2 Sep 2017 - 3:00 a. m.

La historia de un perro y una gata que se volvieron amigos íntimos

Esta es una breve historia de una gata y un perro que lograron conocerse, aceptarse y convivir, protegiéndose mutuamente. ¿Sus nombres? Paprika y Ruperto.

FERNANDO ARAÚJO VÉLEZ

Ella llegó a la casa rugiendo, con sus rugidos de tres meses, en una caja de cartón con dos huecos. Él la miró como si hubiera visto a un venusino. Se olfatearon las narices, se dieron un par de vueltas, y luego, como si hubiera sonado una campana, se lanzaron al ataque. Uno contra una, una contra el otro. Ella corrió. Se subió en una biblioteca. Él la esperó abajo, mientras le mostraba los dientes de trece o catorce años. Así se la pasaron un día y uno más. Se miraban y cada quien salía a esconderse. Él se llamaba Ruperto, pues siempre tuvo cara de Ruperto, desde que apareció en una esquina perdida de un mercado popular, y de allí saltó a una tienda de antigüedades. Los bigotes enredados, el pelo sin forma, la mirada de perro noble, perro amistoso. Ella no tenía nombre. Lo tuvo luego de cientos de horas de deliberaciones. Entonces pasó a ser Paprika.

 

Con su nombre en regla, dejó de rugir un poco, y cual caricatura, empezó a ser escolta de la cocina a la sala, de la sala al baño, y fue adorno de mesa de centro, exterminadora de zancudos, catadora de comidas y alarma en las mañanas, tardes y noches. Ruperto, con la ternura que nos hace falta cada día más, como canta Alberto Cortez, con su abolengo sin apellidos de calle barrio bajo, para el que todos los otros perros son iguales y lo serán hasta la eternidad, cero alcurnia, cero mendicidad, cero raza, sin conciencia de la muerte e inmortal, sin conciencia de la vida, dejó de ladrarle.

El gato puma correteó a la vagabunda, hasta acorralarla en el patio donde solía tomar el sol. Ruperto fue detrás, y en un dos por tres puso al gato puma contra una esquina. Le ladró, erizado también. Paprika se subió en el dintel de una ventana y desde allí observaba a su salvador, y siguió observando hasta que Ruperto dejó que el gato puma se escapara y volviera a sus tejados. Desde aquel día, varios otros gatos puma se han asomado por las ventanas, y a veces hasta se han atrevido a entrar a la casa. Dan una vuelta, muy sigilosos, como queriendo hacer parte de algo, y vuelven a sus vidas por los techos de la ciudad. Paprika y Ruperto continúan con sus costumbres, que son, esencialmente, dormir y comer. De vez en cuando ella se sube a los estantes de las bibliotecas y lanza un periódico al suelo. Él lo huele, lo abre con su hocico y lo despedaza. Entonces los dos se unen para hacer de los pedazos más pedazos. Títulos, fotos y letras, acaban regados por la sala y el comedor. Cuando alguien, un humano, claro, abre la puerta, ellos ya se han escondido. Paprika bajo una cama de la que no sale por horas, y Ruperto en un baño.

Cuando otro apestoso humano, yo, está en la casa, y a alguien le da por tocar el timbre, la estampida es de película. Gata y perro salen despavoridos por el pasillo, resbalándose por el piso de madera, y estrellándose levemente entre ellos y con las paredes. Los humanos, en general, no son su especialidad ni son de su predilección. A veces, incluso, se han lanzado contra personas que han cometido algunos delitos. Sólo ellos saben por qué.

Y sólo ellos entenderán que sólo con ser como son, sin aspavientos, sin poses, sin trampas, seres perrunos y gatunos, se han ido convirtiendo en una permanente lección.

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