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Carlos Mario Correa fue corresponsal de El Espectador en Medellín. Desde esta ciudad se encargó de escribir sobre las atrocidades que el narcotráfico dejaba en la capital antioqueña. Luego de la bomba que ordenó Pablo Escobar en la sede de Bogotá, la sucursal de Medellín cerró y él, con valentía, sin tener carné e imposibilitado para asistir a ruedas de prensa, siguió trabajando clandestinamente para informar sobre la vida política, cultural y social de Medellín. Después de casi dos décadas publicó su libro ‘Las llaves del periódico’, donde plasmó su vivencia periodística. Hoy, 25 años después de que la mafia del Cartel de Medellín cambiara su vida para siempre, habló con El Espectador y recordó aquella nefasta época.
¿Qué recuerda de ese fatídico septiembre de 1989?
Trabaje como corresponsal de El Espectador desde mediados de 1988 hasta 2001. Para esa época de 1989, nosotros teníamos una sede en El Espectador en Prado, un barrio antiguo de Medellín cerca al centro. Para entonces ya había pasado más de un año en la redacción y tenía algunos meses en el oficio periodístico luego de graduarme en la Universidad de Antioquia. Era mi primer trabajo fijo. Creo que era el periodista más joven de la sede. La bomba fue un sábado y la costumbre que teníamos los corresponsales era prender el radio. Hacia la siete de la mañana me di cuenta de lo que sucedió en Bogotá. Inmediatamente, por instinto, como 20 o 30 personas, entre redactores, periodistas, repartidores y trabajadores acudimos a la sede.
Estábamos consternados y con incertidumbre porque nos tenían amenazados con ponernos una bomba, nos habían llegado sobres con mensajes. Los metían debajo de la puerta, o través de correos humanos de Pablo Escobar que nos abordaban en moto. La amenaza de bomba era tan constante que decidimos dejar las habitaciones de la oficina que daban a la calle y nos refugiamos en el sótano y la cocina donde habíamos trasladado los escritorios. El telefoto y el laboratorio de revelado, es decir todo los equipos de la oficina en un mismo espacio.
¿Qué dotación tenía la oficina?
Un pequeño computador, nada moderno.
¿Y qué paso?
Ese día nos reunimos todos e hicimos un sancocho paisa. En ese ambiente había muchas sensaciones. Estaba la preocupación por lo que había sucedido en Bogotá, y la suerte de nuestros colegas y los miembros de la redacción. Pero por el otro lado, había una sensación extraña, porque pensamos que a nosotros nos iban a poner la bomba. Entonces no sabíamos si estar tranquilos porque si bien la amenaza ya se había cumplido y no había heridos o si, por el contrario, seguíamos nosotros. Estuvimos pendientes de lo que sucedió ese día en Bogotá. Particularmente hablé con Fernando Cano que preguntó sobre cómo estábamos en Medellín y también hablé con don José Salgar. Fue un ´reír por no llorar´.
Es decir que la situación para la oficina se complicó…
El 10 de octubre recibimos la primera llamada de que habían matado a la gerente Marta Luz López en El Poblado. Al principio no sabíamos que le había sucedido, las causales de su muerte. A los cinco minutos de la primera llamada llegó una segunda llamada donde el hijo de don Miguel Soler, también gerente de El Espectador en Medellín, nos contaba que a su padre lo habían acabado de asesinar al otro extremo de la ciudad, llegando a su casa.
En ese momento lle
gó la Policía y nos pidió a todos que no saliéramos de las casas. Mientras que a Carlos Mario Atehortúa, uno de los jefes de la oficina, el director de la Policía le dijo, de manera cruda, que por información de inteligencia sabían que él era el próximo ese día y que si salía de la edificación no podía garantizarle su seguridad. La Policía nos confirmó que Pablo Escobar quería desaparecer las cabezas visibles del periódico en la ciudad y faltaba Mario.
¿Qué sucedió después?
En la tarde recibimos una llamada, nos pidieron que grabáramos lo que nos iba a decir: “Hablo de parte del doctor. Ustedes tienen 24 horas para desalojar la sede de El Espectador en Medellín, sino lo hacen siguen ustedes. Nosotros somos los responsables de estas muertes y la orden del patrón es acabar con este pasquín para siempre”. Entonces a las cinco de la tarde la policía nos evacuó en patrullas hasta nuestras casas.
¿Y con el cierre de la sede pararon las amenazas?
Al otro día nos llamaron a las casas, a los sitios de trabajo de las esposas y esposos de los treinta trabajadores, hasta al más humilde de los trabajadores lo amenazaron.
¿Hubo solidaridad con los corresponsales de El Espectador?
Nunca la hubo, por el contrario muchos medios se hicieron los de la oreja mocha y prefirieron callar. Los únicos que se solidarizaron con los amenazados fueron los de la agencia de noticias AP que nos buscaron a don Alonso y a mí en ese receso para que diéramos entrevistas y pudiéramos alzar la voz y contáramos lo que sucedía. Cuando se cierra la oficina de forma definitiva, yo soy el último en salir y me quedo con llaves del periódico. De allí el título de mi libro, ‘Las llaves del periódico’.
Entonces, ¿usted que hizo para sobrevivir con la sede de El Espectador cerrada?
El periódico nos dio licencias durante tres meses y nos siguió pagando con la posibilidad que se pudiera reabrir. Las amenazas eran constantes. Nos llamaban y nos ponían bandas sonoras de películas de terror. A mi mamá la llamaron y le dijeron: ‘al doctor le gustó cómo su hijo cubrió la vuelta a Colombia’. El hermano de Pablo Escobar, Roberto Escobar, era ciclista. Jugaban con ese tipo de ironías.
Yo quedé sin empleo porque la oficina de Prado quedó cerrada. En diciembre de 1989 me ofrecieron hacer remplazos de vacaciones en Caracol Medellín. Juan Pablo Ferro me contactaba en las tardes y yo le enviaba información de la fuente que cubría, que era orden público. Yo enviaba a la redacción de El Espectador información y los artículos sin cobrar y firmaba como corresponsal Medellín. Lo hice sin cobrar un peso porque siempre le he tenido aprecio a El Espectador de la familia Cano. A mediados del año 90 tuve que ir a la antigua oficina para enviar los objetos, cuadros y otros equipos para Bogotá que se despacharon a Bogotá.
Eran amenazas particulares…
Si, otras veces nos amenazaron al estilo de “trova paisa”. Nos cantaba el famoso alias el ‘poeta’, que aunque estuvo preso, no fue sindicado salió libre y aún vive.
¿Pero se pudo reabrir la oficina?
Hacia noviembre de ese mismo año fuimos a Bogotá para que nos reuniéramos con los dos directores, Juan Guillermo y Fernando, don Gabriel Gano que era el gerente y Juan Pablo Ferro el enlace con la redacción. Dado que las amenazas continuaban aún con la oficina cerrada, decidieron liquidarnos y ayudar a pensionarse a quienes ya les faltaba poco. Tan sólo quedaron algunos repartidores osados, pero meses después también tuvieron que renunciar.
Usted acaba de hablar de un tema fundamental para la época, de la distribución del periódico, ¿cómo hacían entre tanta amenaza?
La mayoría de las veces asaltaban o quemaban el carro que llevaba el periódico del aeropuerto de Rionegro a Medellín, tenían todo estudiado. También pasaban kiosko por kiosko comprando las ediciones que quemaban al frente del vendedor y le decían ‘no vuelva a vender ese pasquín o se las ve con el doctor’. La entrega de las suscripciones que llegaban a mil para la época, se complicó porque por miedo muchos no la quisieron recibir, y las agencias de publicidad no quisieron seguir pautando con nosotros. Ese asedio fue desde mucho antes pero se intensificó en 1989, hasta que no volvieron a mandar el periódico a Medellín.
¿Qué intentos hizo El Espectador para no dejar de circular de las calles de Medellín?
Enviaron a un remplazo de Miguel Soler, de quien no se supo luego de dos años después de las amenazas de muerte. Su nombre era Jorge Tavera, lo habían contratado para que manejara la taquilla y entregara el periódico. Cuando Tavera llegó a la ciudad, lo alojaron en un cuarto en la Policía Metropolitana, pero días después a unas pocas cuadras de allí también lo mataron. Pablo Escobar tenía infiltrados todos los organismos de seguridad del país.
Pero la historia con esa oficina y el lugar ahí no para ¿cierto?
Para julio del año 90, fui testigo de una noticia paradójica, al mejor estilo del mal humor de Pablo Escobar. En la dicha sede, y cuando los Cano ya habían cancelado el contrato de arrendamiento, fueron descubiertos en el patio donde nosotros teníamos la oficina de redacción, varios químicos y kilos de pasta de coca. Esa fue la noticia que las agencias despacharon para el mundo. Luego de diversas investigaciones periodísticas se descubrió que fue Pablo Escobar quien había fraguado el plan para seguir desprestigiando a El Espectador.
¿Qué otros ataques sufrió El Espectador a sus bases simbólicas?
Dinamitaron la estatua de Guillermo Cano que había en el Parque Bolívar. Primero la cabeza, luego el cuerpo, después la base, y hasta el hueco lo dinamitaron. Sólo hasta la alcaldía de Sergio Fajardo (2003) la estatua de don Guillermo se puso de nuevo en su lugar.
Y ¿cómo empieza su actividad periodística clandestina?
En octubre de 1990 me dejé tentar por Juan Pablo Fierro para regresar a trabajar a El Espectador, pero de forma clandestina, sin carné. Él me hizo un contrato. Me pagaban en efectivo a través de una mujer.
Pero no pensó en que lo iban a reconocer…
Cuando la agencia EFE dio a conocer al mundo que El Espectador se había retirado de Medellín, las amenazas cesaron, eso era lo que quería Pablo Escobar.
¿Cuánto tiempo duro en la clandestinidad?
Casi cuatro años y medio después vine a firmar las notas, casi cuatro años después de que mataron a Escobar en 1994. Todas mis notas aparecían firmadas como ‘Corresponsal Medellín’.
¿Entonces su oficina era su casa?
No, alquilé una pequeña oficina diciendo que era contador público graduado de la Universidad de Antioquia. En el cuarto piso del edifico ‘Bancoquia’. La señora que servía como intermediaria de mi pago, me dejaba no sólo el sueldo en una joyería del centro de Medellín sino también dinero de caja menor para que me moviera. Los periodistas de Caracol sabían quién era y me ayudaban a moverme ya que no pude regresar a las ruedas de prensa, ni cubrir los partidos desde la zona de prensa. Con el dinero que me daban pagábamos las entradas del fotógrafo y la mía. Yo siempre decía que hacía corresponsalías en otros periódicos. En la clandestinidad cubrí cuatro años de vida en Medellín.
Cuéntenos una anécdota de esa vida periodística clandestina…
En mi clandestinidad cubrí todos los eventos relacionados con la muerte de Escobar. La entrega de los Ochoa entre otros. En abril de 1993, dieron de baja a Carlos Mario Alberto Castaño Molina, ‘El Chopo’, el estratega militar de Escobar. Tenía su oficina en el piso 19 del mismo edificio en que yo trabajaba. Funcionó nueve meses. Yo me lo encontré en el edificio varias veces, pero como en el cartel de las recompensas no estaba su foto, no lo reconocí. Yo tenía mi oficina para El Espectador y él la suya para el Cartel de Medellín en el mismo edificio. Fui el primer periodista en cubrir la muerte de ‘El Chopo’.
Y usted, ¿por qué sacrificó tanto por el periodismo?
Me sentí envuelto en algo a lo que no podía decir no. Tal vez era muy joven y me gustaba mucho el periodismo y lo llevaba en la sangre. Nunca lo hice por dinero, era lo último que me importaba. Todo lo hice porque tenía una pasión grande por escribir y con el tiempo se fue transformando en gusto por la academia.
@StevenavCardona