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La clave es el perdón

El jefe de sicarios de Pablo Escobar, Jhon Jairo Velásquez, “Popeye”, le pidió perdón por el asesinato de su madre, Diana Turbay. Un momento que ella considera liberador.

María Carolina Hoyos

14 de marzo de 2016 - 11:23 p. m.
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Han pasado casi tres meses de un encuentro que puso a prueba mi fortaleza y todavía hoy muchas personas me preguntan si lo sentí sincero. Mi respuesta sigue siendo un sí contundente... Sí perdoné a Jhon Jairo Velásquez, alias Popeye, por su vinculación con la muerte de mi mamá, Diana Turbay, y aunque no soy nadie para juzgar la sinceridad de él cuando me pedía perdón, lo asumí como cierto y le dije que, aunque me costara mucho trabajo, lo incluiría en mis oraciones. Ojalá me crea porque lo he cumplido.

Cerré un capítulo que se abrió cuando tenía 17 años y que considero como el dolor más grande que he sufrido en mi vida. Para mí es como un antes y un después de Cristo. Nada volvió a ser igual. Pero luego de 25 años no tengo rencor por este hecho, a pesar de lo doloroso que fue para mí y mi familia.

Creo que la historia final de este capítulo comenzó en agosto de 2014, cuando por mi trabajo viajé a Copacabana y aproveché para ir a la parte rural y conocer la casa donde mi mamá pasó sus últimos días secuestrada. Fue muy duro, pues uno imagina y recrea la incertidumbre que vivió, el dolor de estar lejos de su familia, la soledad de sus noches.

Luego la vida me puso en el camino a Jhon Jairo Velásquez, alias Popeye, y viví uno de los días más impactantes. Este hombre representaba a los que más daño me habían hecho. Fue la mano derecha del narcotraficante Pablo Escobar y vivió, como ningún otro, el secuestro de mi mamá. Vio el sufrimiento de ella en esos meses tan terribles de cautiverio.

Encontrarme con él era revivir todo ese dolor. En forma previa me llegaron voces de aliento que me fortalecían para asistir a esta cita. Tenía mucho miedo. No sabía cómo reaccionaría ante él.

Fue un proceso que busqué. Tuve ángeles de la guarda que me ayudaron, como mi colega Juan Roberto Vargas. Se dio de una forma tan perfecta que hoy, viéndolo con perspectiva, comprendo una vez más que en la vida no hay nada casual, que todo obedece a un perfecto plan divino que hace que hoy tenga una profunda tranquilidad nacida en el perdón. Es algo íntimo y transformador. Luego, como lo escribí en ese momento, comprobé que una de las cosas que más me han liberado ha sido el perdón.

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Pero esto no es fácil. Mis abuelos quedaron devastados, con el corazón herido. La familia tiene un antes y un después de la muerte de mi mamá. Y aun así perdonaron. Yo tuve hijos, pero ella no estuvo para verlos. Así que la emoción no era completa. Las navidades sin Diana han sido difíciles siempre. Todos los días nos hace falta. Todos los días tengo un pretexto para acordarme de ella. Aún vive en mi memoria, aún recuerdo su último abrazo.

Por los escritos que dejó mi mamá, con palabras que atesoro, conocía una parte de la historia. La otra la conocí viendo a los ojos a un hombre que fue testigo de sus últimos días. Aunque no oprimió el gatillo, fue un victimario. Doloroso fue conocer muchos de los detalles. Era como si me clavaran una espada en el pecho. Me dio muy duro oír cómo Pablo Escobar recibía con indiferencia las cartas y súplicas de mi abuela Nydia, una madre que hasta hoy sigue de luto. Pero conocer la verdad libera.

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Mi fe ha sido mi herramienta para enfrentarme a mi dolor; el proceso ha sido edificador. Darle la mano y perdonar a Popeye me sirvió para doblar la página. Es comprender las palabras de Martha Luz Amorocho, una madre que perdió un hijo y otro quedó herido en el atentado al club El Nogal, cuando afirma que: “No son los hechos lo que determinan lo que yo soy, sino que soy yo quien determina cómo reacciono frente a los hechos”.

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Hoy es diferente. Me siento liviana, como si hubiera vencido los miedos. Aunque había perdonado a las personas que me arrebataron a mi madre de manera introspectiva, en silencio… tener este encuentro fue liberador y comprobé que no había rencores, así mi dolor continúe en mi corazón hasta el fin de mi vida. ¡Hoy creo que he aprendido a manejar mi dolor, su ausencia!

Por María Carolina Hoyos

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