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Ancízar Castaño se ha vuelto un personaje en su pueblo natal, Villahermosa (norte del Tolima), por su parecido con Gabriel García Márquez, el celebre escritor colombiano fallecido en abril pasado.
A pesar de las naturales lagunas mentales que sufre a sus 85 años, recuerda que hace más de 40, cuando apenas escuchaba hablar de Cien años de soledad, le dijeron por primera vez que se parecía a Gabo.
“Una señora de apellido Orozco, no me acuerdo el nombre, me empezó a decir ‘Gabito’. Dijo que era la misma estampa”. Y en adelante todo el pueblo lo siguió llamando así.
La gente se acostumbró a verlo en el pueblo, almorzando en un ancianato, con su cabello casi blanco, frente ancha y despejada, cejas gruesas, bigote poblado, nariz corva, sonrisa amplia, pero —a diferencia de García Márquez— sin los dientes completos.
Este humilde hombre, de pocas arrugas, mirada alegre y buen sentido del humor, sobrevive tomando fotografías de bautizos, primeras comuniones y cumpleaños con su pequeña cámara digital que lo acompaña cuando recorre el pueblo.
Ancízar, de 1,60 metros de estatura, medio aprendió a leer y a escribir, pero se las ingenia para inventar canciones, coplas y pequeñas poesías que guarda, algunas en un viejo cuaderno y otras en su memoria. La gente del pueblo —especialmente los enamorados— le pide que les escriba versos en papelitos para galantear a sus amores. Por eso le regalan mil o dos mil pesos.
A sus paisanos les gusta tener a ‘Gabito’ en el pueblo. Gonzalo Cardona Mejía, exalcalde de Villahermosa, dice que su pueblo ha sido privilegiado por tener hijos ilustres como el cardenal Alfonso López Trujillo, el exministro Juan Carlos Echeverry y el general del Ejército Daniel Enrique García, entre muchos otros, y hoy se siente orgulloso de contar con un personaje diferente y típico, como Ancízar Castaño.
“Para la gente es normal verlo, pero cuando llegan personas de otras partes, muchas quedan impactadas, lo quieren saludar y tomarse fotos con él”, explica.
Y aunque ‘Gabito’, el de Villahermosa, nunca se casó, según él porque no encontró una dama a su medida, sus escritos se los dedica a las mujeres que alguna vez en su juventud enamoró.
Su narrativa dista mucho de la del nobel de Aracataca, pero está cargada de humor al mejor estilo del campesino colombiano:
“Saliendo de Villahermosa y llegando a Boquerón me encontré con dos chinitas más bellas que una flor. Le dije a Esthercita, ¡ay qué bello es el amor! y le dije a la más chiquita que con ella era mejor. Me cogieron de la mano, me entraron al salón, me tendieron en la cama, buena almohada, buena cama y buen colchón, una a la orilla y la otra al rincón, y al amanecer las dos decían, ¡ay qué rico es el amor!”.
Aunque nunca lo conoció personalmente, dice que admiró siempre a García Márquez, por ser un hombre de mucho saber, inteligente, simpático, enamorado y ‘amigo de Fidel Castro’.