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Este jueves se cumplen 25 años del atentado a Vanguardia Liberal

Un atentado con carro bomba dejó casi destruida la sede del diario. Cuatro personas murieron aquel fatídico día.

Marcela Osorio Granados

16 de octubre de 2014 - 10:47 a. m.
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José Antonio Bolívar recibió su turno de vigilancia a las seis de la mañana. Cuando iniciaba su jornada laboral vio un Renault 4 amarillo parqueado que parecía incendiarse por dentro. Corrió al periódico, sacó un extinguidor y en momentos en que se disponía a apagar la conflagración, un estruendo sacudió la tierra. Ocurrió el lunes 16 de octubre de 1989 y toda Bucaramanga se estremeció con la tragedia. Un carro bomba cargado con dinamita explotó frente a las instalaciones de Vanguardia Liberal, el principal diario de Santander.

El vigilante José Antonio Bolívar murió en el acto. La detonación dejó un cráter de más de tres metros de diámetro. Tres personas más murieron, 15 quedaron heridas y los destrozos en varias edificaciones a la redonda fueron enormes. La sede de Vanguardia Liberal quedó devastada y reducida a un horizonte de hierros retorcidos, vidrios quebrados y ruinas humeantes. “El edificio quedó prácticamente demolido. El segundo piso se partió en dos. Los computadores de la sala de redacción quedaron incrustados en el techo”, rememora hoy Sebastián Hiller, director del diario santandereano.

En la medida en que se esparció la noticia del atentado fueron llegando al lugar funcionarios y periodistas. Así lo recuerda Marco Antonio Rodríguez, para la época periodista económico. “El caos era total, las personas lloraban y había un ambiente de miedo. Las lágrimas contagiaban”. Sin embargo, en medio de la desolación la consigna fue seguir en la lucha. En cuestión de minutos, directivos y empleados asumieron la amarga tarea de buscar un espacio de trabajo entre las ruinas. “Queríamos salir al otro día y quien dio la orden de continuar labores fue Alejandro Galvis (entonces director de Vanguardia). Su fortaleza contagió a todos”, agrega Rodríguez.

Sin techo, sosteniendo paraguas en medio de la lluvia, sin computadores y a la luz de velas, redactores y directivos sacaron la edición. Un impreso de 20 páginas con un editorial titulado ‘Aquí estamos’. Idéntico titular al que encabezó la edición que circuló un día de 1953, cuando el periódico fue incendiado en medio de la violencia partidista. El martes 17 de octubre quedó escrito: “Nos han destruido materialmente pero nuestros principios están intactos. Nos alienta la presencia solidaria de nuestros coterráneos que han acudido en masa en esta hora de dolor. Nos alienta también la certidumbre de que el terrorismo, venga de donde viniere, y sea cualquiera su precio, jamás ha doblegado los ideales de paz y de concordia”.

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La labor fue titánica y se enfrentó con aplomo. La encargada de tomar las riendas del periódico al día siguiente al atentado fue Silvia Galvis, elegida días antes como nueva directora del diario aunque pensaba asumir oficialmente a partir del primero de noviembre. Estaba en Bogotá cuando se enteró de la noticia y, tan pronto como pudo, se embarcó en el primer vuelo a Bucaramanga para hacerse cargo de la situación. “Me siento como una corresponsal de guerra. No tenemos sino la palabra para enfrentar las balas y las cargas de dinamita”, aseguró entonces la ya fallecida periodista.

El atentado contra Vanguardia Liberal ocurrió un mes después de que el narcotráfico explotara un carro bomba contra las instalaciones del diario El Espectador de Bogotá. El objetivo de los violentos era claro: silenciar a quienes se habían convertido en un obstáculo para sus fines oscuros. En el caso de Vanguardia, una retaliación por el apoyo que desde las páginas editoriales se había dado a la lucha del gobierno Barco contra el narcotráfico. “De hecho, Barco había visitado el periódico dos semanas antes, con motivo de la conmemoración de los 70 años de Vanguardia Liberal. Mes y medio después respondieron con la bomba”, recuerda Sebastián Hiller.

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Una vez más la mano del narcotráfico buscaba acallar las voces valientes que se resistieran a su oscuro poder. La ofensiva contra el periodismo y contra Vanguardia Liberal cobró cuatro vidas. Empezaba a caer el telón de 1989 y la oleada criminal del cartel de Medellín no daba límites. El mismo año del magnicidio de Luis Carlos Galán, del comienzo del sombrío capítulo de los carros bomba, de la hora en que la justicia fue acribillada sin opción de defensa, fue también el año en que la libertad de expresión sufrió más que nunca en Colombia la acción de los violentos.
 

Por Marcela Osorio Granados

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