El 13 de noviembre de 1985, cuando una avalancha de lodo y piedra sepultó Armero, Róbinson Salcedo Guarín tenía 16 años y acababa de terminar su bachillerato en el colegio oficial de ese municipio. A las 11:00 p.m. Róbinson y sus hermanos ya dormían en su casa, ubicada frente al estadio, “cuando nos golpearon en la puerta avisando que la avalancha pronto nos iba a alcanzar; Róbinson salió corriendo en pantaloneta y descalzo por las calles. Por tres días no volví a saber de él”, recuerda doña Trina, su madre adoptiva.
Como pudo ella huyó del lodo caliente, sin saber la suerte de su familia. Después de una búsqueda desesperada, Trinidad halló a Róbinson en la iglesia evangélica de Armero, cubierto de lodo, pero en buen estado. Lo acompañaban uno de sus hermanos y una sobrina de sólo meses de nacida. “Cuando me vio se me echó encima y comenzó a llorar. Luego seguimos todo el tiempo juntos, soportando hambre y sed, hasta que llegamos a Ibagué a la casa de Marta, mi hija”, cuenta.
Armero le arrancó a doña Trina a su esposo, tres de sus 10 hijos, cinco nietos y muchos amigos. Sin embargo, dice, aunque recuerda con espanto el rugido del volcán, el sonido del lodo persiguiéndola y el dolor por la desaparición de sus seres queridos, la peor tragedia la comenzó a vivir hace 10 años y 6 meses, cuando Róbinson fue secuestrado en la toma de Miraflores. Apenas tenía 26 años de edad y 8 años en la institución. En su casa siempre le decían Pitalúa. Era un hombre silencioso en demasía.
“Cuando lo mandaron para Miraflores le dijimos que pidiera la baja. Tuvimos un presentimiento de lo que le iba a pasar”, dice Marta, una de sus hermanas. Doña Trina reconoce que el dolor de Armero no se compara con el secuestro de Róbinson. Es aún más espantoso éste, dice. “Lo que viví esa noche fue horrible, pero no se compara con la ausencia de mi hijo. Saberlo encadenado, aguantando hambre, con enfermedades, es el peor dolor para todos”.
De Salcedo su familia no recibe pruebas de supervivencia desde hace seis años. Cuenta doña Trina que “sólo escuchamos a Alan Jara decir que había estado con él” y que el cabello y la barba le llegan hasta las rodillas porque le hizo una promesa al Zarco (Dios) de que se los iba a dejar crecer hasta que saliera del secuestro. “Eso nos escribió en una de las cartas, y nos lo han contado los que han llegado de allá. Tal vez él no se imaginaba que iba a durar tanto tiempo secuestrado. Decía que pronto iba a regresar a la libertad”, agrega una de sus hermanas, que espera pacientemente a uno de los secuestrados más antiguos que, como dijo Jara, siguen pudriéndose en la selva.