunas familias lograron conectarse con su fe. Muchos lograron así disminuir el sentimiento de rabia. Aun así, ya se reportó el primer caso de intento suicida, que ya está recibiendo atención.

Lo que viene

Beatriz Caamaña llama la atención sobre lo que vendrá para la sociedad fundanense: la posibilidad de que personas que tienen vulnerabilidad para padecer enfermedades mentales empiecen a desarrollar los primeros síntomas de trastornos de ansiedad, de conducta o de aprendizaje, fobias o estrés postraumático.

Es inevitable, asegura. Por eso, se recomienda que las intervenciones en este tipo de eventos no sean menores a seis meses.

Y hace un llamado a la comunidad para estar atentos a los signos de alarma como el insomnio. Como el sueño es la primera barrera protectora de la salud mental de cualquier individuo, se recomienda consultar al médico si éste persiste por más de dos semanas.

En los niños, el signo de alarma es la tristeza. Es posible que los menores se muestren desatentos, desobedientes, inquietos, aburridos. Si esas conductas persisten por más de dos semanas, se puede clasificar como un episodio depresivo y amerita intervención inmediata. En los adolescentes se debe estar atento al consumo de licor o drogas.

Por eso ya hay un plan para intervenir con campañas en las escuelas y colegios, a donde finalmente llegan los niños sobrevivientes y familiares de los fallecidos.
“Si me preguntan qué podemos darle a la comunidad de Fundación, yo les pediría un parque grande, bien diseñado, con un salón comunal donde puedan ver películas, obras de teatro, desarrollar el arte. Y si de verdad quieren ayudar, donen horas de trabajo comunitario. Vayan, vivan, acompañen, disfruten con ellos”.

Falta ayuda para niños heridos

Son tan precarias las condiciones en las que viven los niños afectados por la tragedia, que la preocupación de los médicos que atienden a los heridos es cómo garantizar que tengan un baño y una habitación limpia y con ventilación para la recuperación de las quemaduras de primer, segundo y tercer grados. En una o dos semanas se estarán dando de alta los primeros heridos y no se sabe quién podrá suplir esta necesidad. Ni la Alcaldía ni el ICBF tuvieron una respuesta a la pregunta planteada al respecto por El Espectador. Sólo la Iglesia Pentecostal, a la que asistían los niños fallecidos, está atendiendo algunos de estos casos. No está claro el procedimiento para que el Estado actúe en poco tiempo para atender otro frente de esta emergencia.

¿Qué hacer frente a esta tragedia?

Los psicólogos y terapeutas advierten que los familiares afectados seguirán presentando escenas de llanto, y recomiendan a quienes estén cerca de ellos tener la valentía de acompañarlos. Lo recomendable es recibirles el llanto, hacerles sentir que se entiende y nos duele su pérdida. Abrazar y, en silencio, permitir la expresión del dolor.

 

No aconsejan la utilización de fármacos, ya que el cuerpo y la mente tienen la capacidad de repararse y reponerse. Sólo cuando se presentan signos de alarma como taquicardia, cambios en la tensión arterial o ansiedad desbordante se deben usar. Hay que evitar expresiones como “no llore”, “sea fuerte”. Las personas procesan el duelo de manera y en tiempos distintos. No presione.

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