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Del temor a la paz

Un pasado violento , los procesos de negociación fallidos, desinformación y grupos paramilitares hacen parte del escenario del Meta, una región esencial para el posacuerdo.

Jaime Flórez Suárez

29 de mayo de 2016 - 09:00 p. m.
El puente de Piñalito fue escenario de batallas entre Ejército, guerrilla y paramilitares. Hoy es símbolo de resistencia.
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Una calle fantasma a punto de convertirse en ruinas es lo que quedó de los años de la bonanza cocalera y de los períodos más crudos de la guerra en Piñalito, corregimiento de Vista Hermosa (Meta). A un extremo, la discoteca que se convirtió en un fortín militar sobre el río Güejar. En adelante, una seguidilla de edificaciones abandonadas que se caen a pedazos. , Ese es el panorama en un territorio que, aún con las cicatrices evidentes de la guerra, es clave en el posconflicto.

Mery y Rolando avanzan por la vía mientras señalan una marca de bala, relatan una toma guerrillera o una ejecución paramilitar. Ambos son los guías de un recorrido por un pasado que sigue presente a través de sus temores. Al recuerdo les llega una historia que marcó a Piñalito, cuando en esa calle, hoy vacía, se aglomeró el pueblo para decretar una sentencia de muerte por el asesinato y la violación de un niño de dos años. Dicen que el comandante guerrillero de entonces –marzo de 1998– llevó hasta esa calle al campesino sobre quien caían las acusaciones del delito. Allí le preguntó al pueblo reunido por el destino que debía correr el enjuiciado. Hubo silencio, hasta que se escuchó una voz tímida que pedía la pena de muerte, y que detonó una seguidilla de manifestaciones que apoyaban la idea. La sentencia se materializó en el cementerio, donde el acusado fue asesinado junto al hueco en la tierra que ya le habían cavado. El Frente 27 de las Farc era la ley.

Así como ejercía la justicia y asesinaba, la guerrilla financió el colegio y un par de carreteras que, por su mandato de fusil, tenía que construir la misma comunidad. Su control del poblado llegó al punto de que en Piñalito quiso controlar la intimidad de la gente. En 2001, cada habitante mayor de 14 años tuvo que entregar pruebas de sangre a las Farc para que, supuestamente, les practicaran pruebas de VIH.

La ciencia de las Farc era precaria, pero con ella decretaban la muerte. Mery y Rolando recuerdan el suicidio de un supuesto “positivo”. Se dice que realmente sus síntomas eran de dengue, no de sida, pero cuando los guerrilleros tocaron a su puerta, el hombre, consciente de lo que pasaría, prefirió irse hasta el fondo de su casa y dispararse con una escopeta.

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El relato se interrumpe justo al final de la calle fantasma, donde empieza el puente colgante. En la entrada de la estructura aparecen un par de militares con sus fusiles terciados. Mery y Rolando bajan la voz.

El relato, hasta ahí, corresponde a los años de la “zona de distensión”, cuando el gobierno de Andrés Pastrana y las Farc se sentaron en una mesa de diálogos en San Vicente del Caguán, que comenzó con la silla vacía en la que debía estar sentado Manuel Marulanda, Tirofijo. Ahora, cuando escuchan que esa región, la del Bajo Ariari, de la que hace parte Vista Hermosa, podría ser una de las zonas donde los guerrilleros, ya sin armas, empiecen su integración a la vida civil, sienten el temor de volver a vivir bajo la ley de los armados.

El primer día tras el fin de la zona de distensión (que se extendió por cinco municipios) en febrero de 2002, Berta Sánchez llegó hasta un campamento guerrillero de Vista Hermosa. Su nieto de 14 años había sido reclutado una semana antes por las Farc. Ella, desesperada, se metió selva adentro a buscarlo. Cuando encontró a las tropas, el comandante Cuchillo le prometió que si iba hasta su campamento al día siguiente, le devolvería a su nieto. Allá llegó la anciana, pero solo encontró cenizas. Los guerrilleros habían quemado el campamento la noche anterior. Su hija dice que Berta murió poco después de pena moral y sostiene que ahí empezaron los peores días para la región.

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El Ejército entró a recuperar el territorio que por más de tres años les había cedido a las Farc, y tras ellos llegaron los paramilitares del Bloque Centauros, presentes en el Meta desde los 90, con las banderas de la “limpieza” de la subversión. Mery y Rolando retoman su relato mientras atraviesan el puente colgante de madera.

En ese puente murieron muchos, dicen. La guerrilla, replegada al área rural después de los fallidos diálogos, se plantaba en un extremo, el que da a la vía que conduce a Caño Cristales, hoy en boga por la expedición de licencias de explotación petrolera en tierras cercanas. El Ejército respondía a los ataques desde la otra orilla, la que da al casco urbano.

La población civil no confiaba –aún no lo hace– en ningún grupo. Los tres los victimizaron. Los paras, por su parte, infundieron terror con una casa de pique en el caserío, donde descuartizaban a quienes decidían señalar como colaboradores de las Farc.

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Pero desde hace casi ocho años la situación empezó a calmarse. La tranquilidad que ya les parecía ajena se consolidó con el comienzo de unos nuevos diálogos de paz en 2012. El último enfrentamiento, en 2013, fue apenas una escaramuza comparado con los de una década atrás.

Los habitantes, sin embargo, temen que Piñalito vuelva a ser el escenario de la disputa, y desde hace meses, en Vista Hermosa y Puerto Rico se habla de la fuerte presencia del clan Úsuga. Los campesinos han visto grupos numerosos de hombres armados que caminan por sus tierras. Las extorsiones en su nombre se han elevado, aunque muchas, creen las autoridades, son suplantaciones de delincuentes comunes. El pasado 7 de abril capturaron en Vista Hermosa a Edrile Romero, el Negro Andrés, quien había sido integrante del Bloque Centauros y entonces comandaba el clan Úsuga en los Llanos. Junto a él detuvieron a otras tres personas y recuperaron 23 fusiles.

“Las aguas se ven calmadas, pero la corriente va por debajo”, dice Gonzalo Hernández para describir la situación. La amenaza de otros grupos armados es inminente. Y no solo la representa el clan Úsuga. Desde el monte llegan oídas de que hay guerrilleros que no están dispuestos a dejar las armas y que podrían establecer grupos emergentes. “No van a soltar los fusiles, solo cambiarán de razón social”, dice Hernández. Las amenazas a la paz que ve la gente en la región son similares a las que calculan los analistas del posconflicto, solo que aquí, cuando se habla de ellas, el miedo se refleja en los rostros. Al otro lado del puente, lejos de los militares, Mery y Rolando cuentan que en Piñalito ya hay consenso para que la reparación simbólica se materialice con el arreglo del puente. “Nos recuerda la época dura, de la que no podemos olvidarnos”. Y lo ven como un símbolo de resistencia porque, como ellos, con su fragilidad, sobrevivió a los años fuertes de la guerra, y ahora, entre la incertidumbre, está a la espera de mejores tiempos.

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Espere mañana otra historia sobre las expectativas de paz en el Bajo Ariari, en Meta.

Por Jaime Flórez Suárez

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