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Hiellow, la heladería en Medellín que parece un laboratorio de química

Sebastián Gaviria decidió salirse de la zona de confort al renunciar a su empleo para perseguir su sueño: ser emprendedor. Hoy es dueño de una empresa de helados moleculares.

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Diana María Osorio Posada*
17 de mayo de 2016 - 03:01 a. m.
La cocina molecular es aún un privilegio de pocos. Los helados congelados con nitrógeno líquido, como estos, están al alcance de un público mayor. / Cortesía
La cocina molecular es aún un privilegio de pocos. Los helados congelados con nitrógeno líquido, como estos, están al alcance de un público mayor. / Cortesía
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Cuando Sebastián echa el nitrógeno líquido en las batidoras, una nube de humo despierta de inmediato la atención de los que caminan por el segundo piso de un centro comercial en Medellín. Esa es parte de la experiencia que le promete Hiellow a sus clientes: helados frescos, preparados al instante y con una textura suave, cremosa; es algo diferente a lo tradicional.

Más que una heladería, parece un laboratorio. Y aunque la niebla blanca que desprende espanta a algunos adultos mayores, lo cierto es que si se animan a probarlos, seguramente decidan regresar. Sebastián Gaviria, el propietario de este negocio, explica en qué consiste éste.

Su idea de negocio surgió a partir de un programa de televisión en el que mostraban cómo en un restaurante de París hacían helados moleculares. ¿Qué fue exactamente lo que le llamó la atención?

Vi un programa que hablaba sobre cocina molecular, un concepto nuevo para mí. Era sobre helados que eran congelados con nitrógeno líquido. Desde ahí se me generó una inquietud, pero la idea de negocio nació después. Pasó de la manera más particular, casi un año después de haber visto el programa: yo estaba dormido y seguramente mi cerebro seguía trabajando; estaba soñando, no sé.
Me desperté a las tres de la mañana con la idea. ‘Voy a montar una heladería’, pensé. Apunté todo en un cuaderno y al otro día empecé a investigar más sobre el tema. Así fue como surgió Hiellow.

¿Qué pasó después? ¿Cómo fue el proceso hasta lograr el interés de un inversionista?

Empecé a buscar videos en YouTube para ver cómo era eso de los helados congelados con nitrógeno líquido. Encontré algunas cosas, pero eran preparaciones muy caseras. Después empecé a buscar proveedores: quién vendía nitrógeno líquido, cómo se consigue, qué requisitos había para comprarlo.
Le pregunté a un amigo cómo podía conseguirlo y me di cuenta que había que comprar un termo que valía unos dos millones de pesos. Era muy caro, entonces logré que alguien me lo alquilara por unos días.

¿Cómo fueron los primeros ensayos?

Empecé a mirar recetas en internet para hacer mi primera prueba. Como el termo que alquilé era muy pequeño, cuando llegué a la casa ya gran parte del nitrógeno se había evaporado. Lo preparé y no quedó tan consistente, pero cuando lo probé me pareció delicioso y noté la diferencia en la textura con respecto a un helado normal. Ahí me motivé más. ‘Aquí me hice rico’, eso es lo que uno piensa.
Luego me animé a participar en convocatorias y llegué al Concurso de Iniciativas Empresariales de la Universidad Eafit. Llegué a la final en 2012 y 2013. No gané, pero ahí conocí a mi actual socio.

Normalmente las personas canjean sus sueños por trabajos estables. ¿Qué fue lo que lo motivó a renunciar al empleo que tenía y apostarle a Hiellow?

Leí varios libros sobre emprendimiento y me gustó mucho uno: El libro negro del emprendedor. Casi todos se basan en casos de éxito y no cuentan la parte difícil, en cambio ese muestra los fracasos, que es donde más se aprende; cómo se equivocaron, por qué.

La financiación es de lo más complicado. En Colombia y Latinoamérica no es fácil conseguir recursos para tu emprendimiento. Si vas a un banco, te prestan solo si tienes con qué responder. Las cosas han mejorado, pero cuando empecé era más difícil y eso hace que uno piense dos veces renunciar a un empleo, un salario fijo y una posición más cómoda”.

Las metodologías más usadas recomiendan prototipar rápido, validar el mercado y salir en cuestión de meses. ¿Cómo ve esa inmediatez que se exige en los emprendimientos de hoy?

Ahora le exigen a uno prototipar rápido y salir al mercado ya. Cuando yo empecé no era tan fácil. Me tocó dar muchas vueltas antes de poder conseguir un inversionista. Prototipar me llevó mucho tiempo.

Incluso después de conseguir la inversión fue complicado. Tuvimos que esperar casi un año para lograr el punto de venta que tenemos hoy. Aprendí que es mejor validar muy bien tu idea y el mercado antes de salir a conseguir inversión. Debes tener resultados para mostrar. Si tuviera que empezar de nuevo habría montado mi propio punto de venta, eso me habría dado más poder de negociación”.

En Colombia los fracasos se castigan duro. Aquí no entendemos los tropiezos como fuente de aprendizaje sino de incapacidad, y eso afecta a los emprendedores. ¿Cómo ha vivido ese tema?

Para asumir el riesgo como oportunidad de aprendizaje hay que cuestionarse si uno es emprendedor de verdad. Emprender no es tener una idea de negocio y ya. Para eso se necesita pasión.

Además constancia y mucha pasión; es llevar esa adrenalina de asumir riesgos todo el tiempo. Cuando eso no se tiene, el fracaso pesa más. Manejar esa presión y el estrés es complicado. Reconozco que a veces dan ganas de tirar la toalla y decir ‘pues entonces vendamos esto’, pero es normal. Hay que automotivarse; si no tienes quién más lo haga, uno mismo tiene que sacar las fuerzas.

*Estudiante de Comunicación Social Universidad Eafit (Medellín)

Por Diana María Osorio Posada*

 

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