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Era la una de la tarde cuando el general Rafael Uribe Uribe decidió salir de su casa hacia el congreso, donde pronunciaría un discurso que llevaba preparando varios días. El sol dejaba caer delicados rayos de luz sobre la tarde de la ciudad.
Desde las once de la mañana, en una esquina diagonal a su casa donde unas mujeres sobrevivían de la venta, lo esperaban Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal, dos carpinteros amigos que habían sobrevivido juntos a las tempestades de la guerra de los mil días y habían decidido montar entre los dos el negocio común de la talla de madera.
El día anterior habían estado bebiendo en las chicherías del centro de Bogotá en lo que al principio parecía una reunión feliz en la que tocaban tiple y bandola, y bailaban entre ellos ante la ausencia de mujeres, como comentarían después sus amigos Abel Acevedo y el ebanista Prieto.
Se sabe que hacia la media noche Prieto y Acevedo se despidieron de Galarza y Carvajal y que entonces un humor oscuro, nada parecido al de las primeras horas, se hizo palpable. La situación económica que atravesaban no era buena, el ministerio de obras públicas, su principal contratante, había dejado de asignarles obras por encargo. Desde el siete de agosto pasado Jesús Carvajal había asistido casi diariamente al ministerio en busca de trabajo y siempre regresaba con el desaliento propio de las malas noticias, trabajo no había, sin embargo, lo que parecía evidente era que el trabajo, más que escasear, se concentraba ahora en los liberales bloquistas que decidieron acompañar al General Rafael Uribe Uribe en su propuesta de adhesión a la candidatura del aspirante conservador bajo el noble pretexto de esperar cuatros años más para que el país, lejos de los vendavales de la guerra, acariciara en paz los beneficios de una propuesta liberal.
La noche era fría cuando el resentimiento se dejó sentir, fue cuando Galarza masculló: “ese hombre no debe existir, para él los hombres solo somos carne de cañón. Ningún congreso ha hecho nada por el pueblo”, a lo que Carvajal respondió “el de la culpa es el general Uribe, un traficante en la política, un negociante. Un hombre que no debe existir, si tuviera quien me acompañara a matarlo, lo haría”, y el otro replicó “yo lo acompaño”.
Carvajal, más joven y sanguíneo que Galarza no tardó en convertirse en el motor constante de la acción, Galarza en cambio parecía soltar frases graves sin ningún centro de realidad, era amante de las novelas de Sherlok Holmes, lector de prensa republicana y libros de espiritismo; el humor festivo que parecía tener queda resumido en la anécdota de esa última noche de paz que lo acompañó: En una de las chicherías fue abordado por Francisco Nieto, zapatero al que le adeudaba 130 pesos del arreglo de sus zapatos. Hacia un tiempo, Galarza cargaba con un cheque por una suma de 700 pesos para ser reclamado en el Banco de Bogotá, y era el que solía mostrar para que no se creyera que andaba sin un peso, como en efecto lo hacía, pues el cheque pertenecía a una chequera del siglo anterior y era el regalo de un amigo bromista que sin duda pudo haberle aconsejado sobrellevar el martirio de la escases con una dosis de humor.
María Arrubla, amante de Galarza, confesaría después que esa noche, tras sórdidos gritos para que le abriera la puerta, Galarza cayó rendido de sueño, sin señal alguna de resentimiento, de extrañeza.
A las ocho de la mañana Jesús Carvajal llegó a la casa de Galarza y lo saludó con el código de su amistad, “quiubo bobito”, le dijo. Lo encontró tomando changua, como lo había dispuesto María Arrubla para ayudarle a sobrellevar los malestares de la noche anterior. Al poco tiempo salieron, Carvajal le había recordado a Galarza el cometido del día y decidieron ir a la carpintería a sacarle filo a las hachuelas.
En la carpintería trabajaba a esa hora Emilio Beltrán y José Henao, tallador de profesión. Ambos confesaron después, al ser interrogados, que la actitud de sus compañeros de taller desbordaba lo habitual, tanto que les fue difícil olvidar la frase que lanzó Carvajal luego de amolar las hachas, “esto queda bueno para la cortada de eucaliptos, ganaríamos más que con la carpintería”. Con broca le abrieron orificios a las herramientas para poder sujetarlas con más seguridad y salieron. Eran las 10:30 de la mañana del miércoles quince de octubre y de nuevo estaban sin plata, por lo que antes de salir decidieron llevarse un villamarquin propiedad de Galarza para empeñarlo en alguna compraventa y tomar algo antes de toparse con el general.
Rondando las once de la mañana ya estaban esperando al general en la esquina contigua a su casa cuando pasó Teodoro Aguirre, amigo de ambos. A paso lento caminó y los vio tomando aguardiente, pensó en saludarlos pero los vio voltear la mirada a penas lo vieron, así que decidió seguir; entretanto las tenderas no sabían que hacer, sumergidas en un miedo silencioso del que después se arrepentirían. Interrogadas al cabo de haber de sucedido los hechos una de ellas confesó saber que algo malo sucedería cuando escuchó a Carvajal, enlodado de la nebulosa del alcohol, decir en voz alta “hoy si bebemos de su sangre”, y aceptó no haber hecho nada por el miedo que sintió y porque no pudo saber a quién se referían.
Julián Uribe Uribe escribiría en sus memorias que esa mañana sus hermanas, Tulia e Inés, asomadas a la ventada habían visto a los dos hombres sentados en la esquina y no le dieron importancia, eran muchos los hombres que a diario se paraban en esa esquina a esperar al general para pedirle algún favor.
Sobre la una de la tarde el general Uribe Uribe salió de su casa. Tenía cincuenta y cinco años, quince levantamientos armados de los que salió derrotado y el prestigio histórico de ser el precursor del derecho laboral en Colombia y Suramérica. Era un enamorado entregado, escritor de cartas de amor en tiempos de guerra y paladín sin tregua de un nuevo paradigma humano.
Lo que vino después es bastante conocido, los tres hachazos de cobardía, el estertor de horas, la confusión de la muerte y la necesidad de agua, en vez de brandy, como lo ofrecieran los médicos.
* El juicio del siglo y el investigador olvidado
A Marco Tulio Anzola Samper, abogado y antiguo funcionario del ministerio de obras Públicas le fue encargada la labor-por el hermano y el yerno del coronel-de hacer indagaciones propias con el fin de establecer los móviles reales del crimen. Varias veces leyó los tres mil folios del grueso expediente del caso y entrevistó a testigos. La suspicacia investigativa lo llevó inclusive a hacerse emplear varias veces en el panóptico donde estaban presos Galarza y Carvajal para observarlos de cerca, pero terminó trasladado de manera intempestiva y amenazado en extrañas situaciones.
El juicio se llevó a cabo en el mes de julio de 1918. Anzola había dado a conocer el resultado de sus investigaciones en un laborioso texto que denominó “quienes son”, donde arrojaba un racimo de luces sobre los actores intelectuales del asesinato. Cuatro años después, el tema seguía colmando de expectativa el corazón de los ciudadanos, que veían en Anzola la cara oculta de la moneda.
En el curso de su investigación había llegado a importantes conclusiones. Al juicio llegó con el peso extraordinario que le conferían sus 56 nuevos testigos, pero desde el principio se le negó la oportunidad de hablar. El clima se vaciaba en hostilidades, y Anzola Samper terminó por convertirse en protagonista de su propio drama.
Anzola logró dar con testigos que en sus declaraciones contenían el verdadero cauce del crimen. En declaración aumentada se supo que la señora Mercedes Grau presenció el momento en el que le propinaron los zarpazos de muerte al general, y que antes del suceso había visto a un hombre de sombrero, bigotes y botines de charol esperando en la esquina por la que pasaría el general. Que el hombre alertó a Carvajal con un tímido “ahí viene” cuando se percató de la presencia y que, de manera casual, era el mismo hombre al que había visto después acompañando al cortejo fúnebre, luego en la misa, y por último en el sitio donde en homenaje decidieron poner la placa conmemorativa.
Empezado el juicio, a Anzola se le prohibió asistir a las sesiones y estuvo a punto de ser encarcelado, sin embargo su tenacidad permanecía intacta. Como abogado de la familia del general fue designado, con gran curiosidad, el hijo del fiscal del caso, por lo que la versión de que el homicidio era producto del resentimiento de los carpinteros fue erguida como máxima única e irrefutable, pero cuando el juicio llegó al momento de clímax el hermano y el yerno del general nombraron a Anzola como su nuevo abogado y destituyeron al otro, pero el juez del caso no aceptó alegando que a esas alturas del juicio el cambio no se podía dar.
Todo el escenario se veía teñido por los colores de la mentira histórica, y la situación terminó de explotar cuando no se dio importancia a los 56 testigos nuevos que traía Anzola, cuyos testimonios no fueron admitidos en principio. Los asistentes se hicieron sentir y tuvieron que aceptar en declaración a los nuevos testigos. Fuertes acusaciones se lanzaron al aire, principalmente contra el director de la policía, Salomón Correa y tres sacerdotes jesuitas que ni después de muerto respetaron al general.
Aunque se condenó a Galarza y Carvajal como únicos y principales autores del asesinato, el manto ingrato de la duda rondó para siempre la versión oficial de los hechos. El derrotado y laborioso Marco Tulio Anzola Samper trazó preguntas que hoy siguen vigentes, nunca se sabrá por qué la cuadra por la que caminaba el general no contaba con seguridad policial, porqué se cambió al primer instructor de sumario, general Lubin Bonilla, que en sus dos días al cargo indagó por la identidad de un agente de la policía que asistía a las reuniones en la carpintería de Galarza y Carvajal con anterioridad al asesinato y negaba la entrada a quien considerara, nunca se supo el nombre de dicho policía, ni porqué los guardaespaldas del general Correa observaban con tranquilidad, sin inmutarse, el momento preciso en que se descargaban las hachas.
El texto de Anzola, a pesar de haber sido tildado como de ficción y producto de una imaginación desbordada, se constituye en sí mismo como una de las principales piezas investigativas que se conocen en el país. Las conclusiones, estudiadas con la pasión de los años, fueron que no habían sido dos hachas si no tres, que los asesinos no eran liberales republicanos, como para siempre quedó escrito, si no que eran militantes conservadores que en la guerra de los mil días habían combatido contra el ejército del general Uribe y que detrás de ellos se escondía gente de mucho poder, según sus propias palabras, pertenecientes a una clandestina y sanguinaria cofradía a la que pertenecerían los conservadores y jesuitas de la época.