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El telegrafista de Aracataca sí recibió pensión

En el Ministerio de las Tecnologías y en el Archivo General de la Nación está la confirmación de que Gabriel Eligio García Martínez, padre del Nobel, sí fue pensionado.

Nelson Fredy Padilla Castro

15 de marzo de 2014 - 09:00 p. m.
Luisa Santiaga Márquez y Gabriel Eligio García Martínez, el telegrafista, los padres del Nobel de Literatura. / Archivo - El Espectador
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Durante el sepelio de Gustavo Adolfo García Márquez, el pasado miércoles en Bogotá, un familiar del ingeniero civil, constructor de puentes y acueductos en la costa Caribe, le contó a El Espectador: “Para ser justos, así como denunciamos que el Estado nunca le reconoció una mesada a este excónsul de Colombia en Venezuela, reconocemos que gracias al presidente Belisario Betancur y a la doctora Noemí Sanín, en los años 80 se le asignó una pensión a Gabriel Eligio García Martínez”.

Se refiere al legendario telegrafista de Aracataca padre de Gabriel García Márquez, quien sirvió al Estado a comienzos del siglo XX. En la biblioteca del actual Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, con la ayuda de Juan Darío Restrepo Figueroa, se encuentran los tomos donde hay constancia del trabajo del aventurero.

En el Informe del administrador general de telégrafos y teléfonos nacionales al señor ministro de Gobierno, fechado en 1923, en las páginas 48 y 49 menciona la oficina de Aracataca (Magdalena),  indica que Barranquilla es la circunscripción a la que pertenece y el almacén del que se provee, sección número 28.

Con las 30 baterías, “pilas en servicio”, García Martínez, según “la estadística telegráfica de la oficina” registrada en la página 152, había transmitido la siguiente información: 4.567 despachos particulares que demandaron 59.646 palabras, el equivalente a una novela promedio, tal vez la de amor que sus descendientes dicen dejó en borrador y nunca se publicó, pero recitaba de memoria, y 660 despachos oficiales, con 9.337 palabras, equivalentes a un cuento fantástico... Había recaudado $1.541,20 en “productos particulares” y relacionado $1.405,59 en gastos. Destacable también que la oficina de Aracataca tenía $135,61 como saldo a favor en gastos.

En el tomo I del libro Trayectoria de las comunicaciones en Colombia, que en el marco del Bicentenario editó el Ministerio TIC en 2009, en el capítulo “La inserción de Colombia en las tecnologías de las telecomunicaciones: del telégrafo electrónico a la telegrafía digital, 1865-2009”, páginas 268 y 269, se incluye un perfil del telegrafista, firmado por Luis Horacio López Domínguez, en el que se dice: “Fue empeño de los gobiernos del siglo XX dotar a las localidades de una oficina de correos y telégrafos. Así llegó el telégrafo a Aracataca”.

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El resto de los papeles sobre García Martínez fue a parar, en cumplimiento de la ley general de archivos, al Archivo General de la Nación, Fondos del Ministerio de Correos y Telégrafos, denominación que se le dio hasta 1953, cuando el general Gustavo Rojas Pinilla le cambió el nombre a Ministerio de Comunicaciones. Allí se verifica que en 1983, después de que Gabo recibió el Premio Nobel de Literatura, se iniciaron los trámites correspondientes a la pensión, no sólo en homenaje al autor de Cien años de soledad, sino a los “servicios eficientes y consagrados al país y a los colombianos” de su papá. En diciembre de 1984 el telegrafista de Aracataca murió en Cartagena y su sueldo lo heredó la viuda, doña Luisa Santiaga Márquez, fallecida en 2002.

Entre los documentos figura también la resolución 1685 del 8 de marzo de 1985, “por medio de la cual se otorga la Medalla al Mérito de las Comunicaciones Manuel Murillo Toro, primera clase” al hombre “que con su trabajo contribuyó a la tarea diaria de comunicar entre sí a los colombianos en épocas en las cuales las distancias eran mayores a causa de los rudimentarios medios de comunicación”. La firma la entonces ministra del ramo, Noemí Sanín, quien recuerda ahora que fue una misión no publicitada que adelantó por encargo del presidente, Belisario Betancur. Luego, la familia en pleno le rendiría a ella un homenaje en la casa de los García Márquez en el sector cartagenero de Manga, callejón de Santa Clara, donde murió el telegrafista y donde nunca faltaba un sancocho de tres carnes (res salada, cerdo y gallina) y dulce de guayaba. La ministra se la impuso en el pecho a Luisa Santiaga Márquez, “como reconocimiento a los destacados y eficientes servicios que prestó” el padre del Nobel.

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Los fríos registros oficiales no incluyen apuntes al margen que respondan las preguntas que surgen al revisar las “novedades” de la estación Aracataca: ¿qué comunicaban desde el Macondo en gestación los cataqueros y los aventureros como Gabriel Eligio, atraídos por la fiebre bananera? ¿Qué les respondían desde el lejano país distraído por el modernismo? ¿Cómo describían “los amores contrariados” y los odios recalcitrantes que desembocaron en novelas del realismo mágico y en masacres como la de 1928? Eso sólo lo sabía a cabalidad García Martínez, que, según su hoja de vida, también fue ejemplo de eficiencia en Magangué, Tolú y Sincelejo. Y de los 16 hijos del telegrafista, Gabito no fue de los que oían el testimonio de su padre de primera mano, porque desde pequeño se fue a vivir con los abuelos. En cambio, su hermana Aída lo tiene claro. Al escritor de ficciones se le escaparon detalles que ella aprovechó para el libro Gabito, el niño que soñó a Macondo (Ediciones B), publicado en 2013. “Mi papá —nacido en Sincé en 1901— terminó su bachillerato a fuerza de luchas y dificultades, quería ingresar a la facultad de medicina pero le fue imposible. Entró en la escuela dental de Cartagena, pero la falta de recursos lo obligó a retirarse y dedicarse a la telegrafía y la homeopatía”.

En Vivir para contarla, Gabo reconstruye una discusión con su mamá sobre por qué no había diplomas colgados de su padre, ni siquiera de estudios de violín. “El violín lo tocaba sólo en fiestas y serenatas. Si dejó sus estudios fue porque no tenía ni con qué comer. Pero en menos de un mes aprendió telegrafía, que entonces era una profesión muy buena, sobre todo en Aracataca”.

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¿Cómo terminó él en esa “aldea polvorienta, llena de silencio, desapacible, quizás en demasía”, como la describió en el Magazín Dominical de El Espectador del 30 de marzo de 1995? Aída recuerda que fue gracias a “una carta de recomendación del padre Aguado”, que el frustrado doctor le entregó al coronel Nicolás Márquez, padre de la que habría de ser su mujer, Luisa Santiaga. El mensaje incluía una descripción de sus cualidades: “aptitud para tocar el violín y facilidad para escribir versos”.

“Si viviera, estaría tuiteando y feisbuquiando”, dice en broma y en serio un nieto que esta semana estuvo en el sepelio de Gustavo. ¿Qué diría si supiera que Western Union, la compañía de telégrafos fundada en 1856 que se hizo multinacional desde los Estados Unidos cerró para siempre sus servicios telegráficos en 2006?

Las imágenes más conmovedoras que rescata Aída son del telegrafista en ejercicio de “prestidigitador”, porque le tocaba repartir su tiempo entre su “eminente” cargo oficial y, en horas de descanso, el acompañamiento musical en la iglesia municipal al coro de las veinte Hijas de María, todas “muchachas en flor”.

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Para ser el mejor telegrafista había que tener oído de músico y sensibilidad de poeta. Según El arte y destreza de la radiotelegrafía, de William G. Pierpont, el de Aracataca cumplía como los mejores: una mente capaz de leer y escribir al mismo tiempo, no sólo leer con los ojos sino con el oído. Sí. Para descifrar la “música” que llega a los audífonos compuesta a partir del código Morse. Los sonidos dit-dah, un punto seguido por una raya, se deben imprimir en la mente para reconocerlos como letras. Cuando el dedo índice del telegrafista pulsa con firmeza o suavidad aparece el ritmo para intercalar barras oblicuas, guiones y puntos en una partitura compuesta en la clase de “método de espaciado”. La frecuencia de los signos va más allá de simples impulsos eléctricos: transmite alertas, encargos, tragedias, celebraciones, opiniones, versos, secretos...

Después de mucho coquetear, García Martínez terminó enamorado de Luisa Santiaga, a quien los mensajes poéticos del operador le resultaron más conmovedores que los de Mariano Barreneche. Claro que fueron definitivos los buenos oficios de Cañatico, el mensajero de la telegrafía. Ya se sabe que el coronel se resistió a la relación, que mandó a pueblos lejanos a su hija para evitar que se casara con el “morenito enamoradizo que apareció entre la hojarasca del banano”. Pero el pretendiente era un telegrafista tan bueno que la localizaba con la ayuda de los colegas de la región que Gabo llamó “el país sin fronteras”. “Quienes lo conocieron lo veían como un bohemio trasnochador y mujeriego, que sin embargo no se bebió un trago de alcohol ni se fumó un cigarrillo en su larga vida”, escribió su hijo en las memorias.

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El padre del Nobel de Literatura marcó las huellas de las dichas y las desventuras de Aracataca sobre un teclado que aún sobrevive en la “casa museo” a los “sopores” de casi cien años de soledad, en una atmósfera deprimente que el recordado cronista Ernesto McCausland describió así: “Desarmado en cuatro partes, sin grasa ni pintura, el telégrafo que una vez le perteneció a Gabriel Eligio descansa sobre una mesa, en la habitación del fondo... sin leyenda que lo identifique”.

Le faltó incluir dos destartalados proyectores de cine con los que el “emigrado italiano” Antonio Daconte (Pietro Crespi en Cien años de soledad) enseñó a Nicolás Márquez y a sus nietos el milagro del cine mudo. Las latas permanecen en pie frente a un ventanal en arco, sostenido por una reja de esta época de ladrones, más que por los muros derruidos blancos, marcados de amarillo por las filtraciones de agua. A través del vidrio se ve “la última mata de banano” bajo la que “morían los coroneles”. Completan el cuadro un baúl, una estatua de santa Lucía a medio quemar, una sumadora, una mecedora, una lámpara de queroseno y el teléfono que, según García Márquez, acabó “con el sentido romántico de las ventanas”. Deja “el alma torcida”, como escribió Gabo en su columna “Vuelta a la semilla”, publicada en este diario en 1983.

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Hace un año, durante el Acuerdo para la Prosperidad que el presidente Juan Manuel Santos hizo en el pueblo, anunció la restauración de la casa declarada Monumento Nacional desde 1996. En 2014 el Hay Festival fue inaugurado allí y la ministra de Cultura, Mariana Garcés, dijo que el Ministerio de las Tecnologías ya le entregó presupuesto a la empresa 4-72 para empezar las obras que la conviertan en digno destino turístico de la Ruta Macondo Realismo Mágico.

Por Nelson Fredy Padilla Castro

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