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Al aplauso lo precedió el silencio. Tomás Alfonso, Poncho, alzaba los brazos y jugueteaba en la tarima; Emiliano Alcides, Emilianito, caminaba hacia el lado izquierdo del proscenio en busca del acordeón colibrí con el que habría de iniciar la presentación. El pasado sábado, el público en el Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo (en Bogotá), que agotó boletería con tres meses de anticipación, estaba ansioso y expectante, y apostaba en silencios y en murmullos sobre cuál sería esa primera canción.
Era apenas natural, hacía un buen tiempo no se les veía en la capital, a donde, como en las épocas de rapsodas y de comunicación mular en las que nacieron los más antiguos cantos vallenatos, llegaban las informaciones fragmentadas que daban cuenta de sus separaciones artísticas y sus diferencias económicas. Pero allí estaban juntos con su conjunto Poncho y Emilianito, una marca registrada de la música del Magdalena Grande. Un matrimonio igualitario, perfecto e indisoluble.
Y fue el júbilo, cuando sonaron los acordes de Mi hermano y yo, el primer corte del lado A de Pa’ toda la vida, el memorable acetato de 1980. No podía ser otro el tema, sino el paseo escrito por Emilianito, que de manera real y visionaria, narra lo que ha sido la trayectoria artística de Los Hermanos Zuleta, la agrupación insignia del vallenato primigenio, el que compone el labriego y le canta a la vaquería, a las costumbres, a la mujer, al amor, al amigo, a las cabañuelas, al hijo y al río crecidos, al gallo, al pollo, al malentendido, al viejo Mile, al viejo Migue y al firme laurel que ha nacido a orillas del río Cesar.
Rápido hubo lágrimas, coros, llantos de nostalgia y conmoción, tan rápido como se desperdigaron el trino del acordeón de Emilianito y la resonante voz de Poncho. Si no fuera porque abuelos, padres e hijos han disfrutado de y con su música, y porque ellos están muy cerca de cumplir medio siglo de vida artística, se le creería a Poncho que en verdad cuenta apenas los cincuenta años de edad que dice tener. En sus artes, están intactos; y mucho mejor.
Si no fuera también -cifras que dio en el acto Tomás Alfonso-por los sesenta y cuatro discos y las más de mil cuatrocientas canciones grabadas, bastaría con cerrar los ojos, oírlos e imaginar que siguen siendo los imberbes que estudiaron en Tunja y en Bogotá, cuyas imágenes reposan, entre otros lugares, en los anaqueles del cajero mayor, Pablo López Gutiérrez, testigo directo de su historia y de cómo los hermanos crecieron, maduraron y se hicieron grandes.
«Hablen, pidan sin miedo», gritaba un Poncho efusivo y alérgico a las bebidas frías. Y la gente pedía, pero no había tiempo para mil cuatrocientos títulos, ni alcanzó para La gota fría que en vano toda la noche solicitó una incansable dama. Tampoco hubo tiempo porque en el intermedio de cada tema, el cantante se explayaba en anécdotas y chascarrillos que el auditorio disfrutaba hasta cuando comenzaban los elogios para algún político. «Canta Poncho, canta», reclamaba la gente, y el cantante cantaba cada canto mejor. Lo suyo es el canto y el cuento.
A medida que avanzaba el concierto, y en el entretanto de las melodías y las letras de Nativo del valle, Por ella, La creciente del Cesar, Tardes de verano y Mañanita de invierno -según Gabo, la manera más decorosa y sutil de pedirle un retozo a una mujer-, Los Hermanos Zuleta iban contagiando a cachacos y costeños, al tiempo que extendían la invitación a la cuadrágésima novena versión del Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar. Este año la fiesta será en su honor.
Seguro algo apoteósico va a suceder en la capital del Cesar durante la última semana abrileña, porque a la tradicional celebración se suman la declaratoria del vallenato como patrimonio inmaterial de la humanidad, según la Unesco, y un canto de Emiliano Zuleta Díaz mediante el cual agradece el reconocimiento del pueblo, e invita a mortales e inmortales para que asistan al «festival más indo del mundo».
Emiliano, que en principio rechazó el homenaje porque no le gusta ser el centro de atracción, y como reivindicación del que iba a ser un error, compuso Que vengan todos, paseo que, al mejor estilo de Leandro Díaz en su merengue Los tocaimeros, hace un inventario de gestores y cultores, vivos y muertos, con el fin de que todos lleguen a Valledupar. El acordeonista, nacido un 28 de diciembre, y que en esta fecha, si acaso, solo celebra el Día de los Santos Inocentes, esta vez cedió para ser razón de alboroques al lado de su hermano, «con quien ha batallado para poder vivir».
La canción acaba de ser grabada por los hijos de los homenajeados: Carlos Alberto, Kbeto, y José Enrique, Coco, quienes enlistan la cuarta generación de la estirpe Zuleta. La producción, en la que igualmente se reencuentran en estudio Poncho y Emilianito, enumera una extensa lista de figuras destacadas en la historia vallenata. Faltaron nombres como los de Máximo Movil y Juancho Rois, pero, como bien lo expresa el autor en las mismas estrofas, quisiera nombrarlos a todos. Cuatro minutos no alcanzan.
El acontecimiento será del 26 al 30 de abril, claro, también el primero de mayo, porque, como el paseo de Lenín Bueno Suárez, La parranda es pa´amanecé´. Que vayan, que vengan, para que esta vez no sufran de ausencia sentimental y justo puedan cantar en la propia tierra del fuego vallenato Que vengan todos y Ausencia sentimental. Que acudan todos para que celebren a los Hermanos Zuleta.