“Ingeniero, míreme a los ojos y, por favor, contésteme: ¿qué puedo hacer?, ¿quién me puede respaldar para que me devuelvan algo de mi casa y empezar de nuevo en otra parte?”, fue la pregunta que Humberto Morales le hizo a uno de los funcionarios de Gestión del Riesgo que hoy inspecciona las viviendas afectadas por grietas, desprendimientos y filtraciones de humedad del barrio Kennedy, en Bucaramanga.
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Morales tiene 60 años y pasó dos décadas levantando la casa que hoy ve resquebrajarse. Recuerda que, junto a su esposa, compró un lote en la zona y, con el tiempo, empezó a ampliar la construcción hasta convertirla en la casa de dos pisos, con terraza y sótano.
Como maestro de construcción durante la mayor parte de su vida, fue él mismo quien reconoció en las paredes las señales de un daño: en enero de este año aparecieron unas fisuras que crecieron hasta convertirse en grietas de dos y tres centímetros. Las columnas comenzaron a separarse de las paredes y las placas a dilatarse.
Para medir el avance de las grietas recurrió a lo que tenía a mano: monedas. “Empecé a meter una de 50, luego con una de 100, y al final ya les cabían arandelas. Fue ahí cuando dije: ‘nos tenemos que ir de aquí’”. Y así lo hizo desde hace cinco días, junto a su familia —ocho personas, entre ellas dos niños—. Pero ahora deben preocuparse por pagar un arriendo, el dinero no alcanza y han tenido que ajustarse: café con leche, empanadas y comidas pequeñas que rindan. “Estamos empezando de cero sin saber bien cómo hacerlo”, afirma.
Pero, ¿qué ocurrió para que una casa sin antecedentes de daños comenzara a venirse abajo? Para él, y para muchos habitantes del sector, la explicación apunta a una obra ejecutada por la empresa EMPAS, encargada del alcantarillado.
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“El año pasado, EMPAS hizo una obra aquí, en la carrera 10 entre calles 19 y 25. Básicamente, construyeron un alcantarillado que no existía”, explica Alexander Quintero, de 54 años, habitante del sector desde niño. Luego de ser entregada, a comienzos de enero, cuenta, en un sector apareció un “chorrito de agua” dentro de una casa, que luego la fue deteriorando poco a poco: “eso fue hacia la parte baja, y hacia la parte alta comenzaron a salir fisuras en las paredes; las puertas empezaron a descuadrarse y tocaba forzarlas para poder abrirlas. Con el paso del tiempo, allá aumentó el agua y aquí crecieron las grietas”.
Según relatan, también se encontró un daño en una “tubería madre” de entre seis y ocho pulgadas, que podría explicar la acumulación de agua. Y aunque el flujo ha disminuido desde entonces, se cree que los daños empezaron a hacerse visibles tras la intervención del alcantarillado; no responsabilizan a la obra como tal, sino lo que pudo haber ocurrido durante el proceso.
Es un efecto dominó que amenaza con seguir creciendo y las visitas de Gestión del Riesgo no han cambiado el panorama: “la única recomendación ha sido desalojar”, asegura Quintero.
Grietas por todas partes
Hace cerca de mes y medio, Sandra Milena Medina, quien lleva más de tres décadas viviendo en el barrio, notó dos pequeñas grietas en la pared de su habitación. Al principio pensó que se debían a los arreglos de su vecino, pero con los días crecieron en el piso y, de pronto, una se abrió en la pared como una puerta. “Me dijo ‘no, Sandrita, estoy tratando de arreglar los muros para que no se caigan sobre su casa’”. Y tenía razón: los videos que le envió mostraban que su vivienda estaba en peores condiciones.
Con ayuda de la edil de la comuna solicitaron una inspección de Gestión del Riesgo y descubrieron que los daños estaban presentes en casas contiguas. En una segunda visita, el informe preliminar señaló falta de mantenimiento y deterioro propio de la antigüedad. No obstante, indicaron que también emitirían un reporte a la empresa EMPAS.
En su vivienda, las grietas provocaron la ruptura de tuberías internas. No han desalojado, pero dejaron de usar las habitaciones y trasladaron las camas a la sala. Irse no es una opción: los arriendos en la zona pueden alcanzar hasta COP 1′600.000, “un costo imposible de asumir para muchos en un barrio estrato dos”, explica. Además, su nieto, un niño con autismo nivel dos, asiste a un jardín infantil en donde le permiten acompañarlo durante la jornada, algo que no ha encontrado en otros lugares. Por eso quedarse también es una necesidad: la casa es su lugar de trabajo y el espacio, ya adecuado, permite manejar las crisis de su bebé.
¿Qué dicen las entidades?
“Para que administrativamente se declare una calamidad, el Artículo 2 de la Ley 1523 establece que esta debe originarse por hechos naturales y no por hechos imputables al hombre”, explica Didier Rodríguez, coordinador de Gestión del Riesgo en la ciudad. Desde la entidad, asegura, le han solicitado a EMPAS entregar los registros que se realizan antes de iniciar cualquier obra para verificar las condiciones de las viviendas y comparar su estado una vez finalizan. “Hay una tubería que está fracturada y eso está generando la filtración de agua, lo que ha saturado el terreno y ha producido un asentamiento no uniforme, generando las grietas. ¿Fueron las obras de EMPAS? Eso nosotros no lo podemos determinar, sería irresponsable y tampoco nos corresponde”.
Al respecto, en un reciente comunicado de prensa, EMPAS expresó que “atendió oportunamente el caso, realizó la visita técnica, verificó el estado de la obra ejecutada en octubre de 2025 y practicó pruebas en las viviendas”. No obstante, las actas, según cuenta Rodríguez, se solicitaron en el marco del Consejo Extraordinario de Gestión del Riesgo que se convocó el Jueves Santo y aún no han sido entregadas.
“El agua aflorada no presenta características de origen sanitario, las acometidas inspeccionadas se encuentran en correcto estado y no existe evidencia técnica que permita atribuir esta situación al sistema de alcantarillado construido por la Empresa”, asevera EMPAS en la declaración.
Por su parte, Gerardo Bohórquez, jefe de comunicaciones del Acueducto Municipal de Bucaramanga, indicó que “se han venido adelantando de manera rigurosa todos los estudios y análisis necesarios” y que, además, hoy, 8 de abril, tendría lugar una mesa de trabajo conjunta en el Comité de Riesgos, donde se revisarán los hallazgos con las diferentes entidades.
Pero, mientras los plazos de esas reuniones se cumplen, los habitantes del barrio Kennedy sienten que se están quedando en el aire y sin tiempo.
Carolina León, de 52 años, renunció a su empleo para dedicarse por completo a cuidar a sus padres, de 80 y 81 años, y a sus tías gemelas, de 76. Cuando aparecieron las grietas en su casa —que poco a poco fueron colapsando algunas paredes— tuvo que trasladar a los adultos mayores. Pero ella, sin otro lugar para vivir y con temor de abandonar la casa familiar, permanece en la parte delantera de la vivienda, en donde “todavía se puede dormir”. A su incertidumbre se suman los avisos de corte del gas y agua por prevención ante la emergencia: “Entendemos que es el protocolo, pero si nadie nos presta una pipeta de gas, menos un lugar para trasladarnos. Esto es una pesadilla”.