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He sufrido, pero no miro atrás

El ciclista antioqueño hizo de la tragedia su mayor arma de fortaleza para batallar desde los 14 años, junto a su mamá y su hermana. Vendió chance, como su padre, y salió adelante.

Rigoberto Urán

14 de marzo de 2016 - 11:22 p. m.
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Lo que aprendí de mi padre, Rigoberto de Jesús Urán, asesinado a manos de paramilitares en el mes de agosto de 2001 en Urrao, Antioquia, fue a trabajar honradamente para conseguir plata.

Dicen que físicamente y en personalidad me parezco mucho a él. Yo creo que él era alegre y yo soy así. Pero ojo: no me tomo la vida de charla, sólo que sí trato de sacar el mejor provecho en las situaciones complicadas. Aunque sí puedo decir que una influencia suya es el gusto por la guasca. Él tomaba con esa música. Crecí con eso. Yo he sufrido un poco de todo, pero no miro atrás. Siempre hay que seguir adelante, por eso estoy donde estoy.

Adquirí un optimismo incoherente con mi contexto y como consecuencia de ello hablo sin tapujos de mi madre Aracely; de la violencia que azotó la zona de mi crianza; de la falta de suerte durante los tres años que vendí el chance; de la responsabilidad de mi hogar que heredé prematuramente tras la muerte de mi padre; sobre mi tercera carrera en Europa en la que me fracturé la clavícula y en el Tour de Francia de 2011 en el que contraje una gripa; y de las múltiples lesiones que he tenido a lo largo de mi carrera profesional.

Mi padre se armaba de talonarios y arrastraba una carreta llena de electrodomésticos para rifar. Conseguía que le compraran la gallina ciega, como llamaba al acto de elegir él mismo una boleta para su comprador. La capacidad de persuasión siempre fue su materia prima. A veces a pie, casi siempre sobre su bicicleta.

Mi padre aprendió a persuadir en la calle y en el campo. Fracasando y volviendo a empezar. También en prisión. Mi padre no nació en el pueblo sino en la vereda El Pabón, donde sembró café y papa, donde manipuló tierra y ordeñó vacas. Trabajó desde niño e intentó de muchas maneras en su vida: tuvo gallos de pelea, domó caballos y montó negocios. Y vendió piñas en Venezuela, pero cuando lo descubrieron sin papeles lo retuvieron.

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Esa fue la gran herencia que me dejó mi papá: la convicción por el trabajo, la incapacidad para rendirse y el coraje sobre la bicicleta.

El sábado 4 de agosto de 2001, como el resto de sábados, rompió con la rutina del chancero. Salió antes de las seis de la mañana de su casa y pedaleó en contra de la neblina hasta la vereda Arenales, a 17 kilómetros de Urrao. Allí comenzó a ver hombres encapuchados y armados en un morro, al lado de una finca y bordeando la carretera. No lo dejaron continuar su marcha y se sentó a que pasara el tiempo junto a una estatua del Divino Niño. Nadie podía seguir.

Mi padre llevaba un gorra azul ese día. Le dijeron que arrastrara un ganado y luego lo subieron a un monte y el resto de la historia ya la saben. Ese día no lo acompañé porque me tocó hacer algún trabajo del colegio. Y mi madre siempre ha dicho que gracias a Dios yo no estaba allá, que no vi cómo se le llevaron.

Nos quedamos solos con mi madre. Yo tenía 14 años y mi hermana cuatro. Yo me hice cargo de todo. Claro, seguí entrenando, estudiando, montando en bicicleta, vendiendo el chance en todo el pueblo. Yo le decía en ese entonces a mi madre que no se preocupara que juntos íbamos a salir adelante.

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En principio lucí más introvertido, menos partícipe de las pilatunas del colegio, más maduro. Después me convencí de que pedaleando podría expulsar el dolor y que así me sentiría homenajeando a mi viejo.

Yo no miro atrás, eso es lo que siempre pienso. Sólo recuerdo que mi papá me decía que practicara algún deporte, nada más. No me pongo a pensar en mucho más.

Cuando él se tomaba sus guaros con mi tío, siempre decía que yo iba a salir de Urrao para el mundo. Pero, vea, el hombre tenía buen ojo.

* Adaptado de entrevistas para El Espectador.

Por Rigoberto Urán

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