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El pescador de Barú es una especie amenazada, como lo están, en mayor o menor grado, el pez loro, el mero, el caracol pala, la tortuga carey y el tiburón sierra. Agricultora y pescadora por excelencia durante al menos dos siglos, hoy en día la mayoría de esta población afrocolombiana, ubicada en el extremo sur de la isla del mismo nombre en el departamento de Bolívar, un poco más de 5.000 personas, se dedica a producir y vender artesanías al turista —collares, pareos y talla en madera—, así como bebidas y el plato caribeño de arroz con coco, pescado y ensalada, pero también al rebusque. Lo que salga.
El producto de la pesca, que alcanzaba para la familia del pescador y la venta o el trueque con la propia comunidad, ya no se vive, ni se ve. La cantidad de especies que se encuentran en una jornada no son ni el rastro de lo que se veía anteriormente, y eso “es lo que lleva a que hoy en día te demores más y traigas menos”, dice Enrique Villamil, Enriquillo, al recordar sus madrugadas para salir a pescar, en lo posible en aguas que no pertenecen al Parque Natural Nacional Corales del Rosario y San Bernardo, donde sólo se permite la pesca de subsistencia, que, según la norma, “es la efectuada sin ánimo de lucro, para proporcionar alimento a quien la ejecuta y su familia”.
La frase viene desde 1978, se repite en decretos, acuerdos y planes de manejo, y hoy en día la oficina de Parques Nacionales la está revisando porque “es muy estricta y no se ajusta a la realidad”, de acuerdo con Yemenis Ordosgoitia, encargada de educación ambiental del parque caribeño.
De pescadores a toderos
Enriquillo es representante de la Asociación de Pescadores Artesanales de Barú (Pesbarú) y desde hace un tiempo se ha vuelto “multifuncional”, como él mismo dice. Como artista, cuida de la llamada Casa Amarilla, un museo donde la música, la pintura y la escultura de la región tienen su hogar. Allí, en uno de los corredores, ha pintado en las paredes de lado y lado todas las especies de peces y tortugas que ha visto —y probado— en su vida.
Cada día son menos los pescadores de Barú porque cada vez es más difícil tener un buen día de pesca, no sólo porque las especies no abundan como antes, sino porque sus colegas de Bocachica, La Boquilla y otras poblaciones se desplazan hasta aguas baruleras para realizar su faena y porque el actual plan de manejo del parque impone restricciones.
Ruby Arcila, de la Junta de Acción Comunal de la población y esposa de pescador, no duda de la importancia de conservar la naturaleza, pero lamenta la situación de muchas familias baruleras. “Lo que más pica es el pez loro, y todos sabemos que no se puede coger porque es el limpiador de los corales... el pescador debe asegurar la comida de sus hijos”, dice desafiante, y sugiere ofrecer alternativas antes que prohibirles a los pescadores, 20% de ellos analfabetas, hacer lo que mejor saben hacer. “Sabemos que para lograr conservar el parque no sólo debemos prohibir sino generar alternativas para el pescador”, dice Ordosgoitia, “pero es allí donde está la dificultad: hay que gestionar los recursos, y en eso estamos trabajando”.
Enriquillo cuenta que a los 14 años empezó “como aguantador de bote con buceadores”. Pero quedarse en el bote mientras los demás bucean y cogen la pesca del día no es buen negocio: los que más ganaban eran ellos. Así que decidió empezar a sumergirse, aprender el arte, conseguir un pequeño bote y especializarse en coger langosta, aunque nunca descartó apuntarle con su arpón a un pulpo, un pargo o una sierra si aparecían a la vista de su careta.
Al turista le venden el pescado a un mejor precio, lo que genera sobrepesca. Pero cada vez es más difícil y “da más flojera” salir a la faena. “Se están acabando los pescadores, la cultura, la idiosincrasia, la pertenencia, el territorio”, dice Euclides Gómez, de familia de pescadores, con alma de pescador, pero hoy en día negociante y todero. Y los hijos de pescadores con mayor razón no quieren dedicarse al oficio, y sus padres tampoco los incentivan a hacerlo. “No en las actuales condiciones”, dice Enriquillo.
Euclides y Enriquillo pertenecen a esta comunidad afrocolombiana cuyos ancestros no conocieron la dinamita ni el trasmallo, técnicas que al llegar a la zona comenzaron a ser utilizadas, “porque representaban más dinero, pero también un mayor deterioro”. Ahora “la gran escuela de pescadores se acabó. Queda lo que vino con la tecnología por querer capturar más pez”. Pero no se trata de volver al pasado, aunque por décadas el ambiente marino y costero fue conservado por los mismos nativos. Los tiempos cambian y Euclides, como Ruby, lamenta la normatividad que rige su entorno: “Teníamos corales, peces, moluscos, y nunca los destruimos. Ahora vino alguien con una gran ley y dijo: ustedes no pueden seguir haciendo esto porque destruyen; pero sí se puede bucear con tanques, que ahuyenta el pescado; sí se puede anclar, que revienta el coral; sí se puede esquiar, andar en motos de agua, que erosionan; esas son las prácticas del turismo. Pero el pescador que solamente iba, sacaba el producto, lo consumía, jugaba al trueque, tú me das un pescado y yo te doy una yuca, eso se acabó”, dice Euclides.
Con más de 27 años viviendo en la región, aunque no nativa, Ruby dice que las familias de Barú viven de milagro. “La gran mayoría de los baruleros somos gordos, no porque comamos mucho, sino porque comemos mal”, dice. “Aquí se vive de milagro porque hoy le va bien al pescador, al artesano, al agricultor, pero pueden pasar cinco o seis días que le va mal y tiene que estirar lo poquito que se ganó durante esos días y, claro, ir a fiar en la tiendita”.
De vender pescado, Ana Sixta Pacheco pasó a usar su congelador para vender hielo, en una población donde no hay agua potable ni acueducto, menos alcantarillado. Aprovecha las escasas lluvias que caen para recoger agua, que luego hierve para su consumo y empaca en bolsitas. Cuestan doscientos pesos. Atribuye el cambio de su negocio a que el suministro de pescado no era constante.
Esta barulera de origen ganó hace unos días un concurso organizado por la Fundación Pez León, que premió las recetas más deliciosas a base de este pez invasor, que también está acabando con el mero, por ejemplo. Preparó un ceviche de este pescado bañado en leche de coco, condimentado con pimienta y cilantro y adornado con ají rojo y verde picado. Lo acompañó con patacón rallado, cuya receta, esa sí, es secreta.
¿Qué pasó con el pescado y con los pescadores?
Esa es la pregunta del millón, que no tiene una sino varias respuestas. Entre las causadas por el ser humano están el desarrollo turístico, no solamente en Barú y la zona de influencia de las Islas del Rosario, sino en Cartagena, y el deterioro de la calidad del agua del mar y del hábitat marino a causa de los sedimentos que derrama el Canal del Dique y de los desechos que expulsan las industrias de Mamonal y la extracción de los recursos marinos, como coral y mangle, para construcción en general. Pero también el cambio climático da cuenta de algunas de las causas de la retirada de los peces mar adentro, en respuesta a la erosión y la posible salinización del agua en las costas. Cada vez es más difícil para el pescador artesanal conquistar esos espacios donde podría ser más exitosa su labor si tuviera las artes de pesca adecuadas... y si las condiciones fueran otras.