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En el centro de Colombia, un poco desplazado hacia el norte e inclinado a la izquierda ?como le corresponde al corazón de un país? hay un territorio oscuro y montañoso que parece un agujero negro abandonado de Dios y de los hombres. Durante parte de la Colonia y el primer siglo y medio de la República, esas tierras quebradas tuvieron su importancia porque eran atravesadas, primero por el camino real y luego por la carretera que unía las dos primeras ciudades del país: Bogotá y Medellín. Después todo se vino abajo y la región se sumió en la soledad y el olvido.
Si miran un mapa y trazan una línea recta entre la capital de Antioquia y la de Colombia, verán que esa línea pasa por Sonsón y sigue hacia el sur por el oriente de Caldas, tocando a Norcasia y La Dorada. Arrieros, colonizadores, comerciantes y viajeros bajaban al río Magdalena por esa ruta de la cordillera Central, para volver a remontar las montañas hacia la capital, por las estribaciones de la cordillera Oriental, y durante decenios lo hicieron también los camiones y los buses que iban de Medellín a Bogotá y viceversa, transportando mercancías y personas. Pero cuando se trazó y terminó la llamada autopista Medellín-Bogotá, que pasa más al oriente, estas tierras quedaron aisladas del mundo y abandonadas a su suerte. Hoy, entre Sonsón y Norcasia (8 horas de camino por la misma carretera destapada y descuidada que se usaba hace un siglo) hay un solo medio de transporte para los campesinos: un bus de escalera que baja de Sonsón por la mañana y vuelve a subir por la tarde, desde La Dorada, una vez al día, en un único trayecto de ida y vuelta, y nada más. El resto del tiempo, en esa carretera, espantan.
Como el Gobierno no volvió a interesarse en esos pueblos ni en esas tierras, los poderes sanguinarios e informales se apoderaron de ellas, y prácticamente la mitad quedó en manos de la guerrilla y la otra mitad en manos de los paramilitares. Mientras la guerrilla vacunaba, secuestraba, reclutaba y mataba en las zonas altas y boscosas de la cordillera, desde Berlín hacia arriba, hasta Sonsón (que era el territorio de Karina y de Iván Ríos), los paramilitares vacunaban, desplazaban, mataban y se apoderaban de tierras de Berlín hacia abajo, pasando por Norcasia y hasta el río Magdalena, en las partes más llanas, fértiles y calientes (donde estaba y en parte sigue estando el territorio de Ramón Isaza y su secuaces, ahora dedicados a la minería ilegal). En Berlín, pues, que era y sigue siendo corregimiento de Samaná, Caldas, estaba la frontera entre los dos grupos armados.
En medio de estos dos poderes sanguinarios, casi como un gueto de civilización y orden enclavado en la montaña, estaba el proyecto hidroeléctrico del río La Miel, en las afueras de Norcasia, este pueblo caldense que cuando se empezó a construir la presa no era siquiera municipio.
Interpuesto entre el territorio de la guerrilla y el de los paramilitares existía ese enclave vigilado y protegido, el embalse y la central de máquinas, que generaba empleo y orden, y quizá por eso mismo en el territorio de frontera no se dieron casi nunca enfrentamientos directos. La Central era el límite pacífico y funcional entre dos zonas de influencia disfuncional, violenta y perniciosa. Ese acuerdo tácito de no agresión permitió que la hidroeléctrica funcionara, pero dejó también que los poderes ilegales se afianzaran cada uno en su territorio, con lo cual los campesinos ?cuando no podían entrar a trabajar a la Central, pues allí no había puesto para todos? quedaron a merced de uno u otro grupo violento.
* Una máquina de agua
Antes de adentrarnos más en la sociología del sitio, volvamos a su geografía. El microclima de estas tierras altas y quebradas es único en el mundo: un bosque tropical de clima benigno, rico en precipitaciones, en nacimientos y quebradas, en especies animales y vegetales (orquídeas, árboles, pájaros, mamíferos). Desde el bosque de niebla hasta la tierra caliente serpentean algunos ríos cristalinos y miles de arroyos de agua, cascadas, chorros, rápidos que se abren paso entre el verdor exuberante y las rocas gigantescas. Cuando se camina por esas breñas en silencio, tan solo tres sonidos nos acompañan: pájaros que cantan de rama en rama, rumores de insectos, y agua que baja por la montaña.
Como en las cimas de Antioquia y Caldas nace y corre tanta agua encañonada ?y otra tanta cae del cielo como un maná perpetuo?, y como las diferencias de altitud son tan marcadas, fue bastante natural que a los ingenieros hidráulicos y electricistas se les ocurriera construir allí una gran presa para generar, con relativa facilidad y no muy altos costos, energía eléctrica. La sola fuerza del agua retenida por el hombre movería las turbinas más potentes.
El problema es que no hay manera de generar energía sin que se produzca algún efecto negativo en el ecosistema; si queremos tener luz ?y no parece que la gente quiera volver a alumbrarse con velas, a comunicarse por señales de humo, ni a cocinar con leña? se requiere tomar algunas decisiones en las que el cálculo de los beneficios supere el cálculo de los daños (ambientales, sociales) por pagar. Pero esos daños siempre existirán, y de algún modo hay que pagarlos y mitigarlos. A esta labor de mitigar el impacto se ha dedicado Isagén, que compró la planta cuando estaba casi lista, construida por un consorcio brasileño. En cabeza de un gerente serio en su conciencia social, Luis Fernando Rico, y de un equipo ambiental consciente de sus responsabilidades, esta empresa pública que hoy corre el riesgo de ser vendida a los privados ha intentado ponerles remedio a algunas de las condiciones adversas creadas por la represa, así como a sacarles partido (para los pobladores de la zona) a las ventajas traídas por la hidroeléctrica.
Entre las posibilidades que había hasta los años 1970, las hidroeléctricas eran sin duda menos traumáticas y peligrosas para el medio ambiente que las centrales nucleares o las termoeléctricas alimentadas por carbón o gas natural. Hacerlas no era la peor opción, y todavía hoy, con algunos ajustes, son una de las posibilidades menos nocivas que hay para generar energía. Fue por esto que Fonade, hacia finales de los años 1970, facilitó los recursos para los estudios previos a la construcción de la Hidroeléctrica de La Miel I.
El proyecto estuvo empantanado más de un decenio (entre otras cosas por dudas ambientales, dificultades políticas y discusiones con la población de la zona), pero durante el gobierno de César Gaviria, después del apagón, por los graves problemas de abastecimiento eléctrico que tuvo Colombia en los largos meses de sequía por efecto de El Niño, en particular los años 1992 y 1993, la aprobación definitiva de la obra se precipitó, cuando era ministro de Minas y Energía Juan Camilo Restrepo.
La urgencia del momento, unido al hecho de que la Central de La Miel I empezó su proceso de ejecución antes la aprobación de la Ley 99 de 1993, hizo que para su construcción no se requiriera de licencia ambiental sino de un documento menos riguroso, que era la Licencia de Viabilidad, otorgada por el Inderena. Es poco probable que hoy en día se concediera licencia para una presa de este tipo, sobre todo por el daño ecológico que significa la suspensión total, en un tramo de varios kilómetros, del cauce que formaba el río la Miel ?hoy ese sector es conocido como “lecho seco”?.
Es evidente que, por ejemplo, si los peces subían a desovar río arriba, a partir de la construcción de la hidroeléctrica, al toparse con la presa (o con el lecho seco) la subienda se interrumpe abruptamente. También es evidente que los niveles de caudal que cambian de un momento a otro, por la entrada o salida de funcionamiento de más o menos turbinas, hacen más incierta la actividad pesquera. Esto, por supuesto, ha afectado la pesca río abajo, aunque probablemente estos no sean los factores más importantes en la disminución de esta actividad. Peor para la conservación y sostenibilidad de la pesca en el río ha sido la minería ilegal del río Samaná, y la contaminación incontrolada del río Magdalena. Pero obviamente también hay una influencia de la represa.
Pese al afán que había para tener esta nueva hidroeléctrica, la construcción de la presa empezó apenas en 1998 y terminó en 2002. En su momento, con sus 188 metros de altura, fue la más alta en su género ?concreto compactado con rodillo? del mundo. Hace poco se construyó una más alta en la China. Sin importar si es la primera o la segunda, cuando uno se asoma desde las afueras de Norcasia, y mira abajo hacia el agua verde del embalse, y sobre todo cuando se para y camina encima de la presa, se da cuenta de que está ante una obra de ingeniería de proporciones fenomenales.
Es sobrecogedor que unos cuantos miles de hombres, acompañados de grandes ingenieros calculistas o constructores, y usando cantidades ingentes de hierro, piedras y concreto, logren detener la fuerza de dos ríos caudalosos, para desviar luego sus aguas por las entrañas de una roca, kilómetros dentro de la tierra, donde unas turbinas gigantescas generan electricidad para cualquier región del país (casi 400 MW).
La gran presa de La Miel fue levantada donde confluían las aguas de dos ríos que nacen en la cordillera. Por donde antes corrían hasta encontrarse el Moro y el Miel, encañonados entre inmensas montañas, se extiende ahora el agua en calma de la represa. Los predios alrededor de la represa, comprados a los campesinos en el área de seguridad del embalse (decenas de metros hacia arriba desde el nivel más alto del embalse lleno), son ya, apenas diez años después, una selva cerrada. La capacidad de regeneración de la naturaleza en estas zonas es asombrosa, gracias a la tierra de cenizas volcánicas y la gran cantidad de precipitaciones. Con la vegetación renacida han vuelto, además, muchas especies de pájaros y de mamíferos, fuera de aves migratorias que antes no se detenían aquí.
Uno de los empleados de la represa, Carlos Farid Cardona, que empezó a trabajar como obrero raso en la construcción del embalse, y allí sigue, ahora como guardabosques, me cuenta y me señala las zonas (3.000 hectáreas de bosque recuperado) cuidadas por él y sus compañeros: hay bosques de guadua, de lenguaevaco o bacó, de abarco, cedro, nogal, guayacán… Relata con orgullo que en el área se ven venados, guaguas, conejos de monte, ñeque o guatín, cafuche o cerdo de monte ?de la familia del jabalí? y hasta tigrillos. Él recorre cada día esos territorios, a pie, en barca y a caballo. Planeamos una visita que me prometo hacer en los próximos meses, siete horas a caballo hasta las veredas más distantes de la represa, todavía bajo su área de influencia.
Desde hace poco el embalse se nutre también por un trasvase que se toma de otro río, el Manso, cuyas aguas sobrantes (sobre todo en invierno) llegan al embalse de La Miel, después de ser transportadas bajo tierra por un túnel, y a través de una altísima cascada artificial capaz de conmover al espectador más frío. La mano del hombre, también ahí, produce una cascada postiza que compite con otras naturales (Waterloo se llama una, y otra Tequendama). Algunos habitantes de Berlín me dirán al día siguiente que ese túnel ha interrumpido algunos nacimientos o acuíferos en sus tierras; la empresa lo duda, pero en todo caso ha comprado e indemnizado con precios más altos de los comerciales a los campesinos que se han quejado por este fenómeno. Y en los terrenos que adquiere empieza de inmediato el trabajo de reforestación.
Navegar por los distintos brazos de agua que componen la represa es una experiencia emocionante. Por donde antes los campesinos cruzaban los ríos y quebradas (cada brazo de la laberíntica represa significa que estamos flotando decenas o centenas de metros por encima de un antiguo cauce que serpenteaba entre las piedras) sobre puentes colgantes, en cables o tarabitas, circulan ahora lanchones que los llevan de una orilla a otra. Lo que antes se atravesaba por puentes se hace ahora sobre el Bocaneme o el Manso, los botes que transportan ?como en una pequeña Venecia campesina y tropical? personas, animales y carga.
Hay algunas veredas tan aisladas de todo que cuando uno las recorre a pie o a caballo parece regresar a la época de los arrieros. Y ver cómo estos arrieros, todavía con su típico atuendo antioqueño, van a Norcasia con su sombrero, su poncho terciado, su machete al cinto, sus mulas enjalmadas y cargadas de bultos, para vender los productos ?o regresan del pueblo con el mercado de aquello que no se produce en sus parcelas?, es también una experiencia bastante extraña. Sobre todo porque una parte de ese trayecto se hace ahora en barca, y porque mulas, cerdos y reses tienen que ser embarcados para poder llevarlos de ida hacia la población o de regreso hacia las veredas.
Lo antiguo y lo nuevo se tocan aquí con un equilibro de relativa calma. Los campesinos se quejan de que durante las noches no puedan hacer los recorridos que antes del embalse podían hacer a cualquier hora (el servicio de taxi gratuito sobre el agua termina con la puesta del sol y recomienza al amanecer), pero al mismo tiempo reconocen que el paso por la represa les significa en ocasiones un ahorro de tiempo y caminata de varias horas. Algunos han quedado aislados, sin camino a toda hora, pero hay que decir que los efectos negativos y los benéficos se compensan; hay que sopesarlos para sacar una suma final, cuyo resultado no será igual en todos los casos.
Norcasia, que hasta la construcción de la represa era un corregimiento de Samaná, con su rápido desarrollo a raíz de la hidroeléctrica, se convirtió en municipio independiente el 15 de agosto de 1999. Tanto la empresa brasileña constructora, Odebrecht-Alstom, como Isagén, que compró y asumió la operación de la planta, contribuyeron y siguen ayudando a la formación del tejido social del municipio. No sin problemas y altibajos.
Durante la construcción del embalse, me cuenta la alcaldesa, Marisol Manrique, el número de habitantes del pueblo creció abruptamente. Los residentes pasaron en pocos meses de seis mil a más de diez mil; miles de trabajadores llegaron al pueblo casi de repente, y este, por los buenos sueldos, se llenó de comercio, pero también de situaciones indeseadas: alcoholismo; cantinas de expendio de ron, cerveza y aguardiente; música a todo volumen; casas de juego; riñas… Con decir que al pueblo llegaban varios buses cargados de prostitutas los fines de semana, se explica en qué se fue buena parte de los buenos sueldos que pagaban los constructores de la Central.
La situación fue normalizándose poco a poco con la entrada en operación de la Central (hoy los habitantes han vuelto a ser 6.500), pero las primeras administraciones del nuevo municipio, sobre las que recaen dudas de corrupción, malos manejos y cierta complacencia con algunos grupos ilegales de la zona, hicieron que no se aprovecharan bien las ventajas que podría tener la cercanía con la hidroeléctrica.
Solo a partir de la última administración, liderada por la valiente alcaldesa Manrique, que ha sobrevivido a dos atentados de sus opositores políticos, esta relación parece más armónica y beneficiosa para las partes. En vez de una política de confrontación y de demandas desmedidas a la Central, ahora se ha establecido una simbiosis de mutua convivencia y conveniencia. Prueba de esto es la nueva Casa de la Cultura del pueblo, el acueducto de agua potable, algunas escuelas, y proyectos que vale la pena resaltar como coros de niños, asilo de ancianos, apoyo a las fiestas del aguacate (los aguacates de la región son famosos, y efectivamente muy buenos).
Isagén y la represa son un buen aliado para Norcasia en saneamiento y descontaminación de quebradas mediante la construcción de pozos sépticos en las veredas, financiados enteramente por la Central. La empresa dona también kits escolares para los niños, y apoya planes de paz para la región. Podría hacer más, sin duda, pero ahora en el pueblo se siente su presencia como algo positivo, siempre y cuando no se perciba la Central como una vaca lechera a la que simplemente se le ordeñan recursos, en una especie de asistencialismo malsano.
* Sin miedo a hablar
La primera persona con la que me entrevisté al llegar a la zona de influencia de la hidroeléctrica La Miel I es Viviana Bedoya Franco. Se trata de una mujer joven, con mucho carácter, de temperamento franco y directo. Ella nació, precisamente, en el sitio de frontera entre los paramilitares y la guerrilla: Berlín.
Viviana me cuenta que en realidad Berlín, hasta hace algunos decenios, se llamaba Agüetarro (porque había que acarrear el agua hasta las casas, al no haber acueducto), e inicialmente no era más que un campamento de obras públicas, donde se guardaba la maquinaria para darle mantenimiento a la carretera Medellín-Bogotá. Era también un sitio de parada para los camioneros, que ahí comían o descansaban.
El sitio queda a orillas del río Manso y una vez un cura que pasó a caballo por allá les hizo la siguiente profecía: “Berlín nunca va a ser rico, porque le falta ambición. Aquí no se va a amañar ni la chusma, pero tampoco se van a morir de hambre”. Hasta ahora la profecía se ha cumplido, aunque la tierra, recientemente, ha ido subiendo de precio por dos motivos: por el trasvase recién construido, que lleva a la represa, a través de un paso subterráneo, las aguas sobrantes del Manso. Esta construcción, por las quejas de haber secado algunos acuíferos subterráneos, ha hecho que la represa haya tenido que comprar a buen precio los predios afectados. El otro motivo es el uranio. Se dice que alrededor de Berlín hay yacimientos de este elemento, fundamental para la energía atómica y también para la fabricación de armas nucleares. Una empresa canadiense, Gaia Energy, ha hecho inversiones y excavaciones allí, pero la gente de Berlín está en contra de esa nueva riqueza ?que podría ser una maldición disfrazada de prosperidad? y hasta les han dinamitado las bocas de las minas. A Viviana Bedoya esa empresa minera le ofreció un buen sueldo, con tal de conseguir el apoyo de la comunidad de Berlín para la explotación del uranio, pero ella, que ha estado estudiando los daños que la minería de este tipo podría traer a su región, ha rechazado todas las propuestas.
Viviana se ha dedicado, con ayuda de Isagén y de la diócesis de La Dorada ?en particular bajo el liderazgo del padre Jorge Alberto Tovar, un líder entregado?, a capacitarse y trabajar con el PDPMC (Programa para el Desarrollo de Paz del Magdalena Centro), más conocido como PdP, o Programa de Paz. Lleva años vinculada a este proyecto y ahí ha aprendido a gestionar recursos, a presentar programas que puedan llevarse a cabo con eficacia, en vez de mendigar, a tratar de que en las comunidades la gente se encuentre, se exprese sin miedo, hable de sus carencias y necesidades, cuente su historia y se capacite. En una región tan golpeada por el conflicto, y donde hay problemas sociales tan acuciantes, es fundamental que haya canales de comunicación.
Viviana también ha participado en proyectos concretos, con resultados a veces agridulces, como cuando fue a repartir cerdos recién destetados por las veredas cerca de su casa, así como gallinas ponedoras, para la subsistencia de los campesinos, y estos, con cualquier pretexto, se los devolvían (por el pico, por el tamaño, por el color). También ha participado en programas más exitosos, por ejemplo para cambiar ciertas mentalidades entre los hombres, con el Plan Mariposa de la comunidad de paz, para combatir la violencia contra la mujer y hacer que los machos sean más sensibles y desinhibidos a la hora de manifestar sus afectos.
* Un caso ejemplar
De las personas conocidas en la zona, y entre las afectadas positiva o negativamente por la represa, ninguna me impresionó tanto como Fabiola Velandia. Fabiola nació en Puerto Rico, Caquetá, hace casi cuarenta años, en una finca abierta por sus padres, que eran oriundos de Risaralda, pero se fueron al sur como colonos. Tras muchos años de trabajo, el padre consiguió tener su propia tierra y su ganado, pero cuando Fabiola era niña, a principios de los años 1980, del Caquetá los sacó la violencia. Lo primero fue que al papá lo secuestró la guerrilla y a la madre le tocó vender todos los animales que tenían para pagar el rescate. Cuando lo soltaron se fueron a vivir a Gigante, Huila, pero era muy difícil subsistir, por lo que el padre volvió al Caquetá a tratar de recuperar su tierra. Estando allá lo secuestraron otra vez y nunca más volvieron a saber de él pues ya no había ganado ni nada con qué pagar un rescate. La mamá quedó con un niño de meses que Fabiola tuvo que dedicarse a cuidar mientras su madre ?de pueblo en pueblo: Cartago y Bugalagrande en el Valle, Quimbaya en el Quindío? vendía arepas, chuzos, empanadas, papas rellenas, lo que fuera, para sobrevivir.
Por cuidar al hermanito, Fabiola ?una mujer inteligente y dinámica? solo pudo estudiar hasta cuarto grado de primaria, pues se tuvo que salir de la escuela. Así fue dándose cuenta de que ella no podía ser también una carga para su madre viuda y empezó a pensar en cómo salirse de la casa. Más que la voluntad, la vida decidió por ella; tal vez por desespero o por ganas de crecer rápido quedó embarazada a los 13 años, en Quimbaya. El padre de la criatura, Danilo Trejos, era diez años mayor que ella, pero por fortuna no la abandonó sino que resultó ser una buena persona, un padre serio y responsable. Embarazada se fue con él y se llevó también al hermanito que cuidaba, a Quinchía, Risaralda, donde el esposo tenía familia.
Fabiola cuenta que celebró sus 15 años lavando pañales mientras Danilo recogía café. El hermanito que ella cuidaba y su hijo mayor se llevaban menos de 5 años. Allá estuvieron algunos años, pero ella se aburría todo el tiempo cuidando niños en una casa y además notó que al marido lo estaban desviando, aficionándolo al trago. Por eso le pidió que aceptara lo que un tío de él le proponía: que fuera a montarle una finca por los lados de Norcasia arriba, llegando a Antioquia, después de Florencia, en la parte alta del río Moro, en una vereda llamada La Cumbre.
Aquí la vida de Fabiola empieza a parecerse a la fábula de la lechera, de Samaniego. Ella, su marido y los dos niños llegan a pie a unas lomas aterradoras. Caminaron tanto que los pies les llegaron ensangrentados; tuvieron que irse andando desde Florencia porque ya el bus de escalera que subía a Sonsón había pasado y no habría transporte hasta dos días más tarde. Todo su equipaje, unas cajas, lo dejaron guardado en el zarzo de una tienda. En esa finca lejos del mundo entero no había sino piedras y culebras, una casa medio caída y un sembrado de caña de azúcar lleno de maleza. El marido, sudando la gota gorda, empezó a sacarle jugo a la caña y revivió un viejo trapiche: así empezaron a sacar panela cada semana. Tenían un caballito que jalaba el mayal y cargaba la panela hasta el pueblo. Y ahí empieza la fábula de Fabiola: con la panela vendida compró huevos, de los huevos crió pollos, con los pollos consiguió un sute (así le dicen al último cochinito de la camada, enteco), y con el sute (que engordó a punta de la bienestarina que le daban para el niño, y sobrados), después de venderlo (“marcó 7 arrobas”, más de 80 kilos), compraron un ternero y una marrana pequeña. Al ternero lo engordaron con miel y caña; a la marranita, con lo que hubiera.
Cuando la marrana entró en calor, Fabiola la llevó donde una vecina a ponerle un verraco. Del susto o del gusto la marrana se desmayó y no volvió a levantarse hasta el día siguiente, pero a los tres meses tuvo nueve cochinitos, y mientras tanto el ternero se iba volviendo novillo. Fabiola llegó a tener diecisiete marranos y más de cien gallinas en esa finca; y el marido ya sacaba, además de la panela, también fríjol, maíz, tomate, cebolla y habichuela. Remendaron la casa; tuvieron otro hijo.
Llevaban ahí ya tres años y la finca estaba montada cuando apareció el tío, que vio la finca tan bonita que le dio envidia y la puso a la venta. Fabiola estaba en embarazo del tercero cuando el tío dijo que tenían que desocupar la tierra. Poco antes de salir, el novillo, que ya estaba gordo, se rodó por un barranco y se desnucó. Lo único que pudieron hacer fue enterrarlo. Sacaron las gallinas, los marranos y con eso les alcanzó para comprar un rancho de madera en Samaná. Allá estuvieron siete meses, viviendo de un taller para pintar neveras que montó Danilo, que es todero y sabe hacer de todo. Cuando Fabiola se enteró de que iban a empezar a construir la represa cerca de Norcasia, propuso que cambiaran de pueblo.
Llegaron a Norcasia hace dieciocho años y mientras su marido trabajaba en una bomba de gasolina, Fabiola entró a hacer oficios varios en el campamento de los ingenieros brasileros que construían la presa. Ella no se limitaba a hacer la limpieza, sino que empezó a cocinarles a ellos: llegaba tan temprano que alcanzaba a prepararles el desayuno. Les enseñó a comer arepa y a tomar chocolate; les hacía café y huevos pericos. De vez en cuando, sancocho de gallina, y aprendió a cocinarles la feijoada de ellos y asar las carnes, que traían congelada desde Brasil, como a ellos les gustaba. Así, poco a poco, se metió en el corazón de los constructores, que la querían mucho, le daban propinas, le regalaban varillas sobrantes de la obra (para que construyera su propia casa). Todo iba bien hasta que recibió un aviso del cielo.
Como Fabiola trabajaba en el campamento desde las 5 de la mañana hasta las 10 de la noche, los niños se los cuidaba una comadre, y dormían con ella. Una noche, con tal de verlos, fue por ellos ya muy tarde, para que siquiera esa vez durmieran con ella. Al amanecer se fue al trabajo, segura de que la comadre iría temprano por los niños, pero esa mañana la comadre llegó tarde. El segundo hijo salió gateando de la casa y gateando atravesó la calle. Venía un camión y le pasó por encima. Cuando frenó, el niño estaba debajo. Ileso, intacto. Pero hubo un gran escándalo ?por supuesto? y la llamaron. Aunque ganaba más de un millón de pesos en la obra, Fabiola tomó la decisión de salirse a cuidar a los niños. Ella con sus ganancias y las del esposo estaba construyendo una casita en las afueras de Norcasia, donde vive todavía, pero prefirió dejar el trabajo, dejar la casa en obra negra y vivir con sus hijos, así los tuviera que alimentar solamente con yuca y sal.
Los brasileños entendieron su renuncia y la animaron mucho a que se capacitara. Le decían que ella no estaba para hacer aseo sino para llegar a hacer un trabajo de oficina, por sus aptitudes. Fabiola empezó estudiando confección en el SENA, y con otras señoras de Norcasia creó una asociación de confecciones: Nuevo Milenio. Con ayuda de la Central consiguieron maquinaria y clientela. Maquilaban ropa, hacían uniformes. Pero a Fabiola siempre le gusta progresar. Después de siete años en Nuevo Milenio, como sus compañeras no querían crecer la Asociación, decidió salirse y capacitarse para ir más lejos.
El primer encuentro con Fabiola fue en su casa, donde el marido tiene un cárcamo (un hoyo para cambiar el aceite a los carros) y donde su madre, postrada en una cama y sin conocer ya a nadie, es cuidada por su hija. El segundo encuentro es en la planta de máquinas, dentro de la peña, donde el agua a presión de la represa mueve las turbinas. Ahí pasa a contarme el final de su historia, en la mañana del día siguiente.
En medio del estruendo de las turbinas, después de haber entrado por túneles húmedos hasta las entrañas más hondas de la peña, me la encuentro de casco y uniforme. Ahí me cuenta que lloró ocho días haciendo la carta de renuncia a la Asociación de Confecciones, pero que salió a estudiar más. Ya con sus compañeras había aprendido gestión de negocios, y con miras a prestarle un servicio a Isagén, estudió dos años más Salud Ocupacional. En la planta hay mucha demanda de seguridad y ella con lo que sabe, más adiestramiento en tecnología electromecánica, aspira a que la contraten como asistente. Por ahora tiene algunos contratos como vigía de salud ocupacional, controlando para que no haya nunca un accidente. No solo visita esta Central sino que va también a otras obras de Isagén, y no descarta que un día no muy lejano su pequeña empresa tenga contratos más importantes.
Le pregunto por sus tres hijos y ahí la emoción para ella es la más grande. Anderson, el mayor, es auxiliar de enfermería y con ella aprendió salud ocupacional; ahora es inspector de seguridad en la Central Hidroeléctrica de Ituango, que se está construyendo en Antioquia. Jonathan, el segundo, estudió con ella gestión de negocios, y es técnico en proyectos de construcción y desarrollo gráfico. Trabaja en obras civiles menores para la Central. Y el menor (el que quedó debajo del carro), como ya había un poco más de recursos en la casa, será el primer profesional de la familia: acaba de pasar a Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional, y a lo mejor algún día sepa manejar lo último que Fabiola me señala con el dedo: las turbinas de la hidroeléctrica de La Miel.
A pesar de los tapones, uno siente el ruido y la fuerza del agua, que hace vibrar atronadoramente toda la caverna cavada por el hombre. Hay válvulas de seguridad, luces verdes y rojas, cables, tanques. Y todo tiembla a tus pies, como un monstruo subterráneo y potente que al menor descuido podría triturarnos a todos. Fabiola Velandia, en compañía de una ingeniera residente, me muestra todo con un gran orgullo, sintiendo que de algún modo también a ella le pertenece todo esto: lo que cambió su vida para siempre.
* Final: el río después de la presa, los pescadores
Durante todo el viaje nos ha acompañado Luz Adriana Álvarez, gestora social de varios de los proyectos mencionados aquí. Dejándome en libertad, pero indicándome los lugares donde puedo buscar información, su compañía ha sido clave para poder entender este pedazo del territorio colombiano. Con ella ha estado también Juan Felipe Montoya, comunicador de la Central Miel I, nuestro anfitrión en la planta. Y con ellos, más el equipo de producción, vamos a navegar la parte baja del río Miel, hasta llegar a la desembocadura del Manso, del Samaná, y ?ya al día siguiente?, aún más adelante, hasta el Magdalena.
Después de la presa, cuando el agua empieza nuevamente a fluir río abajo, nos encontramos en un ambiente de gran belleza natural. El río cristalino serpentea hundido en la vegetación verde, de árboles gigantescos que a veces se interrumpen por haciendas ganaderas. Nadar en las aguas frescas de ese río es un deleite, y más si te acompaña un niño que aprendió a zambullirse en el río antes que a caminar, porque vive en la orilla. Su padre es el lanchero que sabe manejar los repentinos cambios de nivel del río, sin encallar.
Como es habitual en Colombia, al lado de los latifundios sobreviven pequeñas poblaciones de pescadores y peones, que viven en condiciones de gran pobreza. Cerca del corregimiento de San Miguel (que pertenece a Sonsón y es el extremo sur de esta región de Antioquia), los pescadores se quejan de las dificultades de la pesca. Los cambios en el nivel de las aguas (según cuántas turbinas estén en operación) afectan algunas especies, que al bajar el nivel del río se quedan atrapados entre las piedras, o lo que es peor, el desove se queda enarenado, y al secarse se muere. Isagén organiza brigadas para liberar esos peces que se quedan atrapados, y los pobladores ayudan a liberarlos, pero no parece que esto sea suficiente.
Esta zona sufrió los embates del paramilitarismo más crudo. Este fue tan salvaje que ?me cuentan dos pescadores? llegó a haber un tipo de pez, el dentón, que nunca volvieron a comer, por un motivo: el dentón se nutría de los cadáveres que bajaban por el río porque los paramilitares los habían tirado río arriba. El río, que para ellos es símbolo de vida, durante muchos años se volvió el testigo de la violencia y la muerte.
En San Miguel, que sigue siendo santuario de grupos ilegales, se respira un ambiente tenso, espeso. El pueblo tiene su encanto, pero hace poco han vuelto a matar algunas personas, al parecer por disputas sobre la minería ilegal. A veces el Gobierno decomisa las dragas, pero pocos días después estas vuelven a operar. Poco antes de San Miguel, el río Samaná ?a diferencia del Manso y del Miel? baja completamente turbio y contaminado, por efecto de la minería clandestina. La tierra se ve erosionada, con poca vegetación.
En la región se han establecido comités turísticos pues ante el cambio en el ecosistema del río, como ya el bagre no es suficiente para la venta, tratan de organizarse en otro tipo de actividad: avistamiento de aves, paseos ecológicos por el río, pesquería recreativa. En La Habana intentan desarrollar estas nuevas actividades. Las intenciones son buenas, pero las perspectivas del negocio no muy claras.
El último poblado que visito es Buenavista. Allí también tratan de organizarse para tener proyectos ecoturísticos, con algún apoyo de la Central. Ahora están construyendo un quiosco enorme, de guadua, donde los pescadores visitantes puedan colgar sus hamacas y pernoctar. El pueblo se ve sin muchas perspectivas, se nota cierta tensión y desánimo. Isagén ha invertido más aguas arriba, donde los ríos nacen, que aguas abajo, donde quizá los efectos de la hidroeléctrica sean mayores. En general, a pesar de estar a orillas o muy cerca de ríos con aguas bastante limpias, no tienen acueducto, ni planes de saneamiento básico. Los políticos ?cuyos municipios reciben regalías de la Central? vienen y hasta inauguran acueductos que nunca entran en funcionamiento, porque quedaron mal diseñados y sin administración.
Si río arriba uno nota esperanza y más deseos de progresar, en estas zonas más cálidas y llanas se nota que las dificultades para encontrar caminos de solución son más difíciles. Antes todos, o casi todos, eran pescadores que más o menos vivían de su actividad. O al menos eso sostienen. Ahora que la pesca ha bajado tanto ?hasta tal punto que hay quienes dicen que desaparecerá por completo en pocos decenios? no saben adónde mirar. Los pobladores de los caseríos ?rodeados de haciendas gigantescas? no disponen de tierra donde poder cultivar siquiera lo básico: la yuca, el plátano y el arroz para comer. Y si hay algún foco de protesta, los terratenientes conforman grupos de autodefensa, por temor a perder la más pequeña fracción de sus tierras. Aquí el miedo no se ha roto por completo, y la influencia de la Central llega ya atenuada, con menos presencia y fuerza que cerca de la represa.
Este hermoso territorio, este agujero negro en el puro corazón de Colombia, cuando llega a las llanuras del Magdalena Centro, cambia de clima y de temperamento. Hay mucha música, cierta alegría exterior, pero también mucho desánimo y falta de ideas para encarar el futuro. Ojalá las Centrales que se hagan en adelante no piensen tan solo en el agua que las nutre, aguas arriba, sino también en las consecuencias de lo que devuelven a su cauce natural, aguas abajo.
La riqueza benéfica de los ríos dulces, que se puede palpar más arriba, al acercarse al Magdalena se va disipando, y al llegar a él ?la vieja arteria sucia de nuestra república? ya casi ha desaparecido por completo. Si un caso como el de la familia de Fabiola Velandia lo llena a uno de esperanza, la cara triste y desamparada de los pescadores de Bellavista ?inciertos hacia el futuro que les espera?, con sus niños barrigones y atónitos, nos devuelve a la dura realidad de las dificultades y las injusticias que no parecen tener solución, o al menos no muy pronto.