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Cuando Francisco González supo que el Nevado del Ruiz se derretía por la actividad del volcán, creyó que Armero sencillamente era víctima de una inundación más. Irónicamente se imaginó recorriendo sus calles en una balsita. Las primeras noticias no advertían la dimensión de la tragedia. Sólo a la medianoche de ese 13 de noviembre, e incluso más tarde, comprendió que lo que había sucedido era una tragedia mayor, algo sin precedentes que cambiaría el rumbo de su vida. Era entonces un estudiante universitario. Ese fin de semana, cuando fue a buscar los restos de su padre, tuvo que resignarse a aceptar que todo había quedado arrasado. Como lo fue para la mayoría de quienes vivían en esta población algodonera del Tolima.
Aunque González, como muchos armeritas, rehizo su vida en otra ciudad, nunca se ha desvinculado de su tierra de origen y a lo largo de los años ha trabajado en proyectos relacionados con la reconstrucción de una memoria, un mapa imaginado que le devuelva algo de lo que esa avalancha se llevó hace 22 años.
Primero fue un proyecto de recuperación de epitafios y escritos que los sobrevivientes hicieron para honrar la memoria de sus muertos en cualquier lugar del inmenso camposanto. Este proyecto dio origen a un libro que fue publicado en 2000. Posteriormente, tomó la decisión de hacer un museo de la memoria y de convertir la región en algo mas allá de un área desolada. "La región quedó muy golpeada. La gente de Armero-Guayabal, aunque recibió casas, no tiene fuentes de ingresos. El turismo y la cultura podrían generar esa riqueza que se perdió hace dos décadas", afirma González, gestor cultural y creador de la Fundación Armando Armero.
El proyecto ha sido premiado en tres ocasiones desde su creación: Premio de la Agencia Española de Cooperación Internacional, Premio La Casa de América Catalunya y otro del Ayuntamiento de Olot en Catalunya.
La primera fase del proyecto fue la ubicación de vallas en las áreas donde quedaban las antiguas edificaciones. Al mismo tiempo, la recuperación de historias y personajes que habitaron Armero, a través de un trabajo que implica una filigrana social y oral: buscar a los habitantes y sobrevivientes de la ciudad y preguntarles historias, pedirles que describan edificaciones y otros hechos históricos, para armar ese mapa que desapareció con la ciudad.
La segunda fase tiene que ver con la creación de un museo en el que no sólo se haga un reconocimiento de la memoria y la tragedia, sino que se enseñe a los visitantes qué es un desastre natural y las implicaciones geológicas, ambientales y sociológicas que éste tiene. "Esta parte incluye un centro de estudio que no existe en el mundo", afirma González.
Y por último, una ruta turística que llegue hasta Ambalema, "La ruta del tabaco", y que sirva de polo de desarrollo turístico en el Tolima.
Hasta ahora el proyecto va en su primera fase. El proceso de recuperación de la memoria es arduo, pero ya la Fundación se prepara para conmemorar los 25 años de la tragedia con un gran lanzamiento del museo. Por ahora los armeritas siguen poniendo piezas de ese gran rompecabezas que implica Armar a Armero.