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Entre las decenas de familias que han tenido que desplazarse forzadamente en los últimos días en Catatumbo, la semana pasada llegó a Cúcuta una mujer junto con sus cinco hijos, todos menores de 14 años. Estaban en shock. Un grupo armado se llevó al padre sin ninguna explicación, bajo condiciones que ninguno ha sido capaz de verbalizar, en medio del desespero y el miedo. “¿Cómo seres humanos pueden hacer tanto daño a las personas? ¿Cómo podemos nosotros mismos dar tanto terror? Como sería lo que les hicieron, que los niños estaban en pánico y la madre no sabía qué hacer”, cuenta Carmen García, directora y fundadora de la Asociación Madres del Catatumbo por la Paz, donde hoy la familia está refugiada.
Las condiciones para ellos son críticas, viajaron solamente con el miedo, sin ninguna idea de qué hacer. Cuando dieron la declaración de lo ocurrido, la respuesta fue contundente: este año, a diferencia del pasado, no hay albergues ni ayudas humanitarias, por lo que quedaron en una lista para recibir asistencia cuando la haya, pero necesitan más que eso, el shock es muy grande y no lo han podido atender.
Este caso es más una generalidad que una excepción desde que comenzó la más reciente crisis humanitaria en Catatumbo. La Unidad Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres (Ungrd) advirtió que los miles de desplazados han tenido que enfrentar el duelo de seres queridos y el desarraigo, así como la pérdida de sus bienes y medios de sustento.
Sumado a esto, Luis Fernando Ramírez, gerente de Catatumbo del Consejo Noruego (NRC), dice que hay una afectación emocional. “El llanto (de las víctimas) está a la orden del día y es común, por las situaciones que han vivido. Estamos hablando de que viven un ataque cada 15 días, entonces ver un helicóptero u oír un ruido fuerte, como el de una motocicleta, les genera ansiedad”.
Psicólogos en Catatumbo de Médicos Sin Fronteras han advertido cuadros de depresión y ansiedad, pero también problemas del comportamiento y trastornos en el neurodesarrollo en los niños, mientras que las mujeres suelen encargarse del cuidado en medio de un contexto violento, así como son vulnerables a violencias físicas y psicológicas. “Les dije a mis hijos que las explosiones eran solo globos de juguete que estallaban; no puedo soportar que mi hijo crezca atormentado por el mismo terror que me persigue a mí cada día”, dijo una mujer desplazada.
Sobre las condiciones de salud mental, Miriam de León Kestler, coordinadora médica de Médicos Sin Fronteras en Colombia, profundiza en el miedo, y asegura que se da en diferentes niveles. “La gente comienza siendo observadora por afectaciones directas en sus poblaciones o en vecinas, que generan temores. También empiezan a tener miedo de movilizarse por las vías por los enfrentamientos y los drones, porque no los ven, solo los escuchan, y no saben si algo va a caer”.
Las consecuencias también se evidencian en el cuerpo. Lina Mejía, de la organización Vivamos Humanos, señala que para el informe de seguimiento de la situación que hicieron en noviembre del año pasado identificaron casos de parálisis faciales y corporales, a lo que se suma la ruptura del tejido social.
De esto Carmen resalta varias cosas. A la separación de las familias, ya sea por asesinatos o porque los hombres se van más lejos, añade que persiste una idea de no futuro, porque las familias ven suspendidos sus proyectos de vida y hay pocas oportunidades fuera de la ruralidad. “Las familias vivimos en la zozobra, no tenemos vida para dormir, el daño psicosocial es tan grande, que si suena el teléfono, a mí me aterra que sea para decirme que alguien se ha muerto”.
Frente al estrés postraumático, De León advierte que se genera muchas veces por la falta de asistencia oportuna, por lo que asegura que debe estar entre prioridades de atención el permitir que especialistas u organizaciones que cuenten con la capacidad puedan acceder a las zonas afectadas. “Regularmente los servicios de salud y salud mental están concentrados en las cabeceras municipales, y los programas están más enfocados a los niños, por lo que hace falta ampliarlos para todos, reducir la burocracia, contratar a más profesionales y permitir un acceso a nosotros como organizaciones a las zonas donde ha existido un enfrentamiento agudo, porque no es lo mismo atender a una persona una semana después, que un mes después del hecho violento”.
Por lo pronto, en zonas como el corregimiento de Pacheli, las mujeres han buscado alternativas reuniéndose en las tardes para hacer yoga y dejar a un lado parte de la zozobra. Sumado a esto, organizaciones como la Cruz Roja han dado talleres en las comunidades para saber cómo responder ante acciones violentas o situaciones de salud mental. De León afirma que MSF también las ha aplicado y ha enseñado a las personas en zonas de conflicto a cómo relajarse con la respiración, para racionalizar de mejor forma las acciones ante enfrentamientos, a escuchar y a comunicarse. “Hay una variedad de situaciones que se pueden dar, y esas herramientas son acogidas con positivismo por las comunidades”. No obstante, la atención mental sigue siendo prioridad para las víctimas, por lo que Carmen resalta que se requiere que las autoridades le presten más atención. “Nosotros llevamos un daño psicológico muy fuerte, por lo que la sanación nos va a costar mucho tiempo”.
