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UNO. Don A dijo que “no hace muchito pasó” y que no es la primera vez que a ellos les sucede. Un jornalero de una finca en el sector de Laureles I terminaba su día de trabajo cuando una culebra saltó de entre el pantanero y le clavó los colmillos en su pantorrilla. Según don A, era una “Cuatro narices”, manera local de llamar a la víbora Bothrop Atrox, la más peligrosa de la región y una de las más venenosas de Colombia. Según don A, el jornalero era un muchacho con poca experiencia en el quehacer agrícola, incapaz de haber previsto el ataque.
Asustado y sintiendo los primeros síntomas del veneno, el jornalero quiso salir de la vereda en busca del puesto de salud más cercano, situado a unas dos horas de distancia en moto. Al no encontrar a nadie que lo llevara, el jornalero arrancó a caminar y unos dos kilómetros más adelante murió desplomado a la vera del sendero. “Si alguien lo hubiera llevado al médico, lo hubieran salvado. Pero el puesto de salud nos queda tan lejos y es tan difícil salir de por allá, que uno se muere, la gente se muere sin recibir atención médica”, dijo don A.
Laureles I es una remota vereda en el centro del departamento de Arauca. Está ubicada a unas siete horas del municipio de Arauquita, siempre por una vía de tierra yerma, o a unas cuatro del municipio de Tame por una ruta en su mayoría de pavimento. Esta lejanía se hizo más ardua a finales del 2023, cuando el río Cusay anegó la llanura tragándose la trocha que conecta esta vereda con el resto del departamento. Desde entonces, dijo don A, el que necesite salir de allá debe cruzar la inundación sobre un caballo y que alguien lo espere en la orilla para continuar el trayecto en moto o en carro.
Un caso más, también en Laureles I, fue el de otro trabajador de finca. También joven e inexperto. Desyerbando unos matorrales en los límites de un cultivo, la cuchilla de la guadaña se partió, voló hacia él y le tajó el pie hasta la mitad del tobillo. Don A dijo que fue una hemorragia que nadie pudo detener y que el trabajador murió desangrado delante de todos. “Era una herida para atender de inmediato, pero no hubo forma. Así lo hubiéramos sacado rápido para el médico, yo creo que se nos hubiera muerto en el camino”.
Don A es un hombre de 58 años que vive desde 1990 en este rincón de los Llanos Orientales y dijo que la atención en salud nunca ha sido diferente. Cuando alguien se enferma o lo aqueja una dolencia repentina, debe ir hasta el puesto de salud en el caserío de Filipinas y esperar que lo remitan a un centro de más alto nivel en Puerto Jordán o en Tame, incluso en la misma Arauca capital en caso de que sea muy grave. Dijo que por eso madrugó junto con su esposa a recibir atención médica en la clínica móvil que Médicos sin Fronteras (MSF) instaló por dos días en la vereda Laureles II. “Aprovechamos el servicio y uno se va más tranquilo”, observó en un tono que reflejaba el agradecimiento. “Uno se va con medicamentos y ya toca más adelante ir a la EPS a que le autoricen a uno los exámenes”.
DOS. MSF llegó a Laureles II a media mañana de un lunes a finales de julio de 2025. Tres camperos ocupados con quince personas entre el equipo médico y el grupo de apoyo logístico. Se ubicaron en la escuela veredal, una edificación con un aula de clases llena de pupitres para niños y un salón principal dotado con cocina, refrigerador y escritorio para la profesora titular. Los baños, afuera como apéndice lateral.
En poco menos de una hora, MSF adecuó los dos espacios para instalar la clínica móvil. En el aula acomodó los pupitres como si fueran la sala de espera para los pacientes. Y en el salón central desplegó cuatro esqueletos de varillas para levantar las carpas blancas que le dieron vida a las salas básicas de atención: triage, enfermería, medicina general y consultorio psicológico. Antes de eso, barrieron y trapearon el piso, limpiaron mesas y sillas, y ordenaron las provisiones de medicamentos sobre una mesa. El coordinador del equipo y todo el personal médico pasaron a la sala de espera para presentarse ante los campesinos, que ya estaban allí sentados haciendo fila para la atención, y para alejarles cualquier duda sobre la independencia de MSF, el origen de los recursos y la libertad de trabajo al no responder a ideologías ni orientaciones políticas. “A nadie le pedimos documentos de identificación”, aclaró el coordinador. “Sólo se atiende a la persona que quiera ser atendida”.
Toda la zona aledaña a esta escuela y las veredas que circundan el caserío de Filipinas y que avanzan hasta la carretera central del departamento de Arauca son lugares con una histórica presencia del Ejército de Liberación Nacional, ELN. En los últimos años esta guerrilla ha tratado de mantener este dominio territorial sosteniendo enfrentamientos contra los grupos armados originados en las disidencias de las FARC. La crisis humanitaria se ha agravado en la medida en que estos combates se han vuelto más agudos y frecuentes en los últimos meses.
Durante los días de la clínica móvil, los campesinos iban y venían sin restricciones a horas del día, pero a partir de las siete de la noche se encerraban en sus casas obedientes al toque de queda impuesto por los grupos armados. “Uno ya sabe y no sale de noche”, dijo sonriente y despreocupada una joven madre de familia. “Cualquier cosa que quedó pendiente hay que hacerla al otro día”. Ha habido casos de desaparición de campesinos, homicidios selectivos y desplazamiento forzado de familias. La violencia, sobre todo, ha sometido a las comunidades al confinamiento.
TRES. A pesar de las adecuaciones hechas por el personal de la clínica móvil en la escuela de Laureles II, las paredes del aula y del salón central conservaron la decoración de motivos infantiles y pedagogía. Uno de los letreros enviaba un mensaje insistente en el país luego de firmado el Acuerdo de Paz con las FARC en 2016: “Reconciliación contigo, con el otro y con el medio ambiente”. Estaba escrito junto al dibujo de un árbol marcado con las palabras “Sembrando paz” y cuyas ramas eran las impresiones a color de manos humanas. En otro costado del salón, un letrero más pequeño y casi oculto por la montonera de pupitres pedía que los menores de edad no fueran reclutados por los grupos armados ilegales. En el aula de clase, entre tanto, los niños del sector, potenciales víctimas de reclutamiento forzado, aguardaban junto a sus mamás el turno de la cita médica.
Las principales afecciones que MSF diagnosticó en los pacientes de la zona estaban relacionadas con el sistema digestivo: cólicos, diarreas y vómito. Los niños, especialmente, necesitaban purgantes y medicinas para recuperar la salud intestinal. Como son dolencias habituales en estas comunidades y no reciben pronta atención por la lejanía de los centros salud, el médico no sólo recetó a los niños sino también al grupo familiar y así prevenir ciclos de infección. Los campesinos explicaron que no había acueducto en toda la región y que el agua para el consumo y uso doméstico debían extraerla de acuíferos de poca profundidad, a no más de tres metros bajo tierra. Agua que, según ellos, no es del todo potable por la sedimentación de esas tierras y en muchos casos por el contacto subterráneo de esos acuíferos con los pozos sépticos de cada vivienda. “Aquí hicieron unos estudios la vez pasada y encontraron que el agua está contaminada con popó”, dijo una madre de familia. “Y pues claro, uno ya lo entiende: el pozo séptico se toca por allá abajo con el pozo del que uno jala el agua”.
Otras consultas frecuentes de los pacientes atendidos fueron los dolores de cabeza, síntomas asociados a gripas sencillas y la necesidad de adoptar un método de planificación familiar de largo plazo. Para MSF ayudar con el implante subdérmico o con un régimen de pastillas o el método de barrera es la forma de garantizar derechos sexuales y reproductivos que de otra manera estas campesinas no tendrían.
En los días siguientes, cuando MSF instaló la clínica móvil en la escuela de una vereda llamada Santo Domingo, el grupo de psicología recibió mujeres con afectaciones de salud mental. Hubo quien admitió estar somatizando estrés por la falta de trabajo y conflictos familiares. Hubo quien se desahogó por estar padeciendo maltratos y golpes por parte del marido. Para este caso, la psicóloga hizo sonar una melodía a un volumen que le permitiera sostener el diálogo y servir de cortina para que las personas que estaban en las carpas contiguas de la clínica no escucharan y la víctima pudiera conservar la reserva del relato.
Aunque en esta oportunidad no fue el caso, el equipo de psicología de MSF ha debido atender a mujeres que han sido víctimas de violencia sexual y que por las condiciones del confinamiento no pudieron pedir ayuda ni mucho menos poner la denuncia. Y ha habido casos en los cuales la víctima se ha abstenido de contar su drama para evitar que el grupo armado ilegal ejerza justicia a mano propia.
Mención aparte para las migrantes venezolanas. Los psicólogos de MSF han concluido que estas mujeres son pacientes recurrentes de salud mental debido a la situación de vulnerabilidad social, al desconocimiento del acceso a varios de sus derechos y al sometimiento o a la sumisión ante el hombre colombiano que es su pareja.
CUATRO. En la vereda Santo Domingo, los camperos de MSF amanecieron al pie de la reja que separa la escuela de la carretera. Fue una manera de informarle a los campesinos que esa era la ubicación de la clínica móvil, que ahí podían llegar. También fue la forma de confirmarle al ELN que el personal médico estaba pernoctando bajo ese techo.
A diferencia de Laureles II, las adecuaciones del espacio y la instalación de los consultorios en el hall principal de esta escuela despertaron la admiración de no pocos pacientes. Ocurrió una especie de coincidencia: al blanco característico de las carpas, de las camillas y de las batas del personal médico se sumó el blanco del enchape en el piso del recinto. Una vez pasaban el trapeador y desinfectaban las superficies con una mezcla de agua y cloro, la clínica móvil adquiría una intensa imagen nívea que le daba a los campesinos la sensación de estar entrando a un impoluto centro de salud en la ciudad. Una de las madres de familia que en la mañana había llevado a consulta a uno de sus hijos regresó en la tarde para la cita suya. Antes fue a su casa para cambiarse la ropa de trajín por una limpia y formal. “La clínica y todo esto ha estado muy bonito”, dijo, “por eso fui y me cambié”.
Pasadas las tres de la tarde del último día de atención, mientras el equipo de logística de MSF desmontaba la clínica y preparaba los camperos, una mujer se quedó observando cada movimiento con una mirada en la que juntó nostalgia y gratitud. “Ya se van”, dijo reafirmando lo que veía. “Ha sido muy grato tenerlos acá”, añadió segundos después. “Que les vaya bien y ojalá que vuelvan, que no se les olvide el camino”.