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El Portete que dejó 'Pablo'

La reciente captura de Élmer Montoya Borbón y la condena a 26 años de cárcel para su jefe, alias 'Pablo', devolvieron la atención nacional hacia la triste bahía donde sembraron el terror y obligaron al éxodo indígena.

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Jaime de la Hoz Simanca / Especial para El Espectador
01 de junio de 2011 - 11:17 p. m.
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Ana Epinayú limpió sus lágrimas al recordar que a su sobrina Margoth Ballesteros Epiayú, después de asesinarla a tiros, la sentaron en una silla de mimbre y la decapitaron de un tajo. Y sólo le quedó un último aliento para completar la descripción de la macabra escena: la cabeza sangrante fue tomada por los cabellos y puesta en lo alto de un cactus sembrado frente a la enramada de su casa. Fue la última acción de un día de horror que comenzó a las once de la mañana del domingo 18 de abril de 2004 y se prolongó más allá del mediodía. Semanas después comenzó el éxodo de centenares de indígenas de la etnia wayuu.

El grupo de paramilitares del Frente de Contrainsurgencia wayuu, al mando de Arnulfo Sánchez González, alias Pablo, condenado el pasado 26 de mayo a 26 años de cárcel, llegó a Portete en varios vehículos, vestidos con camuflado del ejército, con la intención de exterminarlos a todos y apoderarse del puerto natural por donde empezaban a exportar cocaína y recibir el contrabando de mercancías que llegaba de Panamá, Curazao y Bahamas.

Ana, sobreviviente de aquella masacre en la que hubo doce muertos, fue una de las primeras personas que abandonaron Portete, el lugar donde nació hace sesenta y cinco años. Regresó a los seis meses y encontró un pueblo desolado, habitado apenas por un puñado de valientes mujeres que, en medio del dolor, trataban de olvidar el espantoso día.

“Mataron a Rosa Uriana y a Rubén Epinayú delante de todos. Las jovencitas que no pudieron esconderse aparecieron violadas, pero de Reina Fince Pushaina y Diva Fince Epinayú no se supo nunca nada. Se llevaron a muchos que tampoco han vuelto. Yo volví para morir en mi pueblo, aunque hubiera preferido que me atravesaran cuando pusieron la bayoneta en mi pecho”, dijo. Y por eso agregó que le dolía aquí en el alma, junto al corazón. Porque los 'paras' masacraron también a Gintüi Epinayú, Diva, Reina, Margoth, Rosa, Diana y Margarita.

Cuatro 'paras' la tiraron junto al telar multicolor que acababa de tejer y comenzaron a indagarle por sus familiares. Preguntaron por los hombres, interrogaron por el lugar donde habían ido a esconderse las mujeres y amenazaron con matarla, al igual que a los niños. Ella evitó pronunciar palabra. Sólo abrió sus ojos asombrados al ver los otros ojos muertos que parecían mirarla desde la punta del cactus; y los desorbitó más al observar, a pocos metros de distancia, el cadáver de Diva Fince, a quien había designado para que le cerrara los ojos cuando la sorprendiera la muerte en la última etapa de su vejez. Pero la muerte sorprendió primero a Diva en aquel domingo sangriento cruzado por machetes, balas y motosierras.

En Portete también masacraron a niños y ancianos. Y más hombres: Rubén Epinayú, Nicolás Barros Ballesteros, Arturo Epiayú, Alberto y Robert Everts Fince. En una sola fosa, hacia Sukaramana, encontraron 16 cadáveres después de la masacre. Por eso, ni Ana, ni los palabreros, ni los intelectuales de la etnia han logrado entender cómo el Estado los ha ignorado en los eventos de Justicia y Paz.

¿Dónde está Portete?

Las pocas casas que quedan en Portete están desperdigadas en el desierto, al final de varios senderos que, vistos desde arriba, conforman un minúsculo laberinto. Son rancherías centenarias, de arquitectura simple, que aparecen de pronto cuando el camino se abre como un playón inhóspito y árido, atravesado por silbidos nocturnos y oleadas de viento y polvo.

A golpe de vista aparecen los rectángulos de bahareque que antes de la matanza estuvieron reforzados con varas de yotojoro. Los techos resquebrajados en forma de pirámides ya no amortiguan los rayos del sol ni las gotas de una escasa lluvia que cae desde el comienzo de los siglos. Casi al final se ve una enramada que fue, hace menos de dos lustros, punto de encuentros y desencuentros, sitio de esparcimiento y lugar de fiestas y sueños de visitantes.

Las rancherías fueron las viviendas de una parte de esta etnia wayuu de antiguas raíces culturales, pero abandonadas hoy y remecidas desde sus cimientos por el viento que sopla del norte y sobrevuela los promontorios de sal antes de morir en el mar. Están solas: otras aparecen al lado de pequeños cauces de lagunas sin agua, con puertas deformadas y sostenidas apenas con troncos leñosos carcomidos por los años. Portete ya no existe. Antes del 18 de abril de 2004 era un pueblo de más de mil habitantes que, junto a Puerto Nuevo y Guarrao, formaba parte de Bahía Portete, corregimiento perteneciente al municipio de Uribia. Ahora es la sombra de una aldea de rancherías deshabitadas que poco a poco se desmoronan en medio de un silencio largo.

Ana dijo que ella regresó por las promesas del Gobierno. Entonces recordó que, en mitad del dolor colectivo, meses después de la tragedia de su etnia, el entonces vicepresidente Francisco Santos estuvo en Riohacha y posteriormente se trasladó a la Alta Guajira para hacer promesas que aún no se cumplen.

“Él quiso que bailáramos la yonna dizque para alejar los malos espíritus, pero nosotros estábamos de luto. Trajeron indígenas de otras partes para mostrar que lo que había pasado aquí no era grave”, agregó.

Portete sigue diluyéndose, desapareciendo en medio del sol y las areniscas doradas del desierto, mientras allá arriba, en Jarara, entre Tres Bocas y Marquetalia, zona que no se inunda y lugar de paso obligado, los neoparamilitares y los ‘herederos’ de Pablo atracan a placer a los turistas, quienes permanecen durante horas en mitad del desierto, sin auto, ni cámaras filmadoras, ni pertenencias, pues el proceso de expansión se acompaña ahora con esta modalidad de despojo.

Dicen que en Portete todavía habita medio centenar de mujeres y decenas de niños en las chozas que están cerca de lo que antes fue un puerto de entradas y salidas. Dicen, además, que se esconden del grupo que dejó alias Pablo, quien, lleno de soberbia, confesó su autoría ante miembros del CTI de la Fiscalía mediante las siguientes palabras: “No ordené ninguna muerte. Los maté yo mismo. Deben estar agradecidos conmigo, porque limpié La Guajira”.

El comienzo

Según algunos miembros representativos de la etnia wayuu, todo comenzó cuando a José María Ipuana se le metieron en el cuerpo los malos espíritus. Ipuana es el mismo José María Epinayú, conocido como Chema Bala y quien aparece en su cédula venezolana con el nombre de José María Barros. Él quedó con el control de uno de los pocos muelles de Bahía Portete después de que su mamá lo designara como administrador.

La muerte de dos de sus primos fue abriendo unas viejas heridas que nunca terminaron de cicatrizar. Cuando le “mandaron la palabra” —acto ceremonial para iniciar el proceso de reparación—, Chema aceptó los crímenes y pagó por ellos. El mal estaba hecho. Así, los conflictos continuaron hasta que Chema Bala estableció alianza con los hombres del Bloque Norte de Jorge 40.

Poco a poco el paramilitarismo se fue extendiendo por la península de La Guajira, cubriendo zonas y alargando sus tentáculos. En un momento, pisaron las tierras resquebrajadas y secas del desierto. Primero fueron tres muertes selectivas en Puerto Nuevo, a principios de 2004. En abril del mismo año se produjo la masacre y el desalojo en Portete. Y el 16 de mayo del mismo año mataron en la ranchería Halapalichi a Amable Epinayú, anciano de 82 años y uno de los últimos testigos de la masacre del 18 de abril.

Mientras Chema Bala era detenido y trasladado a Bogotá el 10 de octubre de 2004, los ‘paras’ del Bloque Norte terminaban de copar la región desértica de la península después de asegurar el control en el sur de La Guajira, en Maicao y Carraipía.

Por Jaime de la Hoz Simanca / Especial para El Espectador

 

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